05/08/2026
EL MONSTRUO ALEXI TEODORO GUTIÉRREZ YAMUNAQUE
El monstruo que nunca dejó de volver
Dicen que los monstruos habitan en la oscuridad.
No siempre.
Algunos caminan bajo la luz del sol, sonríen cuando les conviene y esperan el momento preciso para volver a sembrar el miedo.
Ella, Deysi Milagros Silva Ramírez, creyó que al separarse de Alexi Teodoro Gutiérrez Yamunaque , sería el final de la pesadilla.
Pensó que cerrar la puerta de aquella relación significaba recuperar la paz, proteger a su hija y reconstruir una vida que la violencia le había arrebatado poco a poco. Creyó que, al alejarse de quien había convertido el amor en temor, el horror quedaría sepultado para siempre.
Pero hay pesadillas que aprenden el camino de regreso.
Una tarde de septiembre, cuando salía de su centro de trabajo, sintió nuevamente aquella presencia. No era un fantasma. Era el recuerdo vivo de todo aquello de lo que había intentado escapar. Detrás de ella, como una sombra obstinada, apareció quien se negaba a aceptar que la libertad de una mujer también es un derecho.
Cada calle parecía cerrarse.
Cada esquina se convertía en una trampa.
El vehículo que la seguía era más que un medio de transporte; era el anuncio de que el miedo había vuelto.
Al llegar a su casa, creyó que las paredes podrían protegerla. Se equivocó.
Los gritos atravesaron la tranquilidad del hogar.
Los insultos golpeaban con más fuerza que cualquier puño.
Las amenazas no solo iban dirigidas contra ella, sino también contra su madre.
Aquella vivienda dejó de ser un refugio para convertirse en el escenario donde el terror volvía a tocar la puerta.
Pasaron los años.
Cinco largos años.
El calendario avanzó, pero el miedo seguía esperando su oportunidad.
Una noche, una mujer de edad avanzada cuidaba con paciencia el pequeño jardín de su casa. El silencio fue interrumpido por una camioneta que se detuvo lentamente frente al domicilio.
Preguntó por su hija.
La respuesta fue simple: no estaba.
Entonces comenzó otra vez el mismo ritual del horror.
Insultos.
Humillaciones.
Palabras cargadas de odio.
La anciana, que solo intentaba proteger a su familia, se convirtió también en destinataria de aquella violencia.
El vehículo finalmente se marchó.
Pero el miedo permaneció.
Porque el verdadero terror no termina cuando alguien se va.
Permanece en la memoria de quienes aprendieron a vivir mirando por la ventana antes de salir de casa.
Permanece en el sobresalto que produce el sonido de un motor.
Permanece en la incertidumbre de no saber si esa sombra volverá mañana.
Esta historia no habla de fantasmas ni de criaturas sobrenaturales.
Habla del miedo que, según las denuncias presentadas, puede instalarse en la vida de una mujer que decidió poner fin a una relación y creyó haber dejado atrás la violencia.
Porque, cuando el terror entra en un hogar, las paredes dejan de proteger.
Y cuando la violencia alcanza también a los integrantes más vulnerables de una familia, el monstruo más aterrador no es el que nace de la imaginación.
Es aquel que obliga a sus víctimas a vivir con la esperanza de que algún día la pesadilla termine.