Evangelizandoando

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23/03/2026

Reflexión del Evangelio de hoy, lunes 23 de marzo de 2026.

17/03/2026
"Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión"Queridos hermanos y hermanas: La Cuaresma es el tiempo en el q...
13/02/2026

"Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión"

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar
Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que “la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia”.

Ayunar
Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento.

Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: “es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida.

De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos”.

El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”.

En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que “sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana”.

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo.

Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos
Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real.

En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir

León XIV PP.

13/12/2025

Después del 12 de diciembre viene algo igual de importante y a veces poco contado: los primeros días con la imagen ya en el Tepeyac.

El obispo Zumárraga no se queda con la tilma como pieza privada ni la esconde en un sótano. La coloca primero en su oratorio y, muy pronto, decide cumplir lo que la Señora pidió: construirle una “casita sagrada” en el cerro. Ordena levantar una pequeña ermita en el Tepeyac y, apenas está lista, la imagen es trasladada allá en procesión. No fue una inauguración de gala con grandes discursos, sino un gesto de pastor: devolver la Señora al lugar donde Ella misma se quiso plantar.

Lo impresionante es lo que pasa casi de inmediato: empieza a correrse la voz entre los pueblos del valle. No porque hubiera Facebook, sino porque el corazón indígena es mensajero rápido. “La Madre del verdadero Dios está en el Tepeyac”, se dicen unos a otros. Comienzan a subir hombres y mujeres de distintos rumbos, muchos con heridas profundas: enfermos, esclavizados, viudas, huérfanos, gente rota por la conquista. Llevan flores, velas, copal, cantos; mezclan lo nuevo y lo viejo, pero con una diferencia clave: ahora saben que se dirigen a la Madre del Dios vivo, no a una deidad que pide sangre, sino a una Madre que escucha el llanto.

La ermita es pequeña, pero la fila es larga. Algunos reciben gracias visibles: curaciones, ayudas concretas, reconciliaciones familiares. Otros simplemente encuentran consuelo y fuerza para seguir viviendo en un mundo que todavía duele. Allí se empieza a tejer lo que siglos después llamaremos “el pueblo guadalupano”: indígenas, mestizos, españoles pobres, todos mezclados de rodillas ante la misma Señora, aprendiendo sin discursos que en Cristo y en María no hay castas ni razas superiores.

Juan Diego no se convierte en celebridad ni en influencer del siglo XVI. El obispo le da un lugar cerca del Tepeyac para que viva ahí, en una choza humilde, dedicado a cuidar la ermita, a rezar y a recibir a los peregrinos. Se vuelve guardián silencioso del milagro: cuenta lo que vio a quien se lo pregunta, pero sin ponerse en el centro. Es como si la Virgen hubiera querido dejar junto a su imagen a un testigo vivo que recuerde siempre esto: que todo empezó con un pobre que caminaba de madrugada.

Esa es la “siguiente escena” después del 12: la imagen ya no en el palacio, sino en el cerro; el pueblo subiendo con flores y lágrimas; el obispo acompañando y organizando; Juan Diego cuidando y rezando; y, sobre todo, María haciendo lo que prometió: escuchar el llanto, sanar heridas, acercar a su Hijo a un pueblo entre dos mundos.

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