Cami Cubillos - Legalmente Cami

Cami Cubillos - Legalmente Cami 👩‍⚖️ Combatiendo el fraude bancario y cibercrimen
⚖️ Abogada penalista y mamá
🏦 Defensora de víctimas de delitos

07/08/2026

Un desconocido lo llamó y le mandó por WhatsApp la foto de su credencial del banco.

Le dijo su nombre completo, su RUT, sus números de cuenta y sus últimos movimientos bancarios.

Después le pidió que entrara a su aplicación para poder proteger su plata.

José Ignacio es ingeniero. El último día de cada mes recibe su sueldo y al día siguiente siempre lo distribuye de la misma forma: 600 mil pesos al colegio de su hija, 800 mil pesos a la persona que trabaja en su casa, paga la luz, el agua, el gas y la isapre.

Nunca en su vida había gastado más de 300 mil pesos en un solo día y mucho menos había pedido un crédito de consumo.

Mientras la voz del teléfono le explicaba que todo estaba bajo control, la plata empezó a salir.

Primero dos millones y medio de pesos. Después otros dos millones. Todas las transferencias iban dirigidas al Banco de Colombia.

Luego vinieron pagos consecutivos al mismo comercio a través de una pasarela de pago chilena, uno cada tres minutos.

Eso no es un cliente comprando. Es un delincuente sacando plata por tramos, probando hasta dónde puede llegar sin que el banco lo detecte.

Y, para su buena suerte, pudo llegar hasta el final.

Fueron 49 minutos.

Cuando cortó el teléfono tenía su cuenta bancaria en cero y una deuda de 17 millones de pesos que jamás había pedido.

Meses después me tocó leer el informe de fraude del Banco Santander.

Ahí dice que su propio sistema marcó la operación como de alto riesgo de fraude.

La conexión venía desde una dirección IP que José Ignacio nunca había utilizado.

Se eliminó el token de seguridad de su dispositivo móvil e inmediatamente se activó en otro celular.

Además, el volumen de las transacciones no correspondía a su comportamiento habitual.

No es que el banco no supiera lo que estaba pasando.

Lo anotó.
Lo miró.
Lo registró.
Y lo dejó pasar.

¿Por qué?

Porque le convenía que José Ignacio se endeudara en 17 millones de pesos. Era un excelente cliente bancario y era evidente que intentaría pagar esa deuda.

Cuando José Ignacio reclamó, Banco Santander no le devolvió su plata, no anuló el crédito y terminó demandándolo a él.

Y sé lo que estás pensando, porque es exactamente lo que piensan todos mis clientes cuando reciben ese correo del banco:

“Hice todo mal. Me van a demandar. Mejor pago.”

No.

La ley dice que, si el banco no quiere devolverte la plata porque, según su supuesta investigación, existen antecedentes evidentes de culpa grave, entonces debe demandarte ante el Juzgado de Policía Local y probar en ese juicio que realmente fue tu culpa.

El banco no puede quedarse con tu plata sin que un juez así lo ordene.

Tiene dos opciones.

Investigar seriamente y, si descubre que falló, devolver el dinero.

O no realizar una investigación seria, rechazar el reclamo y demandarte, esperando que te asustes, te canses y termines pagando.

Te llaman.
Te amenazan con demandarte.

Que demanden.

Porque existe una norma que favorece al banco cuando la operación fue realizada con autenticación reforzada y presume que fue el cliente quien autorizó la operación.

Pero toda presunción admite prueba en contrario.

Los bancos no solo tienen la obligación de verificar quién entra a una cuenta y quién autoriza una transacción.

También tienen la obligación de monitorear lo que ocurre dentro de esa cuenta.

Deben contar con sistemas de monitoreo de transacciones, detectar patrones de fraude, gestionar sus propias alertas y detener cualquier operación sospechosa que escape del comportamiento habitual del cliente.

Son obligaciones distintas.

Que la clave haya sido ingresada correctamente no demuestra que el banco haya monitoreado adecuadamente las operaciones.

Y esto no es imposible.

Ese mismo día, a la misma hora y respecto del mismo cliente, Banco de Chile detectó tres intentos de transferencias por 350 mil pesos.

