01/05/2024
El Parricidio
Eran los primeros meses de la llamada “Reforma Procesal Penal” y de algún modo sentíamos que todo lo que estábamos haciendo era nuevo y revolucionario. Éramos jóvenes e ilusos.
Caía una noche fría y lluviosa en Collipulli, la ciudad del amor, allá por julio del año 2001. Pasadas las veintiuna horas recibí un llamado del jefe del Retén Curaco informándome que en la comunidad “Pichi Caillín” habían dado cuenta de un hombre fallecido por arma blanca en circunstancias aún desconocidas, por lo que de inmediato dispuse que mantuvieran aislado el sitio del suceso, mandé a llamar a mis sabuesos de la Bicrim de Angol, a los peritos del Lacrim de Temuco y al Servicio Médico Legal para el levantamiento del cuerpo.
En cosa de una hora y media ya estábamos todos reunidos en la Segunda Comisaría de Carabineros, quienes debían guiarnos y escoltarnos hasta el lugar de los hechos pues si bien la comunidad era en general tranquila, ya habían ocurrido algunos incidentes y ataques armados a la fuerza policial y a vecinos latifundistas de los alrededores, por lo qu fuimos escoltados por el entonces “Piquete de Fuerzas Especiales de Malleco” donde en ese entonces prestaba servicios el hoy mártir de Carabineros, SOM Carlos Cisternas (Q.E.P.D.)
Llegando al lugar, luego de un viaje que en esa época demoraba casi dos horas, llegamos a la comunidad casi cercanos a la medianoche y nos dirigimos hacia una parcela pequeña que contaba con un corral, un galpón y una casa habitación de campo, bien mantenida y tenuemente iluminada.
La lluvia lo envolvía todo y daba el tono lúgubre apropiado a la tragedia que allí se había desencadenado en tanto que un barro rojizo y pegajoso hacía lento y dificultoso mi caminar desde ya temeroso e inocente (sólo tenía 28 años y nunca había estado relacionado con ningún tipo de muerte violenta).
Al ingresar, a mano derecha, refugiados en un techo abierto frente al galpón había un grupo de hombres Mapuche ataviados con sus mantas de lana y sus trarilonkos en la cabeza, entre quienes se encontraban el Lonko de la comunidad, don Francisco, los hombres de la casa, dos hermanos de unos 35 a 40 años y algunos de sus vecinos, quienes estaban apesadumbrados, conversando entre sí, bebiendo moderadamente vino y comiendo asado de cordero.
Más que nada por instinto, me acerqué a ese grupo y me dirigí a hablar con el Lonko, que era el mayor de todos ellos, con quien me presenté, le expliqué a que venía y le pedí autorización para trabajar con mi gente en el lugar, a lo cual éste me agradeció la deferencia y le indicó a todos los presentes, en voz pausada pero potente, que nos dejaran trabajar tranquilos y que colaboraran con nosotros (por fin me había servido todo lo que había leído en mis libros de historia y en los de antropología mapuche que había podido conseguir)
Ya con la autorización del Lonko, mis sabuesos de la Bicrim se comenzaron a desplegar por el lugar, quedándome yo con el grupo liderado por el “Tata”Lamis y el coordinador de BH (en toda Brigada de Investigación Criminal no especializada debía haber un coordinador de homicidios con conocimientos especializados en anatomía forense), más los peritos de Lacrim, para el trabajo de sitio de suceso; con quienes nos dirigimos al interior de la casa habitación, donde se nos dijo que estaba el difunto.
Lo que vi al entrar fue para mi, a lo menos, surrealista. Sobre la mesa del comedor estaba el cadaver de un adulto de unos 60 años, vestido con su manta tradicional y con dos velas encendidas coronando su cabeza y muchas otras velas a su alrededor.
Todo estaba limpio y ordenado y al interior de la cocina estaban las mujeres de la casa cocinando carne y cociendo pan y con ellas un joven de unos catorce años que se notaba muy afectado.
