28/04/2026
Me encontré este comentario y me gustó la reflexión.
Fuente: Tomado de la red
Se está normalizando algo que debería alarmarnos: la desaparición del efectivo y la imposición de sistemas digitales que exigen datos biométricos y un número telefónico como condición para participar en la vida cotidiana.
No es solo una cuestión tecnológica. Es una cuestión de poder.
Cuando el acceso a servicios básicos —como el dinero, la identidad o los trámites— depende de entregar información sensible y de poseer un dispositivo específico, deja de ser una opción y se convierte en una imposición. Y toda imposición que condiciona derechos merece ser cuestionada.
Eliminar el efectivo no es simplemente modernizar la economía. Es concentrar el control. El efectivo es, hasta ahora, el único medio de intercambio verdaderamente universal, anónimo y accesible. No depende de baterías, señal, plataformas ni permisos. Sustituirlo por sistemas digitales obligatorios significa dejar cada transacción sujeta a vigilancia, registro y posible restricción.
Por otro lado, exigir datos biométricos —huellas, rostro, iris— como llave de acceso no es un detalle menor. A diferencia de una contraseña, estos datos no se pueden cambiar. Si se filtran, si se usan indebidamente o si se centralizan sin garantías sólidas, el riesgo no es temporal: es permanente.
Vincular además todo esto a un número telefónico añade otra capa de fragilidad. Un número se puede perder, clonar, bloquear o cancelar. Convertirlo en requisito indispensable para validar identidad o acceder a recursos es construir un sistema excluyente por diseño.
¿Y qué pasa con quienes no tienen acceso constante a tecnología? Personas mayores, comunidades rurales, quienes no pueden o no quieren integrarse a este modelo. Quedan fuera. Invisibilizados. Dependientes.
Eso no es progreso. Es una barrera.
Un sistema justo no obliga a elegir entre seguridad y libertad, ni entre eficiencia y derechos. Un sistema justo ofrece alternativas reales: atención presencial, métodos de identificación no invasivos, opciones fuera del entorno digital.
Aceptar sin cuestionar estas medidas abre la puerta a un modelo donde participar en la sociedad depende de cuánto estás dispuesto a ceder de tu privacidad y autonomía.
La tecnología debe ampliar derechos, no condicionarlos.
Defender el uso del efectivo, exigir límites al uso de datos biométricos y rechazar la dependencia obligatoria del teléfono no es estar en contra del progreso. Es exigir que el progreso no se construya a costa de la dignidad, la inclusión y la libertad.
Porque cuando todo está condicionado, ya no hablamos de comodidad. Hablamos de control y perdida de la libertad, tan delicado como perder la soberanía de muestras vidas.