Las operaciones provenían de otro celular, desde una dirección IP desconocida y después de un cambio de clave.

Ese banco sí bloqueó inmediatamente los productos y no autorizó ninguna operación.

No fue porque hubiera una persona mirando todas las transacciones de todos los clientes en tiempo real.

Fue porque existen sistemas informáticos sofisticados que funcionan las 24 horas del día, los 7 días de la semana.

Analizan cuándo, cómo y desde dónde se comporta cada cuenta.

Y lo más grave es que, desde el 1 de agosto de este año, la banca mejoró el sistema de autenticación reforzada.

Pero pareciera estar olvidando lo más importante:

Los sistemas de monitoreo de transacciones.

¿Qué está pasando ahí?

06/08/2026

Eliminaron las tarjetas de coordenadas. Y esto podría cambiar por completo la forma en que ocurren los fraudes bancarios.

Joaquín estaba en una discoteca con un amigo. Cerca de las 11 de la noche metió la mano al bolsillo y su celular ya no estaba. En ese momento todavía creía que lo peor que había perdido era su iPhone.

Joaquín tiene 30 años, es ingeniero y vive en La Serena.

A las 11:15 de la noche, usando el teléfono de un amigo, bloqueó sus tarjetas del Banco de Chile. Era el único banco donde tenía dinero. También tenía cuentas en Mercado Pago, Tenpo y MACH, pero casi vacías. Solo las usaba para algunas suscripciones.

Intentó bloquear esas cuentas, pero nadie respondió en el call center. No se preocupó demasiado porque el teléfono tenía clave y Face ID. Estaba convencido de que sus cuentas seguían protegidas.

Pasada la medianoche intentó ingresar a su Banco de Chile desde el celular de una amiga, pero no pudo. Su clave ya no funcionaba.

Trató de recuperarla, pero los códigos llegaban por SMS a su celular robado y a su correo electrónico, al que tampoco podía acceder porque también le habían cambiado la contraseña.

Cuando finalmente el banco contestó, ya no quedaba saldo.

A las 4 de la mañana logró recuperar su correo y comenzaron a llegar los mensajes. Le habían cambiado las claves de sus bancos, de sus cuentas prepago, de sus redes sociales y de distintas plataformas, una tras otra.

Lo peor ocurrió entre las 2:45 y las 3:15 de la madrugada.

En solo 30 minutos realizaron 20 transferencias, tres avances de su línea de crédito y un giro en efectivo.

Terminó con una deuda cercana a los 20 millones de pesos.

Fue banco por banco, denunció en Fiscalía en Línea, presentó todas las declaraciones juradas y la respuesta fue la misma: la culpa era de él.

Incluso terminaron demandándolo.

Entonces solicitamos los registros de cambio de clave, el historial de dispositivos, qué celulares nuevos se habían enrolado, qué verificaciones exigieron para registrarlos, qué alertas activó el sistema, quién revisó esas alertas y si ese comportamiento era habitual para un cliente a las tres de la mañana.

Porque ocurrió lo siguiente:

Primero cambiaron la clave.

Después realizaron múltiples transferencias consecutivas.

Registraron un teléfono nuevo.

Cambiaron la tarjeta SIM y comenzaron a recibir todos los códigos.

El banco tuvo al menos cuatro oportunidades para detener el fraude.

Y no hizo nada.

¿La respuesta de varios bancos?

Que esos registros no existían.

¿Cómo no van a existir si están obligados a conservarlos?

Finalmente los obtuvimos por otra vía.

El tribunal ya ordenó que Tenpo y Mercado Pago devolvieran todo el dinero, y así ocurrió.

Las otras instituciones siguen sosteniendo que la culpa fue de Joaquín y aún esperamos la sentencia.

Pero aquí viene lo más importante.

El 1 de agosto de este año desaparecieron las tarjetas de coordenadas en Chile.

Ahora los bancos deben utilizar autenticación reforzada con múltiples factores.

El problema es que esos factores muchas veces están concentrados en el mismo teléfono.

Los códigos llegan al celular.

La autenticación biométrica está en el celular.

El acceso al correo está en el celular.

