27/07/2026
La crítica ciudadana: entre la participación legítima y la responsabilidad histórica.
En los últimos años hemos sido testigos de un fenómeno cada vez más común en los municipios: la aparición de espacios digitales, páginas de opinión y grupos ciudadanos cuyo principal objetivo es señalar, cuestionar y evaluar el desempeño de los gobiernos en turno.
La crítica pública es, sin duda, una de las expresiones más importantes de una sociedad democrática. Un gobierno que no escucha, que no acepta cuestionamientos o que pretende gobernar sin rendir cuentas, termina alejándose precisamente de quienes le dieron la responsabilidad de representarles.
Sin embargo, también vale la pena reflexionar sobre un aspecto que pocas veces analizamos: la legitimidad de quien critica y el momento en que decide hacerlo.
Porque una cosa es la participación ciudadana que surge desde la preocupación genuina por mejorar el entorno donde vivimos, y otra muy distinta es aquella crítica que aparece únicamente cuando existen cambios políticos, cuando un grupo pierde espacios de poder o cuando una administración enfrenta dificultades.
Esto ocurre con mayor frecuencia en municipios pequeños y medianos, donde la cercanía social genera una dinámica muy particular: todos se conocen, todos tienen una historia y todos saben cuál ha sido la participación de cada personaje dentro de la vida pública.
En estos lugares, una crítica no solamente se analiza por lo que dice, sino también por quién la expresa, cuál ha sido su trayectoria y qué responsabilidad tuvo anteriormente frente a los mismos problemas que hoy señala.
Un verdadero ejercicio ciudadano no debe limitarse a enumerar deficiencias. La sociedad merece más que diagnósticos; merece propuestas.
Los grandes ejercicios de participación ciudadana que históricamente han acompañado la construcción de planes de desarrollo tenían una característica fundamental: no solamente reunían voces, también buscaban soluciones.
En Veracruz existen antecedentes importantes de verdaderos ejercicios ciudadanos. Durante diferentes etapas de gobierno estatal, desde Miguel Alemán Velasco, Fidel Herrera Beltrán, Javier Duarte de Ochoa y Miguel Ángel Yunes Linares, se realizaron consultas y foros donde la característica principal era la participación directa de ciudadanos, especialistas, sectores sociales y organizaciones.
Quien escribe tuvo la oportunidad de participar en diversos ejercicios de esa naturaleza, incluso en procesos relacionados con la construcción de propuestas que posteriormente formaron parte de instrumentos jurídicos y administrativos del Estado.
La esencia era sencilla: identificar problemas, escuchar voces ciudadanas y presentar alternativas de solución.
Por eso, cuando hablamos de un foro ciudadano, la reflexión obligada no debe centrarse solamente en quién participa, sino en cuál es el propósito real del ejercicio.
Un verdadero foro ciudadano debe abrir espacios donde las personas puedan expresar sus necesidades, pero también donde exista la capacidad de construir propuestas concretas.
Porque la crítica es válida, necesaria e indispensable, pero adquiere mayor valor cuando viene acompañada de alternativas.
Un señalamiento tiene mayor fuerza cuando responde preguntas fundamentales:
¿Qué solución planteamos?
¿Cómo resolveríamos el problema?
¿Qué estamos dispuestos a hacer para cambiar la realidad que estamos cuestionando?
Porque también debemos reconocer algo importante: muchos de los problemas que hoy enfrentan los municipios no nacieron de un día para otro ni son responsabilidad exclusiva de una sola administración. Son consecuencia de años de decisiones, omisiones, falta de planeación y necesidades acumuladas.
Y entonces aparece una reflexión necesaria:
Si un problema existía desde hace años, ¿por qué la exigencia no surgió antes?
Si una solución era posible, ¿por qué no se impulsó cuando se tuvo la oportunidad?
La participación ciudadana no debe ser una herramienta que se activa únicamente cuando conviene políticamente. Debe ser una práctica permanente, incluso cuando quienes gobiernan son aliados, conocidos o forman parte de un mismo proyecto.
Porque también debemos reconocer que quienes han tenido la responsabilidad de gobernar deben ser evaluados por su propio legado.
La historia de los municipios no se construye solamente con discursos, publicaciones en redes sociales o señalamientos públicos. Se construye con decisiones, obras, políticas públicas y resultados que permanecen cuando los gobiernos terminan.
Y aquí aparece una reflexión todavía más profunda:
La congruencia en la vida pública no solamente se demuestra cuando se tiene una opinión sobre los problemas que enfrenta una comunidad. La congruencia se construye con una trayectoria permanente, con presencia, con participación y con la voluntad demostrada de buscar soluciones incluso cuando no existen reflectores, cargos públicos o espacios de protagonismo.
La verdadera preocupación social no aparece únicamente cuando existe una ausencia, una oportunidad política o un escenario que permite asumir una representación que antes no se ejercía.
También debemos preguntarnos:
¿Dónde estaban esas propuestas cuando los problemas comenzaban?
¿Cuáles eran los proyectos concretos que pretendían transformar la realidad de una comunidad?
¿Qué acciones se impulsaron antes de que una circunstancia permitiera hablar en nombre de una causa?
En política y en la vida pública, los legados no se heredan únicamente por cercanía familiar, por pertenencia a un grupo o por una circunstancia determinada.
Los legados se construyen con hechos, con participación y con resultados.
Cuando se habla de continuar un proyecto, la ciudadanía tiene derecho a conocer cuál era ese proyecto, cuáles eran sus objetivos, qué soluciones planteaba y cómo pretendía llevarlas a cabo.
De lo contrario existe el riesgo de que una legítima preocupación social termine confundida con una oportunidad para ocupar espacios de representación.
Y ahí aparece una diferencia fundamental:
Una persona comprometida con su comunidad busca resolver los problemas incluso cuando nadie la observa.
Una persona que solamente aparece cuando existe una oportunidad de posicionamiento corre el riesgo de que su participación sea interpretada como oportunismo.
La sociedad es inteligente. Observa trayectorias, recuerda participaciones y compara discursos con acciones.
Por eso la responsabilidad pública exige algo más que señalar lo que está mal.
Exige haber estado presente cuando era necesario construir soluciones.
Porque al final, los municipios no necesitan nuevos protagonistas de los problemas.
Necesitan personas dispuestas a convertirse en protagonistas de las soluciones.
La verdadera transformación de una comunidad no surge cuando alguien descubre que existen problemas.
Surge cuando alguien, mucho antes de que exista una oportunidad política, decide involucrarse, trabajar y construir caminos para resolverlos.
Porque gobernar no es solamente ocupar un cargo.
Y participar no es solamente opinar.
La congruencia debe ser permanente: en los momentos de reconocimiento y también en los momentos difíciles; cuando existen reflectores y cuando nadie observa.
Porque la ciudadanía no solamente evalúa lo que una persona dice cuando tiene la oportunidad de hablar.
También recuerda lo que hizo cuando tuvo la oportunidad de actuar.
Al final, la historia de una comunidad no la escriben quienes llegan a explicar los problemas cuando ya son evidentes.
La escriben quienes estuvieron presentes cuando todavía había tiempo para resolverlos.
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Mtro Mariano Rocha
Mastercriminis.netlify.app