28/07/2026
Reflexión/Opinión
"" ""La gran hipocresía de este Gobierno en materia laboral: un discurso para los jóvenes y otro para quienes sostuvieron el sistema.
Trabajar menos hoy, jubilarse más tarde mañana."'"
Hay decisiones políticas que, vistas por separado, pueden parecer razonables. Sin embargo, cuando se analizan conjuntamente, transmiten un mensaje difícil de comprender. Eso es precisamente lo que ocurre con dos de las grandes propuestas laborales impulsadas en los últimos años en España: por un lado, la reducción de la jornada laboral y, por otro, el retraso efectivo de la edad de jubilación mediante incentivos para seguir trabajando y medidas que penalizan, cada vez más, el acceso anticipado a la pensión. Así como, el contaste recarculo de las pensiones.....para q toque menos.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede el mismo Gobierno defender que trabajar menos horas es un avance social y, al mismo tiempo, pedir a quienes llevan cuarenta o cuarenta y cinco años cotizando que prolonguen su vida laboral?
Si eres joven, trabaja menos. Si eres mayor, trabaja más. Esa es la paradoja.
Los defensores de la reducción de jornada afirman que los avances tecnológicos, la digitalización y el aumento de la productividad deben traducirse en una mejor calidad de vida. Hablan de conciliación, de salud mental, de bienestar y de un reparto más racional del tiempo de trabajo. Son objetivos legítimos y compartidos por buena parte de la sociedad.
Pero ese discurso cambia radicalmente cuando se habla de quienes están próximos a la jubilación. Entonces desaparecen la conciliación y la calidad de vida para dejar paso a otro mensaje: hay que seguir trabajando más tiempo porque el sistema de pensiones necesita ser sostenible.
¿En qué quedamos?.....Si trabajar menos mejora la salud y la calidad de vida, ese argumento debería ser aún más válido para quien tiene 66 o 67 años y lleva décadas soportando el desgaste físico y mental del trabajo. Resulta difícil explicar que aquello que se considera beneficioso para un trabajador de 30 años deje de serlo para uno que ha dedicado toda su vida a levantar este país.
Es cierto que España afronta un enorme desafío demográfico. Vivimos más años, nacen menos niños y cada vez hay menos cotizantes por cada pensionista. Nadie puede negar esa realidad. El sistema de pensiones necesita garantizar su viabilidad y cualquier gobierno responsable debe afrontarlo.
Pero reconocer esa realidad no elimina la contradicción política. Lo honesto sería decir claramente a los ciudadanos que mantener el sistema exige sacrificios y explicar cómo se van a repartir. Lo que genera desconfianza es lanzar un discurso distinto según convenga: uno para anunciar derechos y otro para justificar esfuerzos.
A esta contradicción se suma una pregunta que se hacen miles de españoles pertenecientes a la generación del baby boom, una pregunta incómoda que cada vez se escucha con más frecuencia: ¿cómo es posible que durante cuarenta años hayamos estado cotizando y sosteniendo el sistema público de pensiones para pagar las pensiones de quienes nos precedieron, y que ahora se nos diga que no hay recursos suficientes para garantizar plenamente las nuestras?
Es una pregunta que refleja la inquietud de una generación que ha contribuido durante décadas con la expectativa de recibir, llegado el momento, la protección que ayudó a financiar. La respuesta no es sencilla y tiene mucho que ver con la evolución demográfica, el aumento de la esperanza de vida, la baja natalidad y los cambios económicos. Pero comprender esas causas no elimina la sensación de frustración de quienes sienten que las reglas del juego han cambiado cuando están a las puertas de la jubilación.
La paradoja resulta especialmente injusta para quienes comenzaron a trabajar con dieciséis o dieciocho años. Personas que llevan más de cuatro décadas cotizando y que, cuando ven acercarse la jubilación, descubren que el mensaje ya no es el del descanso merecido, sino el de seguir trabajando porque es bueno para el sistema. Muchos se preguntan, con razón, si ese era el compromiso que adquirieron cuando empezaron su vida laboral....
