En los epílogos del siglo, en el año de 1997, hombres de honor, con la honra como escudo y la verdad como espada, creamos el Estudio Jurídico “Castro A*o. Abogados”, templo donde se aboga por los hombres de virtudes profundas; por los hombres ilustres, por los mortales dignos, por los que se apasionan por la verdad, por los que adoran la probidad humana. No movemos la voluntad de la justicia pervi
rtiéndola con ofrendas o adulaciones, ni actuamos como el deshonesto, vendiéndose al mejor postor. Acudimos al hombre honrado que clama nuestra defensa; no cubrimos la sangre inocente que humedece la tierra reclamando justica. Nos indigna el preservar a los bandidos y pícaros. Abogados”, procuramos mover el favor de la justicia mostrando en nuestros pechos esa pasión irrenunciable por la verdad. Si salimos vencidos, hemos de salir de la mano de la gloria del vencedor; si vencedores, hemos de mostrarnos generosos con el caído. Con el soberbio, sólo la cruel indiferencia. Tenemos gran entendimiento de los principios soberanos de la justicia, nuestro afán no va encaminado a lucrarnos a costa de salvar a los culpables y condenar a los inocentes. Ya que el abogar no es lo que todos creen, al altar del lucro personal, sino la más alta labor del hombre en bien de la civilización. Abogados”, creemos que si el linaje humano ha de ser honra en los nobles, nuestra honra son las altas virtudes y el corazón generoso. Despreciamos de tal manera al alma que defiende al perverso y lo muestra a los ojos del mundo como bueno, y al hombre recto como el peor de los hombres. Justicia ha de ser darle el justo castigo al que ha faltado a las leyes y recompensar a los seres de accionar sacrificado. Abogados”, creemos que si el abogar nos eleva a la gloria, ha de ser a fuerza de la obra constante en bien del género humano. Para esto, ha de necesitar del brazo fuerte, del corazón sin cadenas, del juicio temible. Ya que el abogar no es el atropello constante a lo justo, no es el acometimiento a toda costa de las leyes supremas. En este templo, santa es la Justicia, santo es el honor, santa es la libertad. Si se afrenta tales principios, con la espada al brazo hemos de salir a combatir lo injusto. Un gran amor a la obra que fecundamos nos anima, ese amor a la patria libre, ese amor a las leyes sagradas, ese amor a la justicia firme, ese amor que nos ilumina a forjar nuestras causas con nobleza. Grandes son nuestros deseos de justicia, como elevados son nuestros anhelos de servir y obrar en bien de los hombres, en bien de la patria, en bien de la humanidad. Loja, marzo 2013