18/09/2026
Le están dando con todo a dos jóvenes abogados por haber utilizado inteligencia artificial en la elaboración de un libro de Derecho Penal.
Como si antes de ChatGPT toda la producción jurídica hubiera sido el resultado de noches enteras de reflexión kantiana.
Seamos serios.
Antes de la IA ya existía el “copiar, pegar y acomodar”. También estaba esa extraordinaria habilidad académica de tomar tres ideas perfectamente explicables en un párrafo, darles quince vueltas, agregar seis citas al pie y convertirlas milagrosamente en veinte páginas.
La IA no inventó la falta de ideas. Solo la volvió más eficiente.
Y cualquier abogado que lleve algunos años comprando libros jurídicos desarrolla una habilidad que ninguna inteligencia artificial necesita enseñarle: saber qué libro NO comprar.
Uno mira el autor, revisa el índice, lee dos páginas y rápidamente sospecha cuándo está frente a alguien que tiene algo que decir… y cuándo está frente a alguien que simplemente necesitaba publicar algo.
Porque herramientas siempre hubo: asistentes, tesistas, compiladores, jurisprudencia reciclada, doctrina de segunda mano, copia y pega y, ahora, inteligencia artificial.
El problema nunca fue la herramienta.
El problema aparece cuando la herramienta tiene más ideas que el autor.
Dicho esto, tampoco haría un drama con los dos jóvenes abogados. En estos tiempos, en los que publicar, exhibirse y acumular validación parece haberse convertido casi en una especialidad jurídica autónoma, hicieron lo que muchos hacen con otros métodos: buscaron un “ayudín”.
Con una diferencia: ellos utilizaron tecnología del siglo XXI.
Así que tampoco los crucificaría.
Al final, tienen algo que no siempre abunda en nuestra profesión: iniciativa.
Después será el lector —como siempre— quien determine si compró un libro de Derecho Penal…
o un prompt muy bien empastado.