Estudio Jurídico Integral Carlos Oscar Festa & Asociados

Estudio Jurídico Integral Carlos Oscar Festa & Asociados Abogados:
Estudio Jurídico Integral FEMA
(Sólo del lado de la Víctima)
Carlos Oscar Festa; Maria

23/12/2018

Título: LEY N° 27475 – Educación. Acuerdo de reconocimiento mutuo de títulos, diplomas y grados académicos de educación superior universitaria entre la República Argentina y el Reino de Españ…

01/10/2016

Las fotos desconocidas de una tragedia cordobesa
En 1986, cuatro niños escaparon del colegio religioso Liqueno, en las Altas Cumbres. Seis días después fueron encontrados congelados debajo de la nieve. Imágenes inéditas de una búsqueda desesperada que tuvo en vilo a todo el país. Las muertes revelaron una historia de maltrato.
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Sin descanso. Durante seis días, miles de personas recorrieron a pie, a caballo, en vehículos, cada rincón de la Pampa de Achala buscando a los pequeños. (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
Sin descanso. Durante seis días, miles de personas recorrieron a pie, a caballo, en vehículos, cada rincón de la Pampa de Achala buscando a los pequeños. (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
Frío y piedra. Así se veía en 1986 el colegio fundado en 1929 para recibir a niños de las Altas Cumbres (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
Frío y piedra. Así se veía en 1986 el colegio fundado en 1929 para recibir a niños de las Altas Cumbres (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
Días tensos. El resto de los niños seguía con su rutina en el colegio. (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
Días tensos. El resto de los niños seguía con su rutina en el colegio. (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
Escaladores y sabuesos. Cada mañana partían desde el colegio los equipos de búsqueda para encontrar a los cuatro niños fugados. (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
Escaladores y sabuesos. Cada mañana partían desde el colegio los equipos de búsqueda para encontrar a los cuatro niños fugados. (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
Trabajo. Los alumnos trabajaban todos los días. Acá, las niñas preparan la comida para todas las personas que estaban alojadas en el colegio. (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
Trabajo. Los alumnos trabajaban todos los días. Acá, las niñas preparan la comida para todas las personas que estaban alojadas en el colegio. (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
A la espera. Las compañeras de los niños practicaban bordados (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
A la espera. Las compañeras de los niños practicaban bordados (Gentileza Carlos Alberto Cortez)
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scarreras's picture Por Sergio Carreras2
En los últimos día de septiembre de 1986 el fotógrafo Carlos Alberto Cortez tuvo que cubrir la nota más dolorosa de su vida profesional. El Diario Popular de Buenos Aires, para el que trabajaba, le pidió que, junto a un periodista, subiera a las Altas Cumbres cordobesas para mostrar la historia que tenía en vilo al país entero.

Cuatro niños del colegio religioso Fray José María Liqueno estaban perdidos en la montaña y la pesada nevada que había caído en esos días hacía presagiar lo peor.

Cortez estuvo alojado en el colegio durante los días que duró la búsqueda desesperada de los niños. Conoció a las maestras, la directora, el sacerdote responsable de la escuela, los familiares que subieron hasta la Pampa de Achala persiguiendo una noticia esperanzadora, los alumnos, los baqueanos.

Cuando seis días después de la fuga de los chicos, uno de los grupos de baqueanos encontró sus cuerpos enterrados bajo la nieve, congelados, y comprobó que ni siquiera llevaban puestas medias ni tenían buenos abrigos, comenzó la peor parte de la historia.

Cortez se trasladó hasta Villa Dolores, adonde llevaron los cuerpos de los niños, y también estuvo en el sepelio de uno de ellos.

Visibilizar la historia

La gran mayoría de estas más de 60 fotografías que durante 30 años atesoró Cortez nunca fueron publicadas y permanecieron escondidas de la mirada pública. Hoy ayudan a reconstruir aquella terrible historia y a ponerles rostros a sus prota­gonistas.

En aquellos días rodeados de niebla, nieve y helada, cuando todavía no se sabía qué había pasado con los niños, los alumnos de la escuela hogar continuaban con su rutina, acompañados por las maestras del lugar.

Dos días después de la fuga, recuerda Cortez, regresó el responsable del colegio, fray Eduardo Antonio Giménez y desestimó las primeras acusaciones de algunas familias sobre supuestos maltratos contra los alumnos.

