05/08/2026
HUELLAS, NO PISADAS
Recibí un mensaje que comenzó como cualquier otra consulta. Al comenzar, la persona que me escribía me dijo algo que cambió por completo el sentido del mensaje. Se identificó como hija de una persona que fue mi cliente y que todavía me mencionaba. Debió haber sido cuando tenía oficina en San Lorenzo.
Por un instante regresé cuarenta y pico años atrás. Volví a aquellos primeros años de abogado, cuando apenas comenzaba a caminar por el complicado mundo de la litigación, bajo la mirada y el ejemplo de mi viejo. Esa oficina no era solo un lugar de trabajo para mí, sino una escuela de ética y del trato humano que él le dispensaba hacia todo el que entraba. En esa oficina aprendí también que los expedientes terminan archivados y que las sentencias se empolvan y desaparecen en los almacenes o trituradas, pero la forma en que uno trata a las personas permanece por mucho tiempo.
La dama añadió que su padre tiene hoy noventa y cuatro años. Cuando me dijo su nombre, me acordé de su rostro. Debo confesar que no recordé el caso. Después de cuatro décadas y cientos de clientes, sería pedirle demasiado a los archivos polvorientos de mi memoria, como dice Jaime, un amigo colega. Sin embargo, recordé inmediatamente la emoción que producen esas palabras cuando llegan sin esperarlas.
Pensé entonces que ganamos aquel caso. No porque conserve la sentencia ni porque recuerde los detalles del pleito, sino porque creo que pocas personas evocan durante más de cuarenta años a un abogado que les dejó un sabor amargo. Es posible que me equivoque. Tal vez el resultado no fue el que esperábamos. Los abogados litigantes sabemos que no siempre se gana y que muchas derrotas son inevitables. Pero también sabemos que existen victorias que no aparecen en la jurisprudencia.
Quizás la verdadera victoria consistió en haber estado allí cuando aquella familia necesitaba a alguien que los escuchara, que peleara por ellos con honestidad y que los tratara con respeto. Si fue así, entonces el tiempo hizo el resto. Más de cuarenta años después, el expediente desapareció de mi memoria, pero permaneció vivo en la de un hombre de noventa y cuatro años.
Ese mensaje me recordó que la carrera de un abogado no se mide únicamente por los casos que ganó ni por las indemnizaciones que obtuvo. También se mide por la huella silenciosa que deja en la vida de quienes confiaron en él o ella, en uno de los momentos más difíciles de sus vidas.
Repito, no sé si aquel pleito terminó con una sentencia favorable para mi cliente. Lo que sí sé es que, cuando un cliente sigue pronunciando tu nombre cuarenta años después, la Sentencia más importante ya fue dictada.