Antes, al menos, la tarjeta de coordenadas podía estar guardada en otro lugar, en tu casa o en otro bolsillo.

Hoy, si te roban el teléfono, pueden quedarse con prácticamente todo.

Y aquí está el riesgo.

Si el delincuente logra operar desde un dispositivo enrolado, el banco llegará al juicio diciendo que la autenticación fue correcta e intentará usar eso para responsabilizar al cliente.

Pero la verdadera discusión nunca debería terminar ahí.

Lo realmente importante es saber por qué el sistema de monitoreo no detectó operaciones absolutamente anómalas.

Cambios de clave.

Cambio de dispositivo.

Cambio de SIM.

Transferencias consecutivas.

Avances de crédito.

Giros en efectivo.

Todo durante la madrugada.

Si vamos a eliminar mecanismos como la tarjeta de coordenadas y al mismo tiempo facilitar cada vez más el acceso al crédito, entonces los bancos tienen la obligación de fortalecer seriamente sus sistemas de monitoreo y prevención de fraude.

Y a los clientes, un consejo.

No confíen ciegamente en que el banco los protegerá.

Si pueden, mantengan todas sus aplicaciones bancarias en un teléfono que permanezca en su casa y que no usen para salir. Puede parecer exagerado, hasta que les toca vivir una historia como esta.

02/08/2026

Margarita tiene 80 años. Anota cada una de sus claves en un cuaderno y nunca aprieta un botón en su celular sin preguntarle antes a su nieta.

Aun así, una mañana despertó debiendo 5 millones de pesos que jamás pidió.

Ese día estaba en su cocina, con la radio encendida, esperando que su nieta le respondiera un mensaje para ayudarla a pedir una hora al médico. Tomó su teléfono y notó que donde siempre aparecía la señal decía “Sin servicio”.

Pensó que era un problema de la antena.

Lo dejó sobre la mesa y siguió tomando té.

Esperó diez minutos. Media hora. Una hora.

El teléfono nunca volvió a funcionar.

Lo que Margarita no sabía era que, al mismo tiempo, en otra región del país, alguien había activado su número telefónico en otro celular.

Desde ese momento, todos los códigos de seguridad, mensajes del banco y alertas dejaron de llegarle a ella.

Le llegaban a los delincuentes.

Recién al día siguiente pudo ir a su compañía telefónica para recuperar su chip.

Cuando su teléfono volvió a encender, no dejó de vibrar.

Entraron todos los mensajes que nunca recibió.

“Crédito aprobado.”

“Transferencia exitosa.”

“Compra autorizada.”

Quince operaciones.

Nombres que no conocía.

Montos que jamás había movido.

Y dinero que ni siquiera tenía.

Margarita se puso los lentes, leyó nuevamente y sintió un frío en el estómago.

No le habían robado el dinero que tenía.

Habían solicitado un crédito de consumo a su nombre, sin verificar correctamente su identidad, y ya habían retirado todo.

Pero lo peor vino después.

En lugar de asumir lo ocurrido, el banco la trató como responsable.

Y, como “solución”, le ofrecieron otro crédito.

Esta vez por 16 millones de pesos.

La ejecutiva incluso le dijo:

“A su edad nadie le dará un crédito por este monto. Úselo para pagar los 5 millones y el resto se lo queda. Lo paga en 48 cuotas.”

Con todos los intereses que eso implicaba.

A una mujer de 80 años le estaban ofreciendo una deuda aún mayor para cubrir un fraude que ella jamás cometió.

Margarita no quería aceptarlo.

No tenía cómo pagar esas cuotas.

Pero la ejecutiva insistía una y otra vez:

“Yo que usted acepto. Si no, va a tener problemas con el otro crédito.”

Y terminó aceptando.

En esa época yo representaba al banco.

Me enteré de ese segundo crédito en plena audiencia de juicio oral, mientras escuchaba a Margarita declarar.

Sentí vergüenza.

Rabia.

Las juezas y el fiscal me miraban esperando una explicación.

Yo no tenía ninguna.

Ese día me marcó para siempre.

Entendí que no podía seguir defendiendo lo indefendible.

