25/07/2026
La coparentalidad no consiste en vigilar cómo cría el otro progenitor
Separarse también implica aceptar una realidad incómoda: cuando el hijo está con el otro progenitor, no todo va a suceder exactamente como uno lo haría.
Puede cambiar el horario de la cena, elegir otra ropa, permitir más tiempo de juego, preparar una comida distinta o resolver de otro modo una dificultad cotidiana. Esa diferencia no constituye, por sí sola, una amenaza para el niño.
El problema aparece cuando la responsabilidad parental compartida se transforma en un sistema permanente de vigilancia. Preguntas por cada detalle, exigencia de fotografías, control de horarios, interrogatorios al regreso y cuestionamientos constantes frente a cualquier decisión que no coincida con las reglas del otro hogar.
La coparentalidad no otorga derecho a dirigir ambas casas.
Las decisiones ordinarias corresponden al progenitor que se encuentra cuidando al niño en ese momento, siempre que no comprometan su salud, su seguridad o alguna cuestión verdaderamente relevante.
Pretender una uniformidad absoluta no protege al hijo. Lo coloca entre dos autoridades adultas y puede transmitirle que disfrutar con uno será interpretado como una deslealtad hacia el otro.
Informar no significa pedir permiso para cada acto cotidiano. Coordinar tampoco equivale a someterse al método de crianza ajeno.
Las decisiones importantes deben compartirse. La vida diaria, en cambio, necesita márgenes razonables de autonomía.
Detrás de cierto discurso de preocupación no siempre hay cuidado. A veces hay dificultad para aceptar que el otro progenitor también puede criar sin ser supervisado.
La coparentalidad comienza cuando cada adulto deja de administrar la casa del otro y se concentra en ejercer responsablemente su propio rol.