Luego de explicarle a todos lo que teníamos que hacer, el coordinador BH, un detective ayudante y yo, junto a los peritos, nos abocamos al examen externo policial del cadáver, el que hubo que bajar de la mesa y desvestir completamente, en tanto que el Tata Lamis se dedicaba a conversar con las mujeres y el lolo y a comer pan amasado y carne que ellos le convidaban (a mi también me ofrecieron, pero no fui capaz de servirme nada)
El cadaver se encontraba sianótico, con livideces cadavéricas marcadas en su espalda, con heridas contusas y contusiones en el rostro y las manos y, finalmente, con una herida corto punzante de unos seis centímetros a la altura de la boca del estómago, la que se encontraba eviserada (es decir, se asomaba desde ella hacia el exterior parte de las víseras del fallecido).
El cuerpo había sido lavado y vestido y las primeras versiones eran que el hombre, con su mujer, sus dos hijos varones y su nieto habían ido al pueblo ese día para hacer trámites y que al regresar se habían comprado una garrafa de vino blanco que los hombres se vinieron sirviendo por el camino y que ya en casa, siguieron sirviéndose vino. Nos contaron que luego las mujeres y el adolescente se habían ido a sus dormitorios a acostarse y que sintieron unos gritos en el comedor y cuando llegaron al lugar, vieron al dueño de casa tendido en el suelo, quejándose y sangrando profusamente desde el estómago, hasta que unos breves instantes después se puso pálido, sus ojos se nublaron y dejó de quejarse y respirar.
Se notaba que no estaban diciendo toda la verdad y que el muchacho de 14 años estaba particularmente nervioso y apesadumbrado. Ante eso, el astuto Tata Lamis le pidió que le indicara dónde estaba el baño y si le podía acompañar, mientras el coordinador BH, el otro detective y yo seguimos conversando con la viuda y las otras mujeres, entre las que se encontraba la madre del joven.
Simultáneamente, el segundo funcionario más antiguo (el más antiguo era el Tata Lamis) a quien conocíamos como “El Chepo” o “El Profe Sepe”, experimentado y ladino sabueso de la vieja escuela, se había quedado conversando y compartiendo con el Lonko y los varones que le acompañaban y se percató que uno de ellos, que era hijo del finado, estaba bastante más bebido que el resto y que tenía signos de violencia en su cara y manos, por lo que de apoco le fue dando cuerda y más trago hasta que éste le reconoció que él había peleado a golpes con su padre, pero que después él había salido de la casa y que, cuando volvió, lo encontró sobre la mesa del comedor envuelto en su manta, por lo que fue a avisar al Lonko y éste a su vez mandó a avisar a Carabineros del Retén Curaco.
Muy sutilmente el “Chepo” se acercó a mi y me dio esta información y yo le pedí que fuéramos a hablar con “El Tata”, que estaba con nuestro sospechoso.
En ese momento el niño estaba muy complicado y afectado, porque el Tata se lo estaba “llevando de achaque” (vieja expresión policial que indica un interrogatorio intenso y especulativo donde se va usando la información objetiva que se tiene para ir acorralando al sospechoso en sus propias versiones y contradicciones). En ese momento llegamos donde ellos con el “Chepo” quien, para sorpresa mía, le dijo en un tono duro y seco al lolito: “Ya cabro de mi**da!!!, tu tío nos contó todo!!!; nos dijo que tú habías peleado con él y que tu tata los había intentado separar, momento en que de pura rabia tú lo habías apuñalado!!! Así que mejor copera no más para que no estés tantos años preso y que te hagan quizás que cosas en la cana!!!!
