29/08/2026
El precio de la necesidad.
Por Daniel Kiper.
Quedan diez días, la heladera vacía no entiende de estadísticas y los chicos con hambre tampoco. Es una escena que se repite cada vez con mayor frecuencia en la Argentina: una familia llega al día veinte y descubre que el sueldo terminó antes que la comida. Todavía faltan los remedios, el alquiler, alguna cuenta que venció ayer y otra que vencerá mañana. Entonces aparece la tarjeta; después, el préstamo y, no pocas veces, otro préstamo destinado a pagar el