16/05/2026
Cuando fui candidata a jueza, hablé de juzgar con perspectiva de discapacidad, de construir un Tribunal accesible, humano e incluyente.
Lo dije también desde mi historia personal: ser mamá de una mujer extraordinaria me enseñó que muchas barreras no están en las personas, sino en el entorno.
En días pasados tuve una audiencia con una trabajadora con discapacidad intelectual que reclamaba haber sido despedida por su condición.
Desde que vi el expediente pensé en Daria (mi hija), condiciones muy similares, casi la misma edad…
Pensé en todas las veces que he visto lo mucho que una persona con discapacidad tiene que esforzarse para lograr cosas que otros dan por hechas: estudiar, trasladarse, aprender un oficio, conseguir una oportunidad… y todavía, muchas veces, tener que demostrar el doble para que se les reconozca la mitad.
Por eso no era “una audiencia más”, entré a la sala sin toga, saludé primero a la trabajadora para generar confianza, y elegí un vestido azul y blanco: colores tranquilos, porque aunque parezca pequeño, a veces hasta la ropa puede hacer sentir a alguien más cómodo o más intimidado…
Ya al iniciar, me puse la toga, porque una cosa es ser cercana y otra la responsabilidad que representa impartir justicia.
Hice un llamamiento a la conciliación, hubo propuestas de arreglo, se ajustaron cantidades, se movieron posturas y, finalmente las partes lograron un convenio.
Pero antes de aprobarlo, siguiendo el protocolo, tenía que asegurarme que ella entendiera cuánto dinero recibiría, qué efectos tenía ese convenio y, sobretodo, que no existiera renuncia de derechos.
Aunque la grabación de la audiencia dura apenas unos minutos, la negociación entre las partes tomó casi una hora.
Porque la justicia inclusiva no es concluir un expediente rápido, es tener paciencia, hablar despacio, no minimizar, mirar con humanidad.
Con ajustes razonables siguiendo los diversos protocolos que existen para juzgar con perspectiva de discapacidad: lenguaje sencillo, explicar cada paso, verificar comprensión, dar tiempo, escuchar sin prisa y permitir el acompañamiento de su mamá como apoyo… sin sustituir nunca su voluntad.
Fue necesario explicar más de una vez, con calma, sin presiones, lo consultó con su mamá y su abogado, quedando claro que la decisión era solo suya, aceptó.
Salí cansada mental y emocionalmente … pero contenta, porque sentí que honré el compromiso que hice hace un año en campaña.
Salí pensando en Daria, pensando en cuántas personas con discapacidad solo necesitan una oportunidad real, un espacio digno y alguien que no las subestime.