04/04/2026
El aprendizaje por imitación y su impacto en la conducta delictiva
Por: MC. Jesús López Leyva
En los últimos años, la incidencia delictiva protagonizada por jóvenes y adolescentes se ha convertido en un fenómeno que debe preocupar seriamente a la sociedad. Si bien las estadísticas muestran que los delitos de alto impacto suelen ser cometidos por personas entre los veintidós y los treinta años de edad, resulta alarmante el incremento de conductas delictivas en edades cada vez más tempranas. Esta situación se agrava por la normalización de la violencia, la pérdida de la capacidad de asombro y elevados índices de impunidad que terminan por legitimar socialmente el delito.
A lo largo de la historia de la criminología, han existido distintas explicaciones sobre el origen del comportamiento criminal. César Lombroso, considerado el padre de la criminología, sostenía que el delincuente nace, postulando una teoría biológica del delito. Posteriormente, Enrico Ferri amplió esta visión al afirmar que “el delincuente se hace”, introduciendo factores sociales y económicos como determinantes de la conducta criminal. Más recientemente, la criminología crítica o radical sostiene que es el propio sistema social quien produce delincuentes, especialmente a través de fenómenos como la anomia, entendida como la ruptura entre los objetivos socialmente impuestos y los medios legítimos para alcanzarlos.
En este contexto, la teoría del aprendizaje social desarrollada por Albert Bandura aporta una explicación fundamental para comprender la violencia juvenil. Bandura sostiene que los seres humanos, especialmente niños y adolescentes, aprenden conductas observando e imitando a otros. El comportamiento criminal, por tanto, no es innato, sino aprendido a través de la experiencia directa o por observación de modelos significativos. Cuando un menor observa que la violencia es recompensada o permanece impune, aumenta la probabilidad de que imite ese comportamiento.
Vivimos en una sociedad cada vez más expuesta a la violencia, donde el delito se observa cotidianamente tanto en la vida real como a través de los medios de comunicación. Esta constante exposición afecta de forma particular a niños y adolescentes, quienes aún se encuentran en proceso de formación de su personalidad. El entorno familiar, el barrio criminógeno, la violencia intrafamiliar y los ejemplos negativos de figuras adultas influyen decisivamente en la construcción de conductas agresivas. El menor no nace violento; aprende a ser violento a partir de lo que observa y reproduce en su entorno social.
Desde la perspectiva jurídica y criminológica, esta realidad obliga a replantear las respuestas tradicionales frente al delito. El castigo por sí solo resulta insuficiente cuando las causas profundas del comportamiento criminal se encuentran en la falta de oportunidades, la desigualdad social, la exclusión educativa y la ausencia de políticas públicas de prevención. El delito, como cualquier comportamiento social, se aprende; por tanto, también puede prevenirse mediante la intervención temprana.
Es indispensable que la familia, la escuela y el Estado asuman un papel activo en la formación ética y social de la niñez y la adolescencia. Promover valores morales, fortalecer la educación, garantizar el acceso al empleo digno, al deporte y a espacios de desarrollo sano, así como combatir la violencia intrafamiliar y la apología del delito, son acciones fundamentales para romper el ciclo del aprendizaje criminal.
En conclusión, la teoría del aprendizaje por imitación demuestra que la criminalidad juvenil no es un fenómeno aislado ni espontáneo, sino el resultado de un entorno social que enseña, tolera o normaliza la violencia. Desde el Derecho y la Criminología, el reto no es únicamente sancionar, sino prevenir, atacando las causas estructurales del delito y construyendo una sociedad que enseñe con el ejemplo caminos distintos a la violencia.