14/11/2025
A veces uno camina por la vida como si no cargara nada…
pero por dentro lleva un n**o que no cabe ni en un estado de 5000 caracteres.
Uno calla cosas feas.
Cosas que duelen más que cualquier pelea.
Cosas que uno nunca publica porque…
¿para qué?
¿Para que digan “supera eso”?
¿Para que digan “tú elegiste”?
Uno se traga verdades como estas:
que a veces uno se arrepiente de haber estado en una relación…
y también se arrepiente de haberla dejado.
Que uno se arrepiente de haber gritado, de haber huido,
de haber amado mal… o de haber amado tarde.
Uno no dice que extraña a gente que juró olvidar.
Y tampoco dice que hay noches donde el ego es más duro que el frío.
Porque cuesta tanto decir “perdón”…
como aceptar que el daño ya quedó grabado en la memoria de alguien.
Pero hay algo que duele distinto.
Algo que ningún like, ningún meme y ninguna frase motivacional cura:
cuando uno no puede ver a sus hijos.
Él —sí, él— no lo dice en voz alta,
pero la verdad es que le arde pensar que los ama con una fuerza que asusta y aun así siente que lo miran desde lejos…
como si alguien les hubiera contado una historia incompleta.
Uno a veces siente que los niños repiten lo que escuchan, lo que ven,
lo que les enseñan a sentir.
Y duele… duele como si le arrancaran un futuro entero cuando nota que esa distancia viene bañada del amor —o del dolor— de su mamá.
Un amor que, en vez de sanar, terminó filtrando rencor.
Y es injusto.
No por él.
Sino por ellos.
Porque cuando a los niños se les permite odiar a uno de sus padres,
algo en la inocencia del mundo se rompe.
Pero eso tampoco se pone en Facebook
No porque dé pena…
sino porque es demasiado real.
Él solo quisiera decirles —sin drama, sin pose, sin ego—:
Los extraño. Los amo más de lo que ustedes sospechan.
Ustedes son lo más grande que he tenido en esta vida rota y reconstruida.
Y me duele no estar. Me duele no verlos crecer.
Me duele que no se nos permita amar sin condiciones.”
Pero eso… eso tampoco se publica.
Porque publicar no sana.
Decirlo desde el alma sí.
Y aquí, entre desconocidos, uno se atreve un poquito más a ser humano.
A reconocer sus sombras sin miedo a ser juzgado.
Tal vez porque, al final, todos estamos hechos de arrepentimientos que jamás posteamos... y de amores que seguimos esperando que nos volvamos a ver