10/12/2025
Ayer me detuve. Y me quedé pensando en la soledad.
Pensaba en esa soledad fría que siente una persona cuando su proyecto de vida se rompe y tiene que cruzar la puerta de un despacho de abogados. En ese momento, en tu cabeza no hay leyes, ni artículos, ni plazos procesales. Hay vértigo. Hay miedo. Hay una sensación de abismo.
Y reflexionaba sobre lo equivocado que es entender el Derecho de Familia únicamente como una batalla legal.
Para mi mi trabajo, el de verdad, empieza mucho antes de redactar cualquier demanda. Empieza en el momento en que me siento contigo, dejo el bolígrafo sobre la mesa y simplemente escucho. Porque un abogado/a de familia sin empatía es como un cirujano con las manos sucias: puede operar, pero la herida se infectará.
Acompañar desde la empatía significa entender que no estoy gestionando un expediente, sino biografías humanas en su momento más vulnerable.
Significa que, cuando nos sentamos a negociar o vamos a mediación, no busco "vencer" a tu expareja. Busco la paz. Busco entender qué le duele al otro para poder construir un puente por el que podáis caminar los dos, por separado, pero sin dinamitar el camino. Porque sé que un acuerdo al que llegamos hablando, mirándonos a los ojos y pactando, vale infinitamente más que una sentencia impuesta por un juez que no conoce vuestros domingos ni vuestras rutinas.
Y cuando me pongo a redactar el convenio, siento el peso de la responsabilidad. No es burocracia. Esas cláusulas son vuestras futuras Navidades, son las tardes de parque, son las decisiones médicas. Hacer eso con frialdad es un error; hay que hacerlo con corazón y con mucha visión de futuro, anticipándome a problemas que ahora, con el dolor reciente, tú no puedes ver.
En todo este proceso te acompaño, y te recuerdo tanto la importancia de tener en cuenta tus necesidades, como que los protagonistas silenciosos y los más necesitados de protección son los niños, cuando los hay. A veces, acompañar significa tener el valor de decirte: "Para. No hagamos esto. No es bueno para ellos". Porque los padres/madres, cegados por el dolor de la ruptura, a veces pierden el norte. Y mi deber es ser la brújula que recuerda que las necesidades de los menores están por encima de cualquier rencor adulto.
Y la historia no acaba con la firma. La vida es caprichosa. Los niños crecen, cambian de colegio, enferman, tienen necesidades especiales; vosotros rehacéis vuestras vidas... y ahí surgen nuevas dudas, nuevos miedos. El acompañamiento real es estar también en ese "a posteriori". Es que sepas que puedes levantar el teléfono meses o años después y encontrar al otro lado no a un técnico que te cobra por minutos, sino a alguien que conoce tu historia, que te entiende y que te ayudará a reajustar las velas cuando cambie el viento.
Esa es la abogacía en la que creo. La abogacía que te da la mano, que te sostiene cuando te flaquean las piernas y que te ayuda a cruzar el túnel hasta que vuelves a ver la luz.
Porque de esto se sale. Y no tienes por qué hacerlo solo/a.¿Hablamos?