28/05/2025
🔴Asesin@r al director: la impunidad y el silencio que carcome a
✍️ Opinión Mujer Guerrera
El asesi-n@t0 de Wilbert Chávez Gutiérrez no es un hecho aislado. Es una herida más que se abre en la piel de Guerrero, un estado donde ejercer la docencia, como tantas otras profesiones sociales, se ha convertido en un acto de riesgo. Chávez, de 52 años, no era solo director de una primaria en Mazatlán, municipio de Chilpancingo; era también un ciudadano que recientemente había levantado la voz para deslindarse de acusaciones en redes sociales que lo ligaban —sin pruebas— a un grupo delictivo. Hoy está mu**to, con dos tiros en la cabeza y un mensaje sobre su cuerpo, como un guion repetido en el drama sangriento que vivimos desde hace años.
Que su cuerpo haya sido arrojado a plena luz del día, en un tramo transitado de la carretera Chilpancingo-Chichihualco, envuelto en bolsas negras y acompañado de una cartulina con señalamientos, no solo refleja la crueldad con la que operan los grupos criminales. También exhibe la impunidad con la que lo hacen. A plena luz del día. A plena vista de todos. Sin que nadie los detenga.
El mensaje era claro: acusarlo de ser informante. ¿Pero quién acusa? ¿Con qué pruebas? ¿Y por qué después de que el propio Chávez, en una conferencia pública, negó cualquier vínculo con el crimen organizado? Esta ejecución no solo elimina a una persona. Busca enviar un mensaje a quienes se atrevan a hablar, a aclarar, a defender su nombre.
El Estado ha fallado cuando un maestro debe presentarse en rueda de prensa para declarar que no pertenece a ningún grupo armado. ¿Cómo llegamos al punto en que un educador, en vez de hablar de educación, tenga que explicar que no es parte del crimen organizado? ¿Y qué protección recibió tras su denuncia? Ninguna, por lo visto.
Lo mataron como se mata en Guerrero: con saña, con total impunidad y con un aparato estatal ausente o cooptado. La muerte de Wilbert Chávez debe indignarnos no solo como ciudadanos, sino como sociedad que no puede seguir aceptando la normalización de este tipo de crímenes. No podemos seguir enterrando docentes, periodistas, líderes comunitarios, como si fueran daños colaterales de una guerra que nadie declaró pero que todos sufrimos.
Es hora de dejar de mirar hacia otro lado. Hoy fue un maestro. Mañana, cualquiera de nosotros.