Rubio Rodríguez Abogados

Rubio Rodríguez Abogados La actividad de nuestro despacho está orientada a prestar a sus clientes un servicio profesional del más alto nivel de excelencia

La actividad del Despacho está orientada a prestar a sus clientes un servicio profesional del más alto nivel de excelencia, mediante un trato personal y especializado, con dedicación constante, siendo la eficacia, la garantía y la solvencia los valores imperantes en su trabajo. El objetivo que prima en todos sus colaboradores es la prestación de un servicio de calidad, garante de los intereses de

quienes les depositan su confianza, siendo el fin último la consecución de la máxima satisfacción del cliente, ofertando soluciones adecuadas y eficaces, teniendo en cuenta el entorno y las circunstancias particulares de cada caso. El compromiso con los intereses de nuestros defendidos, la plena dedicación, la vocación de servicio y la renovación constante en busca de la excelencia profesional son sus signos de distinción. La actividad profesional de Rubio Rodríguez Abogados, queda regulada por el Estatuto General de la Abogacía Española y el Código Deontológico de la Abogacía Española, así como por las normas del Ilustre Colegio de Abogados de Almería. Del mismo modo, se acoge a los criterios orientadores en materia de Honorarios Profesionales del Ilustre Colegio de Abogados de Almería, y se asegura la confidencialidad y seguridad a la que obliga la LOPD (Ley Orgánica de Protección de Datos) Y LSSICE (Ley de Servicios de la Sociedad de la Información y Comercio Electrónico).

25/11/2024
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25/09/2024

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01/05/2024
05/04/2024
17/04/2023
08/01/2023

CARTA DE UN DESESPERADO CATEDRÁTICO DE UNIVERSIDAD
(Por Daniel Arias Aranda - Catedrático Universidad de Granada)

Imparto clase en la Universidad desde hace 25 años. La primera asignatura que impartí era Dirección Estratégica de Empresas: tenía 524 alumnos. Era imposible distinguir las caras de los que se sentaban atrás en aquellas gigantescas aulas. Eso sí, las aulas estaban llenas. Algunos alumnos se tenían que sentar en las escaleras, porque no cabían. En las horas de tutoría, los alumnos hacían cola en la puerta de mi despacho. Por mis clases han pasado directivos de grandes empresas.

Todo lo anterior ya es sólo un eco del pasado. Hoy me dedico a engañar más que a enseñar. Los grupos de hoy son de 50 alumnos, de los cuales raramente vienen a clase más de un 30%. Los que vienen, lo hacen con un teléfono móvil que utilizan sin ningún pudor durante las horas de clase. Las caras de los alumnos se esconden tras las pantallas. Es raro que alguien pregunte, por mucho que se les incite a hacerlo. Quince minutos antes de que acabe la clase ya están recogiendo sus cosas, deseosos de salir.
Cada vez me siento más como un profesor de primaria que como un catedrático de Universidad. A menudo tengo que callarme yo porque un rumor generalizado se extiende por el aula y me da vergüenza mandar callar a universitarios. He separado a gente para que no hablen entre ellos, he expulsado alumnos del aula y me he llegado a marchar de clase ante el más absoluto desinterés. Nada sirve.

Como respuesta a este panorama, y siguiendo las sucesivas y cambiantes normativas universitarias (cada una peor que la anterior), los profesores hemos tomado cartas en el asunto con las tres siguientes medidas de supervivencia: (1) el nivel de las asignaturas ha bajado: impartimos menos temas y de manera mucho más superficial. (2) Hacemos parciales para tratar de aprobar al mayor número de alumnos, pues un número de suspensos superior a lo que la universidad establece conlleva una sanción que influye en el presupuesto del departamento. (3) El nivel de los trabajos y presentaciones de los alumnos no pasaría, en su mayoría, los estándares del teatrillo de Navidad de Primaria. Pero eso, para nosotros, es más que suficiente para poner un cinco. De este modo cumplimos el contrato-programa, el departamento es feliz, la universidad es feliz, nuestros alumnos aprueban, creen que saben algo, son felices, y nosotros languidecemos ante la triste realidad.

Por eso, querido alumno/a, te digo que me dedico a engañarte. Vives en una mentira que nosotros edulcoramos. Aquí van algunas realidades que no te van a gustar: te faltan habilidades en estudios superiores. No sabes estar. Balbuceas, te encorvas, no fijas la mirada, metes las manos en los bolsillos. No tienes capacidad de expresión. Tu vocabulario es muy básico. Tu nivel de lengua extranjera es nulo. Vives anestesiado por las redes sociales. Y si tu expresión es limitada, tu escritura lo es más. Se nota que ya no hacen dictados en educación secundaria. Ah. Y cuando envías a tu madre para una revisión de exámenes, mi perplejidad no cabe en mi persona. Jamás hubieras superado esta asignatura hace 10 o 20 años. De tu clase, no más de diez personas seguirían admitidas en estos estudios. De hecho, hace muchos años que no recomiendo a ningún alumno para ninguna empresa.

No quiero terminar exponiendo un problema sin dar soluciones. Las hay. He aquí cuatro propuestas incómodas:

a-No somos todos iguales. Hay estudiantes con vocación y con interés eclipsados por la mediocridad imperante. Centrémonos en ellos. La universidad es para formar a las élites intelectuales. Antes de que me llaméis facha, os recordaré que esa frase es de don Gregorio Peces-Barba, que fue rector de la Universidad Carlos III, padre de la Constitución y socialista de verdad.

b-Devolvamos al profesorado universitario las competencias perdidas a la hora de diseñar planes de estudio, modelos de enseñanza y currículum.

c-Eliminemos cualquier rastro tecnológico en la enseñanza primaria (lo que incluye ordenadores portátiles). Las tecnologías de la información, a edades tan tempranas, sólo sirven para distraer. La plasticidad neuronal se desarrolla con lápiz y papel, no con la dictadura de los teclados.

d-Fomentemos la doble cultura de la competición y de la colaboración. El esfuerzo conlleva recompensa, a veces a largo plazo. Los mejores serán premiados y los peores se quedarán fuera de juego; y si quieren volver a entrar tendrán que esforzarse más, o bien centrarse en otro juego.

Los profesores estamos hartos de formarnos en técnicas docentes de pelajes exóticos para motivar al alumnado. Lo que está claro es que si tú, estudiante, no tienes interés, yo no puedo plantarlo en ti. Pero sí puedo hacerte creer que vales, aunque sepa que es mentira. Me he convertido en un experto en mentir porque el sistema me lo exige, y cumplo. Y rezo para que esto sólo me ocurra a mí, pero no ocurra en Medicina o en Ingeniería, sobre todo cuando cruce un puente o me lleven al quirófano.

En fin, querido estudiante, esto es lo que hay. Quizás seas la excepción a todo lo escrito. Ojalá sea así, pero los números me dicen que las probabilidades son inferiores al 10%. En todo caso, no busques la solución en el Estado, ni en los sindicatos, ni en los cantos de sirena de los populismos, ni en las redes sociales. La solución está en ti. Si tú cambias, el mundo cambia. Y si no quieres cambiar… no te preocupes: te seguiremos engañando, haciéndote creer que lo estás haciendo muy bien.

Firmado:
Daniel Arias Aranda.
Catedrático de la Universidad de Granada.

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Vera
04620

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