20/07/2026
Se fue el mundial…
Recordaré este Mundial por una imagen muy personal.
Los últimos diez minutos del alargue los vi de pie, pegado al televisor. Sentía esa emoción contenida que antecede a un grito de gol. Quería que Argentina empatara. Y eso tenía algo de extraño, porque nunca fue la selección de mi preferencia.
Quizá no estaba alentando solamente a un equipo. Estaba alentando al fútbol. Quería que un partido extraordinario encontrara un final a su altura. Y, en silencio, quería regalarme unos minutos más viendo a Lionel Messi en un escenario que difícilmente vuelva a repetirse.
Cuando el árbitro señaló el final comprendí que el recuerdo más intenso que me dejaba el torneo no era la selección campeona levantando la Copa. Era una pregunta que Argentina me había formulado durante toda la competencia.
¿Por qué este equipo solo encontraba su mejor versión cuando el marcador le era adverso?
No fue un episodio aislado. Lo vi una y otra vez. Mientras el partido permanecía abierto, Argentina parecía jugar con el peso del error sobre los hombros. Pero apenas se veía obligada a remontar, algo cambiaba. La pelota circulaba con mayor libertad. Los futbolistas se ofrecían. Los errores desaparecían. Entonces aparecía el equipo que todos esperábamos. Había fútbol
Mientras observaba repetirse esa escena llegué a una conclusión que iba mucho más allá del deporte.
Argentina no jugaba mejor porque estuviera perdiendo. Jugaba mejor porque, al verse obligada a reaccionar, dejaba de tener miedo.
Mientras todavía había algo que conservar, aparecían el cálculo, la prudencia y las vacilaciones. Cuando ya no quedaba nada por proteger, solo quedaba jugar.
Y entonces dejé de mirar únicamente a la cancha.
Me vi a mí mismo.
¿Cuántas veces he esperado a sentir que todo se escapa para mostrar la mejor versión de mí mismo? ¿Cuántas decisiones he disfrazado de prudencia cuando, en realidad, eran miedo? ¿Cuántas veces he defendido una aparente seguridad que no era otra cosa que el temor a perder?
Ese fue el verdadero regalo que me dejó este Mundial. Porque comprendí que el miedo no siempre nos inmoviliza: muchas veces nos convence de que todavía no es el momento.
Mientras esa idea seguía dando vueltas en mi cabeza apareció otra emoción inevitable.
Quizá acababa de presenciar una de las últimas participaciones mundialistas de Lionel Messi.
Nunca me interesó entrar en la discusión sobre quién fue el mejor futbolista de la historia. Es un debate condenado a no resolverse. Lo que sí sé es que tuve el privilegio de ver jugar a uno de esos deportistas excepcionales que aparecen muy de vez en cuando y amplían los límites de lo que creemos posible.
Y comprendí que no era solo Messi quien comenzaba a despedirse. Con este Mundial también se apagaba una época. Cristiano Ronaldo, Neymar y Messi fueron mucho más que tres estrellas. Durante casi dos décadas hicieron que lo extraordinario pareciera habitual. Nos acostumbraron a esperar una obra de arte cada fin de semana. Solo cuando el telón empieza a bajar descubrimos el privilegio que significó haberlos visto jugar.
España levantó la Copa. Así lo recordarán las estadísticas.
Yo recordaré otra cosa.
Recordaré a un equipo que encontró su mejor fútbol cuando dejó de tener miedo.
Recordaré a tres genios que hicieron creer a una generación entera que siempre era posible inventar una jugada más.
Y recordaré que, mientras miraba un partido de fútbol, terminé encontrándome conmigo mismo.
Porque quizá la vida se parezca mucho más a ese partido de lo que imaginamos.
Pasamos demasiado tiempo cuidando un empate que no nos alcanza, cuando tal vez lo único que necesitamos es atrevernos, de una vez, a salir a buscar nuestra victoria.
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