19/07/2026
Gracias, Leo.
A los bendecidos de mi generación lo único que nos queda es la gratitud.
Dominaste todo a la perfección, pero hay algo que nadie domina: el paso del tiempo, que hoy nos avisa que se acerca el final de esta historia de amor irrepetible, única.
Porque, más allá del resultado, algo es innegable: tuvimos la fortuna —la inmensa fortuna— de ser contemporáneos de Lionel Andrés Messi, de Rosario, Argentina.
De poder decir: "Yo lo vi jugar". Lo vi correr persiguiendo la pelota y ver el gol. Hasta que nos hizo naturalizar que, cada vez que tocaba la pelota, algo distinto, algo con un signo de distinción, sucedería. Y así fue siempre.
De haber sentido, generación tras generación, ese orgullo profundo de que el mejor jugador de la historia del fútbol y el más grande atleta de todos los tiempos hable como nosotros, sin perder jamás su esencia, y lleve nuestra bandera en el pecho cada vez que sale a la cancha.
Pero lo que hace único a Leo no es solo el fútbol. Es lo que construyó alrededor. Un grupo humano que se hizo hermano, un vestuario que se transformó en familia, un equipo que nos devolvió las ganas de gritar por la celeste y blanca con lágrimas en los ojos. Messi no solo nos regaló goles: nos regaló identidad, nos regaló unión, nos regaló motivos para abrazar a desconocidos en la calle, reencontrarnos en un abrazo con los afectos de siempre y saldar tantos abrazos pendientes.
Y, por si todo eso fuera poco, nos dejó algo todavía más grande: el ejemplo. El hijo orgulloso y presente, el padre amoroso, el compañero perfecto, que siempre tira para el lado del equipo, siempre piensa en colectivo; el profesional que jamás bajó los brazos, que se cayó y, sin quejarse, volvió a levantarse una y otra vez; el tipo humilde que, después de tocar el cielo, sigue siendo el mismo de Rosario. En una época hambrienta de ídolos y de referentes de verdad, Messi fue —y es— eso tan inverosímil: un héroe que no defrauda. Perdón, un superhéroe.
Hoy, cuando salga a la cancha para disputar quizás su última final con la celeste y blanca, no vamos a estar mirando solamente un partido. Vamos a estar despidiendo, sin poder manejar la ansiedad, una parte de nuestra historia, de la historia de cada uno de nosotros. Porque Messi atraviesa, sin dudas, nuestras vidas. Y hay vacíos que el tiempo no llena. Sí, este será uno de ellos: no habrá otro Messi. Deberemos aprender a vivir el fútbol con el Messi eterno.
Gracias, Diez. Gracias por elegirnos. Pase lo que pase, ya ganamos hace mucho tiempo: el día que naciste argentino.
Gracias, héroe.