22/08/2026
Quiero reconocer y felicitar a Natalia Félix por la organización de este evento y por mantener de manera permanente una agenda de trabajo en favor de las mujeres, así como al Partido Verde Ecologista de México por respaldar estos espacios de participación, formación y liderazgo femenino.
La ponencia de Sara Lovera López abordó temas importantes y generó un espacio de reflexión. Sin embargo, hay declaraciones que no pueden pasar desapercibidas, mucho menos cuando se hacen en un evento cuyo propósito es hablar de empoderamiento de las mujeres.
Durante mi participación señalé que, cuando fui diputada en la Sexagésima Quinta Legislatura del Congreso del Estado de Chihuahua, impulsé que el feminicidio fuera reconocido como tipo penal en nuestro estado, porque era y sigue siendo necesario contar con una herramienta jurídica que reconozca la violencia extrema ejercida contra las mujeres por razones de género.
La respuesta de la expositora fue que el feminicidio no era necesario, que bastaba con el homicidio y su agravante, y que no había razón para ponerle nombre a cada delito.
No. Definitivamente no.
Decir que el feminicidio no es necesario es minimizar una realidad que ha costado vidas, que ha dejado familias destruidas y que marcó para siempre la historia de Ciudad Juárez.
¿De verdad vamos a decir que en esta Ciudad no era necesario nombrar y reconocer el feminicidio?
¿Sra Lovera vamos a olvidar a las mujeres asesinadas cuyos casos dieron la vuelta al mundo?
¿Vamos a olvidar a las “Muertas de Juárez”, aquellas mujeres asesinadas durante los años noventa, cuando la violencia contra las mujeres alcanzó niveles que nos obligaron como sociedad y como Estado a reaccionar?
Nombrar el feminicidio no fue un capricho. Fue una conquista. Fue reconocer que no todos los asesinatos de mujeres ocurren en las mismas circunstancias y que la violencia de género requiere ser identificada, investigada y sancionada de manera específica.
Y sí, ponerle nombre importa.
Porque cuando una conducta se visibiliza jurídicamente, también se reconoce a las víctimas y se obliga al Estado a mirar una problemática que durante años fue ignorada o minimizada.
Por eso resulta profundamente contradictorio, que una persona que ofrece una conferencia que pretende empoderar a las mujeres, se cuestione precisamente una de las herramientas jurídicas que nació de la lucha de muchas mujeres y de la necesidad de proteger nuestras vidas.
El empoderamiento no consiste en borrar nuestras luchas.
No consiste en minimizar la violencia.
No consiste en decir que un delito que afecta específicamente a las mujeres “no es necesario”.
Empoderar es reconocer nuestra historia, defender nuestros derechos y exigir que las instituciones respondan ante la violencia que sufrimos.
Como mujer, como abogada y como quien tuvo la responsabilidad de representar a Chihuahua desde el Congreso, defiendo con firmeza el trabajo realizado para que el feminicidio fuera reconocido como delito en nuestro estado.
Y lo digo con toda claridad:
No voy a aceptar que se minimice una conquista que protege a las mujeres de Chihuahua.
Mucho menos en Ciudad Juárez, donde la historia nos ha enseñado, con sangre y dolor, que minimizar la violencia contra las mujeres tiene consecuencias.
Podemos debatir, podemos disentir y podemos tener posiciones distintas.
Pero con los derechos de las mujeres y con la memoria de las víctimas no se juega.
El feminicidio tiene nombre.
Las víctimas tienen nombre.
Sus familias tienen nombre.
Y sus historias merecen justicia.
Nunca más debemos normalizar, minimizar ni invisibilizar la violencia contra las mujeres.