11/08/2026
Corría el año 75 a C, Gayo Julio César tenía 25 años, no era dictador, no era cónsul, solo era un joven patricio romano con ambición que ardía.
Decidió cruzar el Egeo para ir a Rodas, porque quería estudiar con el mejor, Apolonio Molón, el gramático y maestro de retórica que formaba a los oradores más temidos de Roma, pero el destino, que ya lo estaba probando, tenía otros planes.
Navegando a la altura de la isla de Farmacusa, frente a las costas de Asia Menor, su barco fue abordado por piratas cilicios, los dueños del mar en ese momento.
Lo rodearon, lo desarmaron, y cuando vieron de quién se trataba exigieron un rescate de 20 talentos de oro, una fortuna, cada talento eran unos 26 kilos de oro.
César los miró, se echó a reír en su cara, y les dijo que no tenían ni idea de a quién habían secuestrado, que pidieran 50 talentos, porque él valía mucho más, y así lo hicieron porque los piratas no sabían que acababan de capturar a un hombre que convertiría al mundo en suyo.
Los siguientes 38 días fueron los más extraños de la historia de la piratería, César no lloró, no rogó, no se escondió, dormía cuando quería, exigía silencio para descansar, y cuando se aburría reunía a los piratas para darles discursos y poemas que él mismo componía.
Si no aplaudían los llamaba ignorantes y bárbaros, si se reían de él les advertía, riéndose también, que cuando fuera libre los crucificaría a todos, y ellos se reían con él, porque pensaban que bromeaba, que era el rehén más confiado y más raro que habían tenido, pero César no bromeaba nunca.
Al fin llegó el rescate desde Mileto, 50 talentos, lo pagaron, y lo dejaron libre en la costa, la mayoría habría huido, habría olvidado, habría tenido miedo, César hizo lo contrario.
Fue directo al puerto de Mileto, armó una flota con dinero prestado, zarpó, encontró a los piratas todavía anclados en Farmacusa contando el oro, los atacó, los capturó a todos, les quitó el botín, y los encadenó, los llevó presos a Pérgamo y fue a buscar al gobernador de Asia, Junio, porque por ley romana solo él podía condenarlos.
Pero Junio estaba más interesado en el tesoro que en la justicia, así que le dijo a César, haz tú lo que quieras, y César hizo lo que había prometido el primer día, ordenó crucificarlos a todos, uno por uno en la costa.
Pero aquí está el detalle que lo define, en un gesto que los romanos llamaron clemencia,
mandó que primero los degollaran, para que no sufrieran en la cruz,
así cumplió su palabra, así demostró que un insulto a Julio César se paga, y así el mundo empezó a entender que este joven no tenía miedo ni a los dioses ni a los hombres.
tenía 25 años, volvía a Rodas a estudiar retórica, y salió de allí sabiendo que el poder no se pide, se toma.
📷 Curiosidades universales y algo más