19/05/2026
La percepción de que “las mujeres tienen más derechos” o que “los hombres están desprotegidos frente a las denuncias por violencia de género” es un fenómeno social y cultural complejo, que viene creciendo en muchos países, incluida Argentina. No surge de una sola causa, sino de la combinación de transformaciones sociales profundas, cambios legales, discursos mediáticos y experiencias subjetivas masculinas.
Hay varios factores que explican esta percepción:
1. Cambio del lugar histórico del varón
Durante siglos, el modelo tradicional masculino ocupó un lugar de autoridad social, económica y simbólica. Cuando aparecen políticas de género, cupos, leyes de protección o debates feministas, muchos hombres viven esos cambios no como una ampliación de derechos para otros, sino como una pérdida propia.
2. Confusión entre igualdad y privilegio
Muchas políticas públicas de género surgieron para corregir desigualdades históricas: femicidios, violencia doméstica, brecha salarial, abuso sexual, tareas de cuidado no remuneradas, etc.
Sin embargo, algunos hombres interpretan esas medidas como “beneficios exclusivos” para mujeres. Por ejemplo: leyes específicas de violencia de género, subsidios, cupos laborales, protocolos institucionales.
Entonces aparece la idea:
“Si hay leyes especiales para ellas, entonces ellas tienen más derechos.”
Pero jurídicamente, la mayoría de estas leyes son mecanismos de protección diferencial frente a una desigualdad estructural, no derechos superiores.
3. Crisis de identidad masculina
Muchos hombres crecieron con mandatos tradicionales: ser proveedores, fuertes,
sexualmente dominantes, emocionalmente contenidos.
Hoy esos modelos están cuestionados, pero no siempre aparecieron nuevos modelos saludables de masculinidad. Entonces algunos hombres sienten: desorientación,
miedo, enojo, pérdida de reconocimiento social.
En ese vacío, ciertos discursos reaccionarios ofrecen una explicación simple:
“El feminismo avanzó demasiado y ahora discrimina a los hombres.”
Eso genera pertenencia emocional y sentido identitario.
4. Experiencias reales de varones en conflictos judiciales
También hay situaciones reales que alimentan esa percepción: hombres que sienten que no fueron escuchados,
medidas cautelares rápidas, dificultades en disputas de cuidado parental, temor a denuncias instrumentales en separaciones conflictivas.
Algunos operadores judiciales trabajan con sesgos automáticos y eso puede generar experiencias de injusticia subjetiva o incluso objetiva. Reconocer esto no implica negar la violencia de género; implica entender que el sistema judicial también puede producir malestar y errores.
5. Redes sociales y algoritmos
Las plataformas digitales potencian contenidos emocionales y polarizados. Videos que dicen: “los hombres ya no tienen derechos”, “todo es violencia de género”, “te pueden denunciar sin pruebas”, circulan muchísimo porque activan miedo, indignación y ansiedad identitaria.
Se forman comunidades masculinas donde esas experiencias se validan mutuamente y se radicalizan.
6. El problema de los extremos discursivos
Algunos sectores feministas muy radicalizados han emitido discursos generalizantes (“todos los hombres son violentos”, “el varón es el problema”), que generan rechazo y defensividad.
A la vez, sectores antifeministas utilizan esos ejemplos extremos para desacreditar todo el campo de derechos de las mujeres.
Entonces se arma una lógica de guerra cultural: hombres vs. mujeres, denunciante vs. denunciado, feminismo vs. masculinidad.
Y en esa polarización se pierde complejidad clínica, social y jurídica.