04/10/2026
ARENGA MATUTINA
¡BUENOS DÍAS, REPÚBLICA DOMINICANA!
JUEZ SIN TEMOR
Hoy queremos comenzar esta jornada con un llamado firme a quienes tienen en sus manos una de las responsabilidades más grandes que puede recibir un ser humano: administrar justicia.
Porque hay algo que debe quedar claro desde el primer momento:
¡El juez no puede tener miedo!
¡El juez no puede ser mercurial, voluble ni cambiar de criterio por las presiones que reciba!
Quien decide ponerse la toga de juez sabe que se va a enfrentar a todas las debilidades, miserias, intereses y pasiones de los seres humanos.
Un juez puede encontrarse frente al político desaprensivo que pretende torcer una decisión; frente al militar prepotente que cree que las armas están por encima de la ley; frente al jerarca regional que se siente dueño de la verdad; frente al empresario mafioso que pretende comprar voluntades; frente a las partes de un proceso que buscan imponer sus intereses; y hasta frente a la amenaza cobarde de un sicario enviado para sembrar miedo.
¡Pero escuchen bien!
Ante todo eso, un juez verdadero no puede doblar las rodillas.
No puede ceder.
No puede temblar.
No puede vender su conciencia.
No puede negociar la justicia.
En el despacho del juez, en el tribunal y en el estrado, solamente deben tener autoridad la Constitución, la ley, la prudencia, la rectitud de conciencia y Dios.
Porque si un juez permite que el miedo determine su decisión, entonces ya no está administrando justicia: está administrando presiones.
Y quien tenga miedo de decidir, quien tiemble cuando tenga que enfrentarse al poderoso, que dé un paso al costado.
Porque ser juez no es un empleo cualquiera.
Ser juez es aceptar una responsabilidad enorme ante la sociedad.
La sociedad necesita ver en la judicatura una de sus partes más nobles y más puras. Necesita jueces que sepan que la justicia no tiene apellido, no tiene partido, no tiene uniforme, no tiene dinero y no tiene jerarquía.
¡La ley debe ser igual para todos!
No importa quién salga perjudicado en sus intereses.
No importa quién caiga.
No importa cuánto dinero tenga.
No importa qué cargo ocupe.
No importa qué uniforme vista.
No importa qué poder político, económico o social tenga.
Cuando el juez decide, solamente debe mirar la verdad y la ley.
Porque al final, señores jueces, ustedes no están llamados a proteger al poderoso ni a castigar al débil, ni lo contrario tampoco.
Están llamados a equilibrar la balanza.
Y de ese equilibrio depende algo mucho más grande que una sentencia:
depende la paz social.
En todas las ramas del Derecho hay riesgos. Hay conflictos, intereses, presiones y peligros.
Pero precisamente por eso la sociedad necesita jueces valientes.
Jueces firmes.
Jueces prudentes.
Jueces independientes.
Jueces que no se vendan.
Jueces que no se arrodillen ante nadie.
Porque cuando un juez es valiente, la sociedad duerme tranquila.
Pero cuando un juez tiene miedo, la injusticia entra por la puerta del tribunal.
Por eso, en esta mañana, nuestro llamado es sencillo y definitivo:
¡Juez: no tengas miedo!
Haz lo que manda la ley.
Escucha tu conciencia.
Actúa con prudencia.
Mira la verdad de frente.
Y deja que Dios sea testigo de tus decisiones.
¡Que nadie te compre!
¡Que nadie te intimide!
¡Que nadie te doblegue!
Porque quien tiene en sus manos la balanza de la justicia debe tener también el valor suficiente para sostenerla.
¡Buenos días! Y recuerden: donde haya justicia, habrá paz; y donde falte el valor para hacer justicia, la sociedad pagará las consecuencias.