El clima no permitía operar a los helicópteros, y cada mañana salían numerosos grupos dirigidos por policías y baqueanos, para revisar cada recoveco de la Pampa de Achala, subiendo cumbres y bajando quebradas a más de dos mil metros sobre el nivel del mar.

Las imágenes muestran a esas excursiones improvisadas y de­sesperadas por encontrar a los ­niños. Reflejan la montaña nevada en la que sólo se movían algunas ovejas, los llantos de los familiares que se preparaban para lo peor y que, al final, con la más cruel noticia, ingresan a la morgue del hospital para ver los cuerpos de sus niños.

La cámara de Cortez registró también el traslado de los pequeños ataúdes, el velorio silencioso de una de las familias y las caras apenadas de los funcionarios que organizaron la búsqueda.

Las fotos no sólo muestran el desarrollo de la historia que terminó en tragedia, sino que también retratan la pobreza, el frío lacerante, la soledad que acompañaba a los niños en el colegio.

Los cuatro fugados eran de familias del valle de Traslasierra que, como la gran mayoría de los alumnos, habían sido enviados al colegio por motivos de mala conducta o porque sus familias eran demasiado pobres para hacerse cargo de ellos.

Mario Oliva (9 años, de Villa de las Rosas), Luis Peralta (11, de Villa Dolores), Cristian Rodríguez (11, de Santa Rosa del Conlara) y Claudio Gil (9, de San Pedro) se escaparon luego de ser castigados de manera cruel por las maestras del colegio, después de una travesura. Querían volver al calor de sus casas pero acabaron tragados por un océano blanco de nieve.

01/10/2016

01/10/2016 00:01
Cuatro niños mu***os y ningún responsable
En un primer momento, el colegio dijo que los alumnos se habían perdido. Luego se supo que se trató de una fuga. Ni el Estado ni la orden religiosa dieron jamás explicaciones a las familias. Un sobreviviente recuerda aquellos días.
Silencio. El velorio de uno de los niños. La Justicia nunca abrió una investigación de lo sucedido, hasta 2007.
Silencio. El velorio de uno de los niños. La Justicia nunca abrió una investigación de lo sucedido, hasta 2007.
Solos. Varios de los niños mu***os tenían familias desarticuladas y todas eran de muy bajos recursos. Ninguna inició juicio por lo ocurrido.
Solos. Varios de los niños mu***os tenían familias desarticuladas y todas eran de muy bajos recursos. Ninguna inició juicio por lo ocurrido.
Morgue. Los familiares llegan al hospital de Villa Dolores para reconocer los cuerpos de los niños.
Morgue. Los familiares llegan al hospital de Villa Dolores para reconocer los cuerpos de los niños.
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Por Redacción LAVOZ0
Treinta años después estas fotografías de Carlos Alberto Cortez que permanecieron guardadas en su archivo ayudan a reconstruir y a dotar de rostro y contexto histórico a esta tragedia, una de las más tristes ocurridas en la provincia de Córdoba.

Luego del dificultoso operativo de rescate de los cuatro cuerpos congelados de los niños, el fotógrafo siguió el traslado hasta la morgue de Villa Dolores. Vio la llegada de los familiares al hospital regional frente a una escolta de enfermeras y policías, retrató las escenas de dolor y las ceremonias de despedida de los niños.

Claudio Oliva, hermano de Mario, una de las víctimas, hoy es profesor en Villa de las Rosas y en Villa Dolores. “Yo aprendí a no ­vivir de fotos amarillas ni escarbando la memoria para despertar el dolor. Eso –dice– no me sirve y no quiero proyectarlo en mis hijas. Además de Mario, yo y mi hermano Segundo fuimos alumnos del Liqueno. Vivimos cagados de hambre, frío y necesidades, pero no tengo rencor. Lo único que quiero es que algo así no se repita nunca más”.

Quién fue quién
EL SACERDOTE. El franciscano Eduardo Giménez fue acusado por exalumnos de maltratos físicos y abusos. Fue enterrado a metros del colegio.

LA DIRECTORA. Gladys Guzmán estaba a cargo del colegio cuando los niños se fugaron. Defendió a Giménez y negó la existencia de maltratos.

