29/07/2026
Una década merece ser contada.
Han pasado 10 años desde que juré ejercer la abogacía. Diez años litigando en derecho penal, defendiendo causas, aprendiendo de cada proceso y entendiendo que esta profesión no solo se ejerce con conocimiento, sino también con carácter, disciplina y convicción.
Hoy miro hacia atrás y no puedo evitar recordar de dónde vengo.
Vengo de un pueblo donde el vallenato hace parte de la vida cotidiana, de una familia tradicional, trabajadora y de principios, en la que tuve el inmenso honor de convertirme en el primer abogado.
En 2008 llegué a Bogotá con una maleta llena de ilusiones y muchas incertidumbres. No tenía dónde quedarme. Recuerdo que compré un periódico en el terminal y, con la recomendación de un amigo, encontré la habitación que sería mi primer hogar en esta ciudad que terminaría cambiando mi vida.
No fue un camino fácil.
Hubo días de satisfacción y también de profunda dificultad. Nunca olvidaré aquel puente festivo que pasé alimentándome únicamente de pan y gaseosa. Trabajaba durante el día y estudiaba en las noches, convencido de que el conocimiento siempre sería la mejor inversión.
Mi especialización la pagué con una pericia que realicé para un cliente. Desde entonces no he dejado de estudiar. La litigación oral se convirtió en una pasión permanente y hoy estoy culminando mi maestría en Derecho Penal Económico, porque entendí que un abogado deja de crecer el día que deja de aprender.
En estos diez años he escrito columnas jurídicas, tuve el privilegio de publicar un artículo en una de las revistas jurídica más prestigiosa de Colombia, Legis, he ganado juicios y también he conocido la derrota. Ambas experiencias me hicieron mejor abogado y, sobre todo, mejor ser humano.
El litigio me ha llevado a recorrer muchas ciudades de Colombia. Me ha permitido conocer realidades distintas, enfrentar grandes retos y comprender que detrás de cada expediente siempre hay una historia humana.
Muchas personas creyeron en mí cuando apenas comenzaba. Otras puertas se cerraron. Pero también hubo quienes las abrieron, tendieron una mano y me dieron una palabra de aliento cuando más la necesitaba. A todos ellos les guardo una profunda gratitud.
He tenido la fortuna de llegar a la academia como profesor de posgrado y conferencista, compartir escenarios con fiscales, jueces, magistrados y grandes maestros del derecho, y recibir el reconocimiento de mi amado Colegio de Abogados Penalistas de Colombia – Colpenalistas, una distinción que llevaré siempre con orgullo.
Nada de esto ha sido producto de la casualidad. Ha sido el resultado de muchas horas de estudio, sacrificios silenciosos, derrotas que enseñaron, victorias que motivaron y una decisión inquebrantable de nunca renunciar a mis sueños.
Hoy celebro una década de ejercicio profesional con la misma ilusión con la que aquel joven llegó a Bogotá hace años llevando únicamente una maleta y una enorme esperanza.
Gracias a mi esposa e hija, mi familia, a mis maestros, a mis colegas, a mis clientes y a todas las personas que, de una u otra forma, han hecho parte de este camino.
Gracias al litigio. Gracias a la academia. Gracias a la vida.
Lo mejor, estoy convencido, aún está por venir.
Diez años después, aquí sigo. Con la misma pasión por defender, con más experiencia, con más conocimiento y con el mismo compromiso de honrar esta profesión todos los días.
Porque todavía queda mucho camino por recorrer… y, si Dios lo permite, habrá Romario para rato.