23/02/2026
En las escuelas se habla con facilidad de valores: respeto, diálogo, inclusión, pensamiento crítico. Sin embargo, basta observar la dinámica cotidiana de cualquier aula para advertir una tensión constante entre lo que se proclama y lo que realmente se practica.
En el pensamiento de Paulo Freire, la educación es una práctica situada, atravesada por relaciones de poder, decisiones éticas y posicionamientos políticos (no existe neutralidad posible). El docente, quiera o no, comunica una visión del mundo a través de su forma de enseñar, evaluar y relacionarse.
Freire sostuvo que enseñar exige coherencia entre discurso y práctica. Si el maestro habla de diálogo pero monopoliza la palabra, el mensaje que envia es imposición; si promueve pensamiento crítico pero penaliza la discrepancia, el aprendizaje que se consolida es la obediencia estratégica; si declara que la educación es liberadora pero administra el aula desde el miedo, el resultado es adaptación.
Hoy los marcos normativos enfatizan inclusión, interculturalidad y bienestar socioemocional. Se insiste en el aprendizaje significativo y en el protagonismo del estudiante. El lenguaje institucional ha cambiado. Sin embargo, la estructura cotidiana conserva rasgos tradicionales difíciles de ignorar.
Primera contradicción: se afirma que el aprendizaje debe centrarse en el estudiante, pero la evaluación continúa organizada alrededor de exámenes estandarizados, rúbricas rígidas y reportes cuantitativos. El alumno aprende rápidamente que lo decisivo no es comprender, sino responder conforme a lo esperado.
Segunda contradicción: se habla de trabajo colegiado y construcción colectiva, pero muchos acuerdos institucionales se diluyen al regresar al aula. Las decisiones tomadas en reuniones se fragmentan en prácticas individuales. El discurso es comunitario; la operación es aislada.
Tercera contradicción: se promueve la formación integral, pero la carga administrativa absorbe tiempo y energía que deberían destinarse a la interacción pedagógica. Formularios, plataformas y evidencias terminan ocupando el lugar que debería tener la conversación educativa.
Los adolescentes y jóvenes detectan con rapidez la inconsistencia adulta. Cuando el docente exige respeto pero desacredita, cuando demanda responsabilidad pero incumple acuerdos, la autoridad pierde legitimidad y coherencia en quien dirige el proceso.
La pedagogía de la congruencia implica algo más exigente que “ser buen ejemplo”. Supone revisar permanentemente la distancia entre lo que se declara y lo que se ejecuta. Implica preguntarse si las dinámicas del aula reflejan los valores que se anuncian en los documentos oficiales. Implica asumir que cada decisión didáctica comunica una postura ética.
¿Es posible una educación congruente dentro de estructuras que premian la simulación? Porque la congruencia no depende solo del individuo, también depende del marco institucional. De esta manera, no puede pedirse pensamiento crítico si el margen de autonomía docente es mínimo; no puede hablarse de innovación si el error se sanciona y; no puede proclamarse inclusión si las condiciones materiales no la sostienen.
El riesgo actual es adoptar el vocabulario freireano sin asumir sus implicaciones, pues de que sirve citar sus fragmentos, organizar cursos, mencionar sus obras, si pocas veces se cuestiona la lógica vertical que todavía organiza muchas escuelas. La congruencia exige transformación de prácticas.
Esto no significa que la congruencia es una construcción diaria y colectiva. Comienza cuando el docente escucha de verdad, cuando sostiene acuerdos, cuando evalúa para mejorar y no solo para clasificar. Continúa cuando los equipos escolares respaldan lo acordado y cuando las autoridades alinean políticas con discurso.
La mayor lección que deja la propuesta de Freire es que el currículum oculto siempre termina imponiéndose sobre el oficial. Los estudiantes aprenden menos de lo que decimos y más de lo que hacemos. Si la educación actual desea formar sujetos críticos, autónomos y responsables, tendrá que empezar por resolver su propia contradicción interna.
La congruencia es la condición mínima para que la palabra pedagógica tenga credibilidad. Sin ella, la escuela seguirá enseñando una cosa y practicando otra. Con ella, al menos, existiría la posibilidad de que el discurso educativo deje de ser promesa y se convierta en experiencia cotidiana.
𝗣𝘀𝗶𝗰𝗼𝗹𝗼𝗴í𝗮 𝗣𝗮𝗿𝗮 𝗗𝗼𝗰𝗲𝗻𝘁𝗲𝘀