LA JUEZA. Elba Allende era la jueza de Menores de Villa Dolores responsable por más de 20 niños en guarda judicial que asistían al Liqueno.

EL MINISTRO. Jorge Cendoya era el ministro de Gobierno. La administración del gobernador Eduardo Angeloz nunca investigó lo sucedido en el colegio.

EL EXPULSADO. El exalumno Claudio Domínguez contó, 21 años después, el verdadero motivo de la fuga de los niños. Fue expulsado luego de las muertes.

29/07/2016

La angustia de recibirse
29 de Julio de 2016 | 02:28 | Publicado en Edición Impresa

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2 / 2Ingresantes 2016. La mayoría se concentra en las carreras “tradicionales”
Por LUCIANO ROMAN

Después de la lluvia de huevos y de harina, de los bocinazos y la pelada, muchos jóvenes que hoy se reciben de abogados, de psicólogos, de médicos o arquitectos, quedan atrapados en una telaraña de incertidumbre, de temores e inseguridad. Después de aquel festejo por el “logro alcanzado” o “el deber cumplido”, empieza a brotar la angustia de no saber qué hacer.

¿Qué significa hoy recibirse de doctor, de ingeniero o de profesor? Ese mismo título que en el siglo pasado (no hace tanto, hace cuarenta o cincuenta años) aseguraba una plataforma para el desarrollo social, profesional y económico, hoy es una especie de tabla movediza, flotante, en la que muchos no saben si podrán mantenerse a flote. Para la generación que fue a la Universidad en los sesenta o incluso en los tumultuosos años setenta del siglo XX, la Universidad ya era un ancla, y el título una base. Recibirse era llegar a un lugar de certidumbre. Después, a cada uno le podía ir mejor o peor, pero ese título de abogado, de médico, de contador, era un pasaporte a la movilidad social; era, en si mismo, la base para la construcción de una carrera que, con esfuerzo y disciplina, parecía asegurada al menos en el imaginario colectivo. Esas certezas parecen haber desaparecido. Encontrar las razones excede, seguramente, las posibilidades de una aproximación periodística. Pero hay coincidencia en que una combinación de factores económicos, sociales y culturales ha contribuido a devaluar el título universitario tradicional y a generar, en muchos de los que hoy se reciben, esa angustia ante un futuro incierto.

El ejercicio liberal de las profesiones está en crisis. Montar un estudio entre tres o cuatro abogados, contadores o arquitectos recién recibidos -como hacía naturalmente aquella generación que se graduó hasta los años sesenta- parece hoy una aventura de alto riesgo y con muy pocas perspectivas. La carrera profesional en los ámbitos públicos se ha degradado a extremos casi inconcebibles. Para un médico, la carrera hospitalaria; para un ingeniero, la carrera en Vialidad nacional o provincial; para un abogado, en las asesorías letradas; para un contador, el ascenso en la antigua DGI o en la dirección de Rentas -por mencionar sólo algunos ejemplos-, son todas opciones muy devaluadas. En la mayoría de esos ámbitos se ha desdibujado la meritocracia; casi no hay concursos; las remuneraciones son bajas y la politización ha impuesto sus códigos. El sector privado, en muchos rubros, se ha achicado en los últimos cincuenta años. Y en aquellos en los que se ha expandido, demanda recursos humanos hipercalificados, sin alcanzar a absorber la sobreoferta de profesionales que produce la Universidad pública, con completo desinterés por la suerte posterior de sus graduados.

En este contexto, la angustia de un joven recién recibido resulta inevitable. No ve un horizonte claro. Y en muchos casos, cuando miran el modelo de sus padres, no encuentran tampoco un estímulo suficiente. “Mi viejo labura desde los 14 años; se recibió, es contador, trabajó toda su vida, se pudo comprar la casa, se dio algunos gustos, pero ahora se acaba de jubilar y cobra 8.000 pesos por mes”. El testimonio refleja la realidad que observan millones de jóvenes de clase media y que los lleva a preguntarse, una y otra vez, cuál es el camino.

Hoy, ni siquiera está asegurada la posibilidad de que el ejercicio profesional te permita el acceso a una vivienda propia en un horizonte cercano.

