30/07/2026
MIS CRÓNICAS COMO DEFENSOR
POR EDGAR ROMERO
CAPÍTULO II
JOSÉ JUAN
PRIMERA ENTREGA
(parte 1 de 5)
EL TESTIGO ESTABA AHÍ
Esta es una crónica basada en un caso real. Los nombres han sido modificados para proteger la identidad de sus protagonistas. La esencia de los hechos permanece intacta.
“Durante años, la verdad permaneció detrás de una puerta que la Fiscalía nunca tocó. Yo conocía esa puerta.”
— Edgar Romero, Defensor Penal.
El nombre del hombre que había llamado a la ambulancia estaba dentro de la carpeta de investigación desde la primera madrugada.
Nadie lo había buscado.
Cuando el licenciado Rigoberto llevó el asunto a mi despacho, José Juan ya se encontraba en prisión. Había sido vinculado a proceso por homicidio calificado y podía pasar el resto de su vida encerrado.
Yo todavía no lo conocía.
La Fiscalía ya tenía construida una historia: José Juan y su hermano habían llegado en un automóvil hasta un terreno baldío donde Aarón se encontraba conviviendo con otras personas. Después de discutir con él, José Juan habría sacado un tubo metálico de la cajuela y lo habría golpeado en la cabeza.
Según la acusación, Aarón cayó de rodillas y comenzó a convulsionarse. Mientras permanecía indefenso, uno de los hermanos lo pateó en la cara, la espalda y los pies; el otro continuó golpeándolo con el tubo.
Dos personas aseguraban haberlo presenciado.
También afirmaban que los hermanos los amenazaron para que guardaran silencio, subieron a Aarón al automóvil y se lo llevaron.
Aarón murió nueve días después.
Más de tres años más tarde, José Juan terminó en prisión acusado de haber asesinado a su amigo.
El caso llegó a mi despacho después de la vinculación a proceso. Ya existía una narrativa judicial, una orden de aprehensión contra su hermano y un joven privado de la libertad.
Pero una acusación no se vuelve verdadera únicamente porque esté escrita dentro de una carpeta.
Antes de hablar personalmente con José Juan, decidí conocer los lugares.
Hay asuntos que no pueden comprenderse desde un escritorio. Es necesario caminar las calles, medir las distancias, observar la iluminación y colocarse exactamente en el punto desde el cual alguien asegura haber visto lo que ocurrió.
Aquel día me acompañaron Tania, el licenciado Rigoberto, mi perito en criminalística, los padres de José Juan y su hermano.
Fue la primera vez que hablé con su familia.
No nos conocimos dentro de mi oficina ni alrededor de una mesa. Nos encontramos en los lugares relacionados con la muerte de Aarón, mientras José Juan permanecía encerrado.
Su hermano comenzó a reconstruir aquella noche.
Me explicó que él conducía una motocicleta y José Juan viajaba con él. Aarón manejaba otra.
Habían estado consumiendo bebidas alcohólicas y fueron hasta un bar de un pueblo vecino para continuar tomando. Cuando emprendieron el regreso, Aarón aceleró. Su conducción era errática y terminó adelantándose varios metros.
Entonces perdió el control.
La motocicleta se impactó contra un poste.
José Juan y su hermano se detuvieron. José Juan permaneció junto a Aarón para auxiliarlo, mientras su hermano corrió en busca de ayuda. Después llegó una ambulancia. José Juan firmó como responsable para que su amigo fuera trasladado y lo acompañó hasta el hospital.
No huyó.
No abandonó a Aarón.
No intentó ocultarse.
Permaneció con él hasta que llegaron sus padres y les explicó lo sucedido.
Era una historia completamente distinta a la de los dos supuestos testigos.
Pero yo no podía construir una defensa únicamente con la versión de José Juan o de su hermano. Necesitaba encontrar elementos independientes que permitieran comprobarla.
Durante el recorrido, mi perito comenzó a identificar tres puntos fundamentales: el lugar donde Aarón quedó lesionado y fue atendido por los paramédicos; el poste contra el cual, según la reconstrucción, se había impactado; y una casa situada a pocos metros.
Entonces vi un nombre en el reporte de emergencias.
Era la persona que había solicitado la ambulancia aquella madrugada.
Lo conocía.
Nuestras familias eran amigas.
Levanté la mirada y volteé hacia su casa.
Estaba justo ahí.
Caminé hasta la puerta y toqué.
Me abrió su esposa. Pregunté por él y enseguida salió a atenderme.
Le expliqué por qué estaba ahí. No le dije lo que necesitaba que declarara. No le proporcioné una versión ni intenté introducir recuerdos en su memoria.
Solamente le hice una pregunta:
—¿Qué recuerda de aquella noche?
Comenzó a hablar.
Recordaba un impacto tan fuerte que lo despertó. Al principio pensó que alguien había intentado entrar a su propiedad o que algún vehículo se había estrellado cerca de su casa.
Se levantó y se asomó.
Vio a un joven sosteniendo a otro que se encontraba gravemente herido. Observó a una tercera persona buscando ayuda y advirtió la presencia de una motocicleta.
Fue él quien llamó al servicio de emergencias.
Recordaba la llegada de los paramédicos. Recordaba que el muchacho herido estaba muy mal. Recordaba a otro joven sosteniéndolo mientras esperaban la ambulancia.
No afirmó haber visto el impacto porque no lo había visto.
No aseguró reconocer rostros que la oscuridad no le permitió distinguir.
No intentó completar los espacios que no recordaba.
Simplemente evocaba.
Su testimonio tenía la naturalidad de quien no había preparado una historia.
Los padres de José Juan permanecieron ahí, escuchándolo. Por primera vez desde la detención de su hijo, ya no tenían solamente su palabra. Existía una persona independiente que había escuchado el golpe, observado sus consecuencias inmediatas y solicitado la ambulancia.
Le pedí que compareciera como testigo en el juicio.
Aceptó.
Me explicó que lo haría porque me conocía y porque nuestras familias eran amigas. En cualquier otro asunto no habría querido involucrarse. Era comprensible: pocas personas desean perder días enteros en los tribunales o verse relacionadas con un proceso penal que no les pertenece.
Pero él estaba dispuesto a declarar.
Aquella conversación devolvió la confianza a los padres de José Juan.
Yo no les prometí que ganaríamos. Nunca prometo el resultado de un juicio.
Sin embargo, algo había cambiado.
La Fiscalía tuvo durante años el nombre de la persona que pidió la ambulancia. Sabía que existía un testigo relacionado directamente con la atención de Aarón, pero jamás lo buscó.
Nunca escuchó su versión.
Nunca tocó aquella puerta.
Yo acababa de hacerlo.
Y el testigo estaba ahí.
Ahora faltaba conocer personalmente al joven que permanecía en prisión por la muerte de su amigo.
Cuando finalmente lo tuve frente a mí, su mirada estaba apagada.
Lo primero que me dijo fue:
—Yo no maté a Aarón.
Continuará…