Existe además otra contradicción que apenas se menciona. Mientras se insiste en facilitar el acceso de los jóvenes al mercado laboral, se incentiva que quienes ya podrían jubilarse permanezcan más tiempo ocupando esos puestos. La economía no funciona como un simple juego de sustitución, pero es evidente que, en determinados sectores, retrasar la renovación generacional también retrasa nuevas oportunidades para quienes intentan incorporarse al empleo.
Desde la perspectiva empresarial tampoco faltan dudas. Reducir la jornada puede incrementar los costes laborales si no va acompañada de un aumento equivalente de la productividad. Al mismo tiempo, prolongar la permanencia de trabajadores veteranos puede elevar los costes salariales. Muchas empresas tienen la sensación de soportar el coste de dos políticas que responden a mensajes completamente diferentes.
Nadie discute que incentivar a quien quiera seguir trabajando voluntariamente puede ser positivo. Tampoco que reducir la jornada, si las condiciones económicas lo permiten, pueda mejorar la calidad de vida. Ambas medidas tienen argumentos a favor.
Lo cuestionable es presentarlas simultáneamente sin explicar cómo encajan entre sí. Porque el mensaje que recibe la ciudadanía es contradictorio: trabajar menos es progreso... salvo cuando llega el momento de jubilarse.
Cada vez son más los ciudadanos que perciben que las reformas laborales responden más a la necesidad de obtener un buen titular que a un verdadero proyecto de país. Se anuncian nuevos derechos, pero apenas se habla de quién los financia. Se promete una mejor conciliación mientras, paralelamente, se retrasa el momento de disfrutar del descanso después de toda una vida de trabajo.
Gobernar también consiste en decir verdades incómodas. Y quizá la más incómoda de todas sea que las cuentas públicas no salen por sí solas. Pero esa realidad debería explicarse con transparencia, no disfrazarse con discursos que cambian según el colectivo al que se dirijan.
Quizá el verdadero debate no sea trabajar menos o trabajar más. Quizá el debate sea construir un sistema coherente, donde las políticas laborales y las políticas de pensiones no se contradigan entre sí. Un sistema que permita conciliar a los jóvenes, sí, pero que también respete el derecho de quienes llevan toda una vida cotizando a disfrutar de una jubilación digna sin sentirse presionados para prolongar indefinidamente su carrera profesional.
Porque la pregunta sigue sin respuesta y resume toda esta contradicción:
Si trabajar menos es el futuro, ¿por qué precisamente a quienes más han trabajado se les pide que trabajen todavía más?....Después de analizar todas estas medidas, resulta difícil evitar una conclusión. Da la impresión de que quienes diseñan estas políticas laborales lo hacen de espaldas a la realidad económica y al funcionamiento del mercado de trabajo. Se anuncian reformas con un evidente atractivo político, pero sin ofrecer una explicación convincente sobre cómo se sostendrán en el tiempo ni cuáles serán sus consecuencias.
La sensación que transmiten es la de una forma de gobernar que prioriza el impacto inmediato del anuncio sobre el rigor económico. Una política que, en mi opinión, adolece de madurez y de una visión de largo plazo, porque parece ignorar los datos demográficos, la evolución de la productividad, la sostenibilidad de las pensiones y las necesidades reales de empresas y trabajadores.
Cuando las decisiones públicas se adoptan sin una estrategia coherente, los perjudicados terminan siendo todos: los jóvenes, porque heredan un sistema cada vez más difícil de sostener; los trabajadores en activo, porque soportan mayores cargas; las empresas, porque aumentan sus costes e incertidumbre; y los futuros pensionistas, porque ven alejarse la jubilación que durante décadas contribuyeron a financiar.
Mi impresión es que el problema no es únicamente que las políticas sean discutibles. El problema es que, con demasiada frecuencia, parecen perder de vista la realidad sobre la que deben actuar. Y cuando un gobierno deja de mirar los datos económicos y laborales para sustituirlos por mensajes políticamente atractivos, corre el riesgo de gobernar desconectado del país real.
Creo que esta versión mantiene la contundencia de tu reflexión, pero la formula como una opinión política firme y argumentada, lo que la hace más sólida y difícil de rebatir.
Sergio R.menos ho