La cuestión no pasa sólo por la perspectiva económica. El significado social del título universitario se ha desvalorizado. Hay registros que parecen menores pero que grafican el fenómeno. A casi ningún abogado, odontólogo, contador o ingeniero graduado en la actualidad se le ocurriría colocar una chapa de bronce en la puerta de su casa con el título obtenido. Hace treinta o cuarenta años, colocar esa chapa (uno de los regalos preciados en cada recibida) era una forma de marcar, con orgullo, el escalón al que se había llegado. Las nuevas generaciones no sienten que hayan alcanzado ese escalón. Aquellas chapas de bronce son casi tan viejas y obsoletas como las máquinas de escribir. “Tener chapa”, ahora es otra cosa.

Por supuesto, todo esto forma parte de un país y de un mundo en el que también han desaparecido otras certezas. La inestabilidad del ámbito laboral es, si se quiere, parte de un entramado de inestabilidades que también afectan a las estructuras familiares, a la vida en las ciudades, a los códigos en las escuelas, a los propios vínculos sociales.

Los mismos jóvenes que hoy se reciben de abogados, de profesores de Educación Física o de veterinarios, son los que provienen de una escuela en la que se ha roto la alianza entre los docentes y los padres; son los que viven en una sociedad que, con ventajas y desventajas, está más atravesada por la flexibilidad y la libertad, sin fórmulas preestablecidas ni caminos ya trazados. Son una generación que ha visto sufrir a sus padres y a sus abuelos por la confiscación o la evaporación de sus ahorros. Son, también, una generación acosada por las tentaciones, con mayores posibilidades pero también más desafiada a sostener expectativas muy elevadas. Son, además, hijos de padres culposos, muchas veces desorientados y refractarios a marcar rumbos o fijar pautas. Son una generación en la que los límites han sido confundidos muchas veces con el autoritarismo. Son los jóvenes que no tienen apuro por dejar el hogar paterno, porque -entre varias otras causas- no tienen problemas en dormir allí con sus parejas. Son, fundamentalmente, la generación en la que nada es para toda la vida; al revés de sus padres y sus abuelos, que entraban a un trabajo para “hacer carrera” hasta que se jubilaran; que se casaban para siempre; que echaban raíces en un barrio y tejían lazos de vecindad; que ahorraban para la vejez y no para las próximas vacaciones; que en el mejor de los casos hacían alguna vez “el viaje de su vida”. En aquella generación, hasta las heladeras eran para toda la vida. La actual es, por supuesto, la generación de la inmediatez, de la tecnología, del “todo ya”.

Las facultades no tienen sistematizado un mecanismo de prácticas profesionales; ni siquiera hay programas consistentes de orientación vocacional

¿Antes era mejor? No es una pregunta que admita respuestas simples. Un” sí” o un “no” implicaría, seguramente, un juicio ramplón. Pero las diferencias son profundas. Se ha pasado de un mundo de certezas a uno de incertidumbres. Sin embargo, muchas fórmulas se mantienen invariables, como si las estructuras se resistieran a esa transformación. La Universidad sigue otorgando títulos de abogados, de médicos, de contadores o ingenieros de la misma manera que lo hacía hace sesenta años. Apenas ha maquillado, en el mejor de los casos, algunos planes de estudio. Aquella Universidad que otorgaba a hombres y mujeres una sólida plataforma para proyectarse hacia el futuro, hoy entrega con el título una tabla precaria, frágil y bamboleante para hacer equilibrio en un océano embravecido. De las puertas para adentro de la Universidad, en lo estructural ha cambiado poco y nada. Los indicadores académicos marcan, sí, un descenso preocupante. Se ha pasado, por ejemplo, de niveles de deserción que rondaban el 30 por ciento en los años sesenta a los actuales que superan el 70 por ciento en muchas carreras. El promedio de años de estudio ha crecido de seis a casi nueve en poco más de dos décadas.

De la puerta hacia afuera de la Universidad, el mundo ha sufrido sí una revolución. La Argentina demanda más ingenieros y menos abogados (pero la Universidad produce un ingeniero cada cuatro abogados); la industria tecnológica necesita más licenciados en informática, pero los mejores no se reciben porque priorizan la inserción laboral al título y la Universidad no encuentra cómo retenerlos. Las ciencias duras -que son las que demanda básicamente la industria- sólo alcanzaron, este año, el 13 por ciento del total de ingresantes a la Universidad de La Plata.