Hasta yo quedé helado, porque no era lo que me había dicho a mi momentos antes “El Chepo”; pero al ver la reacción del lolito me di cuenta de lo que estaba haciendo, pues el niño entró en un llanto de desesperación y luego nos dijo entre sollozos que eso no era cierto, que quien había peleado con su tata era su tío Lalo (el hijo menor del difunto que era con quien había conversado “El Chepo”), que la discusión había pasado a mayores y que él Lalo había tomado el cuchillo que se usaba para matar corderos y que se lo había enterrado una sola vez en la guata a su tata y que éste cayó de inmediato al suelo y no se pudo parar más, agonizando hasta morir desangrado.
Nos dijo también que él había intentado evitar todo esto, pero que de un empujón lo habían tirado lejos y que luego su abuela se puso a limpiar todo, tiró la ropa del difunto y la del Lalo, que se había cambiado completo, salvo los zapatos y que le había dicho que el tata ya se había mu**to no más y que no quería perder además a su hijo, que si era descubierto, se iba a podrir en la Cárcel.
Fue entonces cuando todo nos cuadró, entramos nuevamente a la casa donde “El Chepo” le dijo a la viuda que nos llevábamos detenido a su nieto por el homicidio y que ella le debía entregar de inmediato el cuchillo y las ropas del occiso y del nieto, momentos en que ésta rompió en llanto y nos dijo que no no nos lleváramos a su nieto, porque él no tenía nada que ver, que había sido su hijo Lalo quien en una pelea de curados había carneado al viejo con el cuchillo de carnear corderos y que después ella había intentado limpiar todo, para no seguir agrandando la desgracia que había asolado a su familia. Ahí mismo nos entregó el cuchillo (que, como escondite perfecto, había guardado junto a los demás cuchillos de la cocina) y nos llevó al canasto donde había escondido la ropa del difunto y del Lalo, las primeras de las cuales tenían abundante sangre y un orificio coincidente con la herida mortal y las otras con abundante sangre también.
Ante esto y ya con dos testimonios directos que lo inculpaban, confrontamos al Lalo, quien finalmente reconoció su participación en la muerte de su padre. Teníamos un Parricidio y un parricida confeso, pero ahora debíamos encuadrar todo dentro del marco normativo del nuevo sistema procesal penal de garantías, porque de lectura de derechos y otras vainas, Ustedes comprenderán que no hubo mucho tiempo)
Lo primero que hice fue llamar a la Sra. Jueza de Garantía y contarle que tenía un parricidio con testigos presenciales y autor confeso, solicitando la correspondiente orden de detención (en esos días la interpretación de la flagrancia era muy restrictiva), la que me fue concedida sin problemas (por más “garantista” que sea un Juez; un mu**to es un mu**to y alguien tiene que cargarlo).
Luego llevamos al detenido y a todos los testigos hasta el cuartel de la Bicrim en Angol y ahora si, previa lectura de todos sus derechos, les tomamos declaración al detenido, a su hermano, a su madre y a su sobrino, el testigo clave.
El problema es y sigue siendo que los familiares directos tienen derecho a no declarar en contra de sus familiares (hijos, hermanos y tíos) lo que en ese momento salvamos diciéndoles que debían declarar para que no se les imputara complicidad o encubrimiento en el parricidio (lo que era una media verdad, porque el encubrimiento de parientes directos no está penalmente sancionado)
El detenido fue esa misma mañana presentando al Tribunal y se amplió su detención por tres días a la espera de la autopsia y recién a las 15:00 hrs. pude regresar a mi casa, comer algo y dormir, luego de 32 horas de trabajo ininterrumpido (las ventajas de tener 28 años eran evidentes pues no se si hoy, a mis 51 años, podría hacer algo así, más largo que la Teletón)
Finalmente el imputado fue formalizado por parricidio y quedó en prisión preventiva por el tiempo que durara la investigación, que en este caso se le fijó un plazo de tres meses.