Y decidí que ninguna otra Margarita volvería a enfrentar una injusticia como esta sola.

Porque con las pruebas quedó claro lo que siempre fue cierto.

Margarita no pidió ese crédito.

No firmó nada.

No autorizó nada.

Esto no fue un descuido.

Fue un abuso.

Y muchas veces así opera el sistema: asustan a las personas para que acepten deudas que no les corresponden.

Pero esa cultura del miedo tiene un límite.

Hoy estoy del otro lado.

Defendiendo a las víctimas.

Ganando juicios.

Y demostrando que cuando existen pruebas, la historia cambia.

Si a ti o a un familiar les ocurrió algo parecido, recuerda esto:

No fue un simple error.

Es un delito.

Y la justicia no solo debe perseguir al delincuente que robó.

También a quien permitió que todo eso ocurriera.

01/08/2026

Más de 600 millones de pesos es lo que les sacaron, en solo 31 días, a las personas que llegaron a mi estudio jurídico.

No llegaron por ser “confiados”.

Llegó un ingeniero que revisa proyectos todo el día. Una enfermera saliendo de un turno de noche. Una mamá que viajó desde otra región con su hija a Santiago para un tratamiento médico. Un empresario que simplemente iba a pagar el préstamo de una maquinaria.

Ninguno hizo algo fuera de lo común.

Simplemente contestaron un llamado telefónico o perdieron su celular.

Cuando puse todos estos casos uno al lado del otro y los ordené por banco, apareció el mismo patrón una y otra vez.

¿Y quién encabeza este ranking?

Santander.

Uno de cada tres delincuentes prefirió estafar a clientes de este banco.

La escena se repite casi igual.

Suena el teléfono. Del otro lado hay alguien que conoce tu nombre completo, tu RUT, tu número de serie, tu correo electrónico, tu domicilio y hasta tus últimos movimientos bancarios. Información que solo debiese conocer tu banco.

Con mucha seguridad te dice que están intentando vaciar tu cuenta y que, para protegerte, solo debes autorizar con Santander Pass.

Tú aprietas “Autorizar” porque el mensaje dice exactamente lo mismo que te acaba de indicar el supuesto ejecutivo.

Tres minutos después salen 9 millones de pesos, se aprueban créditos, avances y múltiples transacciones seguidas. Operaciones totalmente extrañas para el comportamiento habitual de cualquiera de mis representados.

Después viene Banco de Chile.

Ahí te hacen aprobar un crédito que nunca pediste y desde ese crédito sacan hasta 40 millones de pesos, dejándote completamente endeudado, sin verificar siquiera tu identidad. Todo remoto. Todo sin seguridad. Todo sin controles efectivos.

Después siguen Scotiabank, BCI, Banco Falabella y BancoEstado.

Pero eso no es todo.

Este mes también aparecieron fintechs como Mercado Pago, Global66, MACH y Banco Ripley.

En muchos de esos casos todo comenzó con un celular robado desde una cartera a las dos de la mañana o a la salida del Metro.

Lo más grave es que muchas de esas personas tenían todos sus ahorros en estas billeteras digitales, confiando en la famosa renta diaria.

De un día para otro quedaron en cero.

Personas que solo depositaban dinero para ahorrar, sin retiros previos, aparecen haciendo cambios de clave y múltiples transferencias consecutivas en menos de 40 minutos durante la madrugada.

Y el sistema no detectó absolutamente nada.

En todos estos casos el patrón vuelve a repetirse.

Reclamas.

El banco te culpa.

Te hostiga.

Te amenaza con demandarte si no te desistes del reclamo.

Y muchas veces termina demandándote a ti, afirmando que la culpa fue tuya y que actuaste con negligencia.

Pero quienes estamos en esta cuenta sabemos que, aunque hayas presionado “Autorizar” producto de un engaño, la ley le exige mucho más al banco que pedir una clave.

Le exige monitorear.

Le exige detectar operaciones anómalas.

Le exige frenar una transferencia millonaria a un comercio desconocido a las tres de la mañana.

Le exige bloquear preventivamente cuando existen patrones evidentes de fraude.

Y eso, muchas veces, simplemente no ocurre.

