27/08/2020
Cuando estoy en una llamada y aparece un hijo saludando o asomándose a ver quién hay detrás de la cámara, una mamá ofreciendo café o hablando con una tía por teléfono, o hasta un perro ladrando; y el dueño de esos sonidos pide perdón avergonzado, me siento avergonzado yo mismo; no por la interrupción, sino porque esa otra persona sienta esa presión. No deberíamos tener que disculparnos porque los hijos sean niños, porque las madres quieran estar presentes en nuestros días, o porque nuestro perro sea un perro. El teletrabajo abrió las puertas de nuestra casa, de nuestra humanidad, nos demuestra que por más que seamos profesionales, primero somos personas, hijos, padres. No nos disculpemos, demos la bienvenida con amor, abracemos nuestra humanidad.
Créditos - Ana Vélez Botero