Puedo agregar que la ropa del imputado estaba impregnada de sangre de la víctima, tanto por contacto como por salpicadura (pero recuerden que la viuda había metido la ropa de la víctima y del imputado junta y en un mismo canasto), en el guarda mango del cuchillo también encontramos sangre y en los zapatos del detenido encontramos manchas de sangre por goteo y salpicadura, toda la cual, según el ADN, resultó ser del occiso. Esta prueba era relevante pero no se bastaba a sí misma pues un hábil defensor podría encontrar y exponer una explicación razonable para la presencia de dicha sangre en las vestimentas del acusado (como por ejemplo la contaminación por su almacenamiento conjunto o las maniobras de ayuda a la víctima) de manera que nuestra única prueba categórica era la declaración del sobrino adolescente, cuyo compromiso con la verdad y con la justicia eran la clave del caso, en lo cual conté en todo momento con el apoyo y ayuda personal del entonces jefe regional de la Unidad Regional de Atención a Víctimas y Testigos (URAVYT) el abogado don Juan Eduardo Hernández, quien formó un estrecho vínculo del adolescente con nosotros y le acompañó durante todo el proceso, protegiéndolo de las interpelaciones y presiones de algunos familiares que lo responzabilizaban de que su tío Lalo estuviera preso.
Unos meses después llegó el juicio oral correspondiente para el cual me preparé con esmero y sin muchas referencias de apoyo, pues a esa fecha ese era el quinto juicio oral que se hacía en el país.
Grande fue mi sorpresa cuando en la mañana del primer día del juicio en el Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Angol, estaba estacionado a sus afueras el vehículo de la Sra. Fiscal Regional de La Araucanía, mi jefa, doña Esmirna, tan distinguida y elegante como siempre y que había decidido dejarse caer en el juicio sin previo aviso y se instaló en la primera banca del público, detrás mío.
Comenzó el juicio y los alegatos de apertura en el que di un discurso sobre la verdad y la justicia del que hoy me avergonzaría, no por el fondo sino por la forma, y luego nos fuimos a los coscachos con la defensa, cuya sorpresiva teoría del caso (dentro de las reglas del juego eso si) era que, al momento de los hechos la víctima, padre del imputado, estaba absolutamente ebrio y su defendido también (lo que era completamente cierto) y que había sido el occiso quien, en su borrachera, había agredido a su esposa (madre del imputado) con un leño y que él, dentro de su borrachera había reaccionando para defender a su madre con lo primero que encontró a mano, el cuchillo para carnear corderos.
Fue entonces que comenzamos a rendir la prueba de cargo, llamando a declarar a la viuda que en ese instante cambió su declaración y señaló una versión concordante con la teoría del caso de la defensa y cuando la quise contrastar hizo uso de su derecho a no declarar contra su hijo y lo mismo hizo su otro hijo y hermano del acusado.
Mientras yo trataba de encajar el golpe y reordenar mis pruebas, mi jefa se desesperaba y me hablaba a cada rato, ante lo cual, en un momento de mucha tensión le dije en forma bastante agria que me dejara trabajar tranquilo y que yo me hacía responsable (no sé cómo me atreví, porque yo adoraba a mi jefa, pero le temía en igual proporción)
Fue entonces que decidí jugarme el todo o nada y llamé a estrados al nieto adolescente del occiso y sobrino del acusado quién luego del juramento y advertencias de rigor en torno a que no estaba obligado a declarar y tras una pausa que a mi mente y a mis tripas se nos hizo eterna, comenzó a declarar contando toda la verdad, lo que complementado con el resto de la prueba nos llevó a un fallo condenatorio y a mi primera victoria en un Juicio Oral.
Me pasé las siguientes tres semanas pidiéndole disculpas a la Fiscal Regional por haberle contestado de esa forma, hasta que al fin me perdonó y hasta me invitó a pasar a su oficina y tomarme un cafecito, máxima expresión de su aprecio y consideración hacia un subalterno.
Años después me enteré que el condenado cumplió su condena y luego se dedicó con esmero a cuidar a su madre, viuda por su mano; y que el testigo adolescente salió del colegio e ingresó a una institución policial, inspirado en el trabajo que hicimos esa fría y lluviosa noche en los campos de Collipulli.