Ese banco que te amenaza creyendo que ya ganó, muchas veces termina perdiendo.

Nosotros ya tenemos cuatro sentencias favorables en esta materia, donde los tribunales han ordenado devolver el dinero defraudado.

No porque hagamos magia.

Sino porque hacemos cumplir la ley.

Los bancos tienen obligaciones.

Y una de las principales es monitorear las transacciones, detectar comportamientos inusuales, identificar patrones de fraude y bloquear preventivamente cuando corresponde.

Este es el ranking de las entidades financieras más elegidas por los delincuentes para estafar a sus clientes durante el mes de julio, elaborado sobre la base de los casos que ingresaron a mi estudio jurídico durante ese período.

30/07/2026

Los delincuentes le robaron $12.500.000 y nunca tocaron su celular.

No se lo robaron. No adivinaron su clave. Tampoco lo engañaron por teléfono.

Benjamín llevaba 10 años siendo cliente de Banco Falabella. Nunca había pedido un crédito de consumo ni un avance en efectivo. Usaba su tarjeta de crédito para compras puntuales, jamás se había atrasado en una cuota y era de esas personas que revisan el saldo antes de comprar cualquier cosa.

Pero todo cambió por algo que miles de personas hacemos todos los días: comprar por internet.

Una mañana su teléfono se quedó sin señal. Pensó que era un problema de la compañía, reinició el celular, pero nada. No era la señal.

Habían portado su número telefónico a otra persona.

Sin llamarlo, sin avisarle y sin verificar correctamente su identidad, alguien obtuvo el control de su línea. Y cuando un delincuente tiene tu número de teléfono, también puede recibir las claves temporales que envían los bancos.

Con esas claves entraron a su cuenta en Banco Falabella y solicitaron dos avances en efectivo: $7.000.000 un día y $7.500.000 al día siguiente.

El dinero fue transferido a una cuenta corriente que los mismos delincuentes abrieron a nombre de Benjamín en Banco Santander, utilizando su número de teléfono y datos personales que probablemente habían sido filtrados.

Mientras todo esto ocurría, un ejecutivo de Banco Falabella estuvo 15 minutos hablando por teléfono con quienes se hacían pasar por Benjamín. En vez de detectar señales de fraude, les ofreció un seguro antifraude, un seguro de vida, un seguro de cesantía e incluso una cuenta corriente.

Cuando el verdadero Benjamín logró comunicarse para bloquear todo, le dijeron que los avances ya no se podían detener.

Eso no era cierto.

Sí existían mecanismos para reaccionar, pero no los utilizaron.

Después, cuando pidió la devolución de su dinero, Banco Falabella rechazó su reclamo, no restituyó un solo peso y terminó demandándolo a él, la propia víctima, atribuyéndole culpa grave.

Y aquí hay algo que muy pocas personas saben.

Yo trabajé durante años defendiendo bancos y conozco cómo funcionan sus sistemas.

El banco tenía registrado que ese día la aplicación se abrió desde un teléfono Android completamente distinto, cuando Benjamín siempre había utilizado un iPhone como cliente.

También tenía registrado que no recibió notificaciones del avance, sino únicamente las claves temporales.

Eran señales de alerta que debieron activar controles y que simplemente fueron ignoradas.

¿La culpa era de Benjamín?

No necesariamente.

Aquí también corresponde preguntarse por la responsabilidad del banco y de la compañía telefónica.

Lo más importante en estos casos es no quedarse solo con la respuesta negativa del banco ni dejarse paralizar por una demanda.

Precisamente en ese juicio podrás defenderte, presentar la prueba y permitir que sea un juez quien determine dónde estuvo realmente la responsabilidad: en el banco, en la compañía telefónica o en el propio cliente.

29/07/2026

A veces te llaman de un banco del que ni siquiera eres cliente. Es tan fácil suplantar una identidad que pueden abrir cuentas en distintos bancos, solicitar créditos y perjudicar a personas con un excelente historial financiero, que tienen acceso a créditos preaprobados con un solo clic.

