19/10/2026
A veces pensamos: “¿Por qué me pongo así por algo tan pequeño?” Pero nuestro cuerpo no siempre espera a que podamos analizar lo que ocurre. Primero intenta averiguar: ¿esto es seguro o necesito protegerme?
Por eso podemos parecernos, metafóricamente, a distintos animales según el momento. Hay días en los que estamos como un ciervo tranquilo: presentes, curiosos y capaces de conectar. Otras veces estamos como un conejo que levanta las orejas ante cualquier ruido: más atentos, pendientes del móvil, anticipando problemas o intentando tenerlo todo controlado. Si la amenaza aumenta, podemos necesitar hacer algo ya: discutir, escapar, resolver, defendernos. Y cuando sentimos que no podemos hacer nada, también podemos quedarnos bloqueados: mente en blanco, cansancio, desconexión o ese conocido “no puedo más”.
Después de una situación intensa, algunas personas notan suspiros, llanto, temblor, necesidad de moverse o simplemente un gran cansancio. Poco a poco puede volver la sensación de estar presentes, pensar con más claridad y recuperar opciones.
Piensa en una discusión, una llamada que te preocupa o una semana de muchísimo trabajo: quizá primero te aceleras, después te saturas y, horas más tarde, cuando has podido caminar, llorar, descansar o hablar con alguien, notas que el problema sigue ahí, pero tú ya no estás en el mismo lugar interno.
La regulación no consiste en estar siempre tranquilo. Consiste en poder movernos entre distintos estados y encontrar el camino de vuelta.
Quizá puedas preguntarte hoy: ¿qué animal se parece más a cómo está mi cuerpo ahora mismo?