13/02/2026
Ignacio Manuel Altamirano... Un día como hoy 13 de febrero, pero del año de 1893. En tierras de San Remo, Italia, se apagó la vida de uno de los intelectuales más brillantes y comprometidos del siglo XIX mexicano: Ignacio Manuel Altamirano Basilio a sus 59 años de edad. Su muerte fuera de México contrastó profundamente con la intensidad con la que vivió y luchó por su país. Su cadáver fue incinerado y sus cenizas tardarían cuatro décadas en regresar, siendo finalmente depositados en la Rotonda de las Personas Ilustres en 1934, como reconocimiento tardío pero merecido a su legado.
Nacido en 1834 en Tixtla, Guerrero, hijo de padres indígenas, la vida de Altamirano comenzó en un entorno de carencias materiales, pero lleno de riqueza cultural. A los 14 años aún no hablaba castellano, pero su voluntad lo condujo a romper barreras que parecían infranqueables. Gracias a una beca creada por Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, ingresó al Instituto Literario de Toluca, donde se convirtió en su discípulo y heredó de él un espíritu político, crítico y profundamente humanista.
Su formación continuó en el Colegio de San Juan de Letrán, donde estudió leyes, aunque la vida le tenía preparado un camino marcado por la lucha. Altamirano se unió primero a la Revolución de Ayutla, que buscaba derrocar la dictadura de Santa Anna; después participó en la Guerra de Reforma y más tarde defendió a la patria en la guerra contra la intervención francesa. Estuvo presente incluso en el sitio de Querétaro, momentos decisivos para la consolidación del Estado mexicano.
Restaurada la república en 1867, cambió las armas por la palabra. Se dedicó a la enseñanza, a la literatura y al servicio público. Fundó periódicos como El Correo de México y revistas como El Renacimiento, destinadas a promover la literatura nacional. Desde su papel de educador defendió con fuerza la educación laica, convencido de que la instrucción era el cimiento para un país más justo.
En la función pública fue magistrado de la Suprema Corte de Justicia, diputado y, posteriormente, cónsul general de México en España. También representó al país en reuniones internacionales en Suiza e Italia, misión diplomática durante la cual falleció. A pesar de los cargos honorables, Altamirano conoció la austeridad de los servidores públicos del siglo XIX: ganaba apenas 333 pesos mensuales, y para él, el mayor dolor de la pobreza no era personal, sino intelectual: la imposibilidad de publicar sus propios libros y adquirir las obras de escritores europeos que tanto admiraba.
Como escritor, dejó una obra vasta y esencial, pero una joya destaca con especial fuerza: El Zarco, novela costumbrista publicada de manera póstuma. En ella retrató, con sensibilidad romántica y un realismo humano profundo, los episodios turbulentos de México entre 1861 y 1865.
Sus frases célebres revelan la lucidez de su pensamiento y su aguda observación de la condición humana:
“El corazón que despierta tarde cree que despierta a tiempo, y por eso las mujeres que aman viejas, aman como jóvenes.”
“El que comete un exceso ebrio de vino tiene el recurso de disculparse con el vino; pero quien lo comete ebrio de cólera no tiene más recurso que la humillación.”
“La buena educación es la mitad del camino en cualquier negocio…”
“Estoy pobre porque no he querido robar. Otro me ven desde lo alto de sus carruajes tirados por frisones, pero me ven con vergüenza. Yo los veo desde lo alto de mi honradez y de mi legítimo orgullo”...
A Altamirano se le recuerda como el Padre de la Literatura Mexicana, el paisano de Vicente Guerrero, el secretario de Juan Álvarez, el bibliotecario del Instituto Literario de Toluca, el jacobino de la Reforma, y uno de los primeros intelectuales que impulsaron la idea de una literatura nacional.
Su vida fue larga, intensa, a veces dura, pero siempre guiada por la pasión: la pasión por México, por el conocimiento y por la palabra.