Lo primero que muchas víctimas sienten es vergüenza. Desde el primer día empiezan a culparlas. Los bancos y otras instituciones les dicen: “¿Cómo fuiste tan confiado? ¿Cómo no te diste cuenta de que era una estafa? ¿Cómo no notaste que cambiaron el chip de tu celular mientras dormías?”.

Las hacen sentir que toda la responsabilidad es de ellas, cuando eso es completamente falso.

Da lo mismo cuál haya sido la dinámica del fraude. Da lo mismo si el cliente ingresó sus claves o si le robaron el celular y por eso accedieron a sus cuentas. Lo realmente importante es todo lo que el banco no hizo para detectar que quien estaba realizando esas operaciones no era su verdadero cliente.

Todos tenemos un patrón de comportamiento financiero. La mayoría de las personas no realiza múltiples compras o transferencias seguidas a las tres de la mañana, hacia distintos bancos o incluso al extranjero. Ese no es un comportamiento habitual.

Entonces, ¿cómo el banco no detecta esas operaciones y no las bloquea preventivamente? ¿Cómo no se comunica con el cliente para confirmar si realmente es él quien está realizando esos movimientos? ¿Cómo no verifica la identidad antes de aprobar un crédito de consumo por 20 millones de pesos? Porque, además, no estamos hablando de montos menores.

Por eso, no creas que la culpa es tuya. La prevención no puede recaer únicamente en el usuario. Las personas somos humanas y podemos ser engañadas. Pero un sistema de ciberseguridad no debería ser fácil de engañar. Para eso existen los controles, el monitoreo y los sistemas de detección de operaciones inusuales.

25/07/2026

Patricia recibió una llamada que parecía venir de Banco de Chile.

La persona al otro lado sabía su nombre, sus últimos movimientos y le dijo que había una compra de $800.000 que debía bloquear.

Le pidió el código que acababa de llegar a su celular.

Patricia lo entregó, convencida de que estaba protegiendo su cuenta.

En realidad, ese código autorizó las transacciones.

En minutos le vaciaron la cuenta.

Al reclamar, el banco respondió lo de siempre:

“Usted entregó sus claves. La responsabilidad es suya.”

Pero hay algo que casi nunca te cuentan.

Esas operaciones rompían por completo el patrón habitual de Patricia. Eran movimientos que los sistemas del banco podían detectar como anómalos.

Y cuando el banco te demanda, no significa que ya perdiste.

Será un tribunal el que determine si realmente hubo culpa tuya o si fallaron los sistemas de seguridad y monitoreo del banco.

No te quedes con la primera respuesta del banco.

Infórmate y defiéndete.

22/07/2026

El fraude bancario es el delito que más ha crecido este año en Chile. Y déjame decirte lo más absurdo de todo.

Son las tres de la mañana. Mientras tú estás durmiendo, desde tu cuenta, esa que nunca ha movido más de $200.000 al día, salen ocho transferencias seguidas, cinco compras mediante link de pago y se aprueba un crédito de consumo por $10.000.000.

Todo eso ocurre en solo 15 minutos.

Y esa misma noche, el sistema del banco lo vio todo.

Vio un patrón completamente distinto a tu comportamiento habitual y, aun así, dejó que las operaciones pasaran.

Acá está lo que el banco no te va a contar.

Los bancos tienen algoritmos y sistemas informáticos diseñados para detectar operaciones anómalas. La tecnología existe y es capaz de bloquear una transacción sospechosa en segundos.

Y no es un favor. Es una obligación.

¿Entonces por qué muchas veces no lo hacen?

Te lo digo porque trabajé desde el otro lado, defendiendo bancos.

Porque bloquear operaciones genera fricción. Molesta a algunos clientes, reduce ventas, disminuye la colocación de créditos y afecta sus indicadores comerciales.

Por eso calibran sus sistemas para dejar pasar más operaciones.

En otras palabras, muchas veces prefieren asumir el riesgo de un fraude antes que poner obstáculos a una compra importante o a un crédito preaprobado para un “buen cliente”.

Pero hay un problema.

La ley exige que esos límites y controles se basen en criterios objetivos de riesgo. Priorizar la venta o facilitar el otorgamiento de créditos no es un criterio de riesgo.