Las facultades, por otra parte, no tienen sistematizado un mecanismo de prácticas profesionales; ni siquiera hay programas consistentes de orientación vocacional. Y hay temas de los que la Universidad no habla: cómo se gana hoy la vida un abogado, qué opciones le da el mercado, cómo se ha transformado el ejercicio profesional. En ninguna facultad funciona, por ejemplo, un taller o seminario orientado a facilitar la inserción laboral de sus egresados.

Muchos padres ya no se animan a “influir” en la decisión de sus hijos sobre la carrera que van a seguir, como si esa orientación fuera una especie de “invasión” que contradice el principio de que los chicos deben hacer “lo que quieran”, “lo que les guste”. El punto medio entre aquella imposición anacrónica (“estudié lo que mi viejo quería”) y una suerte de deserción de los padres frente a una de las encrucijadas más difíciles de sus hijos, parece no asomar con demasiada facilidad. Hay otros que se aferran a “certezas” obsoletas, y que aún creen que el título de abogado, de médico o de contador es “más seguro”. La ingeniería genética; la robótica industrial; el diseño de software o de contenidos audiovisuales no están todavía incorporados en el menú de alternativas que se baraja entre padres e hijos a la hora de definir una carrera. Otra vez, la Universidad no parece hacer ningún esfuerzo consistente por “terciar” en esa conversación con una voz autorizada.

El sistema universitario ha abandonado la vanguardia. No maneja, ni siquiera, información y estadísticas rigurosas. ¿Cuántos de sus graduados de la última década trabajan en el sector público y cuántos en el privado? ¿Cuántos lo hacen en forma independiente y cuántos en relación de dependencia? ¿Cuántos se han insertado en el ámbito específico para el que se formaron y cuántos lo hacen en áreas ajenas a la de su profesión? Son preguntas que no tienen ni siquiera respuestas aproximadas.

“Mi viejo labura desde los 14 años; se recibió, es contador, trabajó toda su vida, se pudo comprar la casa, se dio algunos gustos, pero ahora se acaba de jubilar y cobra 8.000 pesos por mes”

Es un tiempo de opciones más diversas y al mismo tiempo de pronósticos más inciertos. Los expertos dicen que los trabajos del futuro todavía no se han creado. Hay industrias enteras desafiadas por transformaciones profundas y con serios interrogantes sobre su viabilidad en los próximos veinte años. Naturalmente, esto convierte a los nuevos graduados universitarios en una generación más insegura y temerosa, en algunos aspectos, a la vez que en otros se muestra más arriesgada y menos atada a rigideces y preconceptos. Allí donde antes había pocas opciones (y por lo tanto mayores certezas) ahora se abren muchas otras alternativas (y por lo tanto crece la incertidumbre).

El sociólogo inglés Richard Sennett (citado por el pedagogo Gustavo Iaies en su libro “Volver a enseñar”) relata un encuentro con el hijo del portero de un edificio al que él había entrevistado veinte años atrás, cuando hacía un trabajo sobre la clase obrera en Inglaterra. Era ingeniero, tal como su padre había soñado.

Sennett resume así el relato del joven: “Mi padre soñó con que yo fuera ingeniero; quería que yo lograra tener un título, que me desarrollara profesionalmente. Pero ahora yo sueño con ser como mi padre… Mi viejo es portero de un edificio. Hace cuarenta años vive en la misma casa, que trata de ampliar y arreglar cada año, con la misma mujer. Vive en un barrio donde todos lo conocen, festejan juntos los cumpleaños y las fiestas; en el trabajo todos confían en él y lo valoran. Le entregaron la medalla de los diez años de trabajo, de los veinte y le darán la de los treinta. Yo me recibí hace ocho años y ya tuve tres trabajos; me fui de Inglaterra, vivo afuera, me separé; mi mujer, en el tercer cambio, no me pudo seguir. Sueño con tener un barrio, vecinos, gente que me conozca, que me salude, que cuando me pase algo venga a preguntarme cómo estoy. La verdad es que estoy solo”.