Si un banco configura sus sistemas privilegiando el negocio por sobre la seguridad de sus clientes, ese comportamiento puede estar fuera de lo que exige la normativa.

Así que, si vaciaron tu cuenta y el banco te respondió que todo fue culpa tuya porque “las operaciones fueron autenticadas correctamente”, no aceptes esa explicación sin cuestionarla.

La verdadera pregunta no es qué hiciste tú.

La verdadera pregunta es:

¿Qué hizo el banco con la alerta que su propio sistema detectó y decidió no bloquear?

17/07/2026

Roberto abrió la carta de pie, en la cocina, mientras se preparaba un café. La leyó una vez. La leyó de nuevo. Y tuvo que sentarse.

Debía más de 5 millones de pesos por un crédito que nunca pidió.

Roberto tiene 65 años y le falta muy poco para jubilar. Es de esas personas que, a principios de cada mes, se sienta a cuadrar sus cuentas con un lápiz y un papel. Nunca ha quedado debiendo un peso que no pueda pagar.

Por eso, esa carta del Banco Ripley con una deuda de casi 5 millones de pesos simplemente no tenía sentido.

¿De dónde salió esa deuda?

Dos inviernos atrás, mientras Roberto estaba en su casa viviendo un día completamente normal, alguien que no era él ingresó a su cuenta del Banco Ripley. Una cuenta que no usaba hacía más de 10 años y cuya tarjeta estaba vencida desde 2018, olvidada en un cajón.

Desde esa cuenta “muerta” realizaron tres avances en efectivo y utilizaron prácticamente todo el cupo disponible: casi 5 millones de pesos en minutos.

Nadie en el banco levantó una alerta.

Pero eso no fue lo peor.

Los delincuentes necesitaban un lugar para esconder el dinero. Ese mismo día, suplantando la identidad de Roberto, abrieron una Cuenta Más Lucas en Banco Santander.

Roberto jamás había sido cliente de ese banco. Nunca firmó un contrato, nunca fue a una sucursal y nunca mostró su cédula de identidad.

Aun así, la cuenta fue abierta y por ahí hicieron circular y desaparecer el dinero.

Dos bancos actuaron negligentemente el mismo día.

Roberto denunció, reclamó ante la CMF y también ante el SERNAC.

Y ahí ocurrió algo que parece imposible de creer.

Cuando el banco respondió su reclamo, envió copia de la respuesta a una dirección de correo electrónico falsa, creada por los propios delincuentes utilizando la identidad de Roberto.

Es decir, el banco les avisó a quienes lo estaban estafando que Roberto ya había descubierto el fraude y que estaba reclamando.

Increíble.

Y si creen que eso era lo peor, se equivocan.

Cuando conocí a Roberto, no dormía.

Lo estaban ejecutando judicialmente por un pagaré que él tampoco firmó, por una suma que coincidía exactamente con los casi 5 millones de pesos obtenidos mediante el fraude.

Un hombre con un comportamiento financiero intachable terminó convertido en deudor y demandado.

Quizás pienses que esto solo les pasa a quienes son descuidados.

No es así.

Lo mismo le ocurrió al hijo de Eliodoro Matte. También le suplantaron la identidad, le abrieron la misma cuenta fantasma en el mismo banco para mover dinero producto de una estafa.

La diferencia es que ese caso apareció en todos los medios de comunicación.

Mismo delito. Misma cuenta fantasma. Mismo banco.

Pero distinto final.

Hoy Roberto sigue enfrentando un proceso por una deuda que nunca adquirió y que todos sabemos que es fraudulenta.

Y ahí está la mayor injusticia.

Vigilar tu dinero, detectar operaciones que no calzan con tu comportamiento y detenerlas es deber del banco, no tuyo.

La Ley 20.009 no exige que las personas adivinen cuándo serán víctimas de una estafa.

Cuando un banco no detecta un patrón que grita fraude o abre una cuenta sin verificar correctamente la identidad de quien la solicita, quien debe responder es el banco.

No Roberto.

No la víctima.

No tú.

Hoy estamos defendiéndolo en la ejecución y en todos los juicios necesarios para que los bancos asuman la responsabilidad por la estafa que sufrió su cliente.

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