La historia parece orientada a rescatar valores del pasado: la certidumbre, el reconocimiento, el progreso… Por supuesto, el mismo caso se podría contar de otra manera: El ingeniero pudo conocer el mundo; tuvo experiencias más ricas y diversas; seguramente tendría ahora mayores posibilidades de elección de las que tuvo su padre. El problema es que en Argentina, muchos hijos de porteros de edificios que han llegado a ser profesionales no tienen aseguradas esas posibilidades de elección y quizá ni siquiera puedan vivir en una casa propia que traten de ampliar y arreglar año a año.

Los rasgos de esta nueva generación están condicionados por las transformaciones culturales y tecnológicas, así como por los fracasos de las generaciones anteriores. En los años sesenta, los hijos sabían que iban a vivir mejor que sus padres. Ahora no se sabe. El sacrificio conducía a alguna parte; ahora no necesariamente.

Con nuevos sesgos y rasgos culturales, la de ahora es una generación más flexible, más dispuesta al cambio, quizá más creativa, menos dogmática y prejuiciosa. Es una generación que se pregunta una y otra vez si vale la pena; si está donde quiere estar. Vive en un tiempo en el que todo parece más accesible y en el que los “mandatos” culturales y familiares están en tela de juicio.

Soy abogado (médico, contador, psicólogo, arquitecto…) Me pelaron; me bañaron en huevos y harina y tocamos la bocina. Ahora hay silencio. Y no sé qué hacer. Es la angustia de miles y miles de jóvenes de clase media. El pasado ya fue. El desafío es construir un futuro que abra nuevos caminos. No es tarea de una sola generación.

13%

Es el porcentaje de ingresantes a carreras de las ciencias duras sobre el total de estudiantes que comenzaron este año en la Universidad de La Plata. Casi el 40% se concentra en Derecho, Psicología, Medicina, Periodismo y Arquitectura

28/06/2016

Declaran inconstitucional exigir el pago de multas para renovar el registro
La medida fue considerada recaudatoria y coercitiva

Lo hizo un tribunal de Mar del Plata. Fue en una causa de un habitante de Balcarce a quien le exigieron un "libre de deudas" de infracciones para tramitarle su nueva licencia.

TAGSMar del Plata,Renovación de registro,libre deuda
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El 24 de abril de este año al balcarceño Martín José Jurado le negaron la renovación de su licencia de conducir. Al cargar su DNI, el sistema bloqueaba su trámite: tenía dos multas impagas de 2011 y 2012 y le dijeron que para continuar el trámite debía pagar. No lo hizo y presentó un amparo en la Justicia, que ayer falló sentando un precedente: declaró inconstitucional un inciso de la Ley Provincial de Tránsito que obliga a tener “libre deuda de infracciones de tránsito” para renovar el registro.

La resolución del Tribunal Oral en lo Criminal 1 de Mar del Plata recalca que el Estado en ningún momento recurrió a la vía legal para cobrar las multas y sostiene que se trata de una “extorsión” obligar a pagar de ese modo. “Pretende el pago de multas por la vía extorsiva, ejerciendo coacción con la retención indebida de un documento público”, indica el fallo de los jueces Facundo Gómez Urso, Pablo Viñas y Aldo Carnevale.

Para los magistrados, el inciso tres del artículo 10 de la Ley Provincial de Tránsito es “violatorio de los principios máximos de razonabilidad, legalidad, igualdad y del derecho constitucional de 'transitar libremente”. El fallo ordena a la Municipalidad de Balcarce y a la Dirección Provincial de Políticas de Seguridad Vial que en el término de diez días reanude el trámite que inicio Jurado y permita su continuidad hasta culminarlo sin perjuicio de la deuda que registra a favor del fisco.

El fallo cita una sentencia del año pasado de la Cámara en lo Contencioso Administrativo de Mar del Plata que también falló en contra del "libre deuda" y sostenía que ese requisito “no guarda adecuada relación con el valor seguridad vial que enarbola (porque) el cumplimiento con el pago de las multas por las infracciones cometidas por quien ha obrado con imprudencia en la conducción de un vehículo, no lo torna por sí solo en un juicioso hábil conductor y, mucho menos, garantiza un incremento en la seguridad vial".

Al declarar inconstitucional la exigencia del “libre deuda”, los jueces señalan que su fin, el requisito previo del pago de las multas por infracciones de tránsito, “es recaudatorio coercitivo”.

La Fiscalía del Estado boanerense sostuvo que “lejos de poseer una naturaleza extorsiva, el pago de la multa posee un carácter disuasivo que intenta modificar conductas a través del costo que, para el infractor, dicha conducta genera”

11/06/2016

Un juez pide atender también la violencia familiar contra los hombres
En los fundamentos de una condena a una mujer a 17 años de prisión, Alberto Crucella, dice que es una realidad "que no es atendida". Una historia terrible detrás de la condena a una mujer. Mirá.
Por Redacción Día a Día
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Se dieron a conocer los fundamentos la sentencia de la Cámara 6ª del Crimen de Córdoba que dispuso condenar a 17 años de prisión a una mujer por golpear a sus hijos, apuñalar a su esposo y cometer un abuso sexual gravemente ultrajante contra su hija adolescente, con la finalidad de incriminar a su pareja del ilícito.

En su voto, el camarista penal Alberto Crucella esgrimió que “la terrible violencia sobre la mujeres” puede ocultar otra realidad, mucho menor, pero que también debe ser atendida: el maltrato a los hombres. “El hombre –afirmó el magistrado- es parte de esa familia donde ocurre la violencia doméstica y ésta ya se ha convertido en un problema de salud pública porque tiene efectos destructivos en los niños”.

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El camarista señaló que la psicología mayoritaria parece acordar que el hombre golpeado “siente vergüenza profunda por su debilidad, su imagen masculina disminuida, la figura del ‘macho’ le impide hablar pues ello implica no solo burlas hacia su persona sino que es difícil que la sociedad le crea”.

“No podemos ignorar que esta otra cara de la violencia familiar también existe y debe tratarse. Esta es sin duda la mejor manera de proteger a nuestros niños pues la violencia doméstica, familiar o intra familiar comprende todos los actos violentos producidos en el seno del hogar y que se perpetra contra un miembro de la familia, y acá entra tanto la violencia contra la mujer, contra el hombre y por supuesto el maltrato infantil”, precisó el camarista.

Finalmente, Crucella argumentó: “Los padres -como primera célula social- debemos ayudar al Estado en sus medidas prevencionales contra la violencia y comprender que la Justicia, por muy salomónica que sea, nunca resolverá nuestros conflictos y el de nuestros hijos mejor que nosotros mismos. Ya es hora que los niños dejen de pagar las facturas de los mayores”.

El fallo, además de imponer una pena de prisión a la mujer por los delitos de agresión calificada, lesiones leves calificadas, coacción calificada y coacción, y abuso sexual gravemente ultrajante calificado por el vínculo, también ordena al Servicio Penitenciario de Córdoba que someta a la condenada a un tratamiento psicológico y psiquiatrico acorde a la problemática que presenta e informe bimestralmente al tribunal interviniente sobre su evolución.

Además del juez Crucella, la Cámara 6ª del Crimen estuvo integrada por los vocales Julio Guerrero Marín y Daniel Ottonello.

09/06/2016

Daños y Perjuicios. Accidente de Tránsito. Elevación del monto indemnizatorio por los daños sufridos.
Posted on 8 junio, 2016 por admin

La Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil elevó el monto indemnizatorio por los daños sufridos por los actores tras ser embestidos mientras estos se encontraban detenidos sobre el carril rápido de la autovía. A tales efectos señaló que a los fines de graduar la cuantía, debe apreciarse un cúmulo de circunstancias, entre las cuales, si bien asume relevancia lo que la incapacidad impide o impedirá percibir durante el lapso de vida útil de la víctima, también es preciso meritar la disminución de las posibilidades, su edad, cultura, estado físico, s**o y profesión; es decir, que el aspecto laboral es sólo un ingrediente a computar, pues el daño también se trasunta en la totalidad de la vida de relación de aquélla. En relación al daño moral, hizo hincapié en la situación puntual de una de las demandantes, ya que sin perjuicio de haber logrado mejorar con cirugía plástica posterior las cicatrices que en su rostro dejó el accidente sufrido, tal circunstancia no deja de incidir con repercusiones de todo tipo sobre una persona de 33 años de edad al momento del accidente, de s**o femenino, y que ha visto afectada inequívocamente su imagen exterior por el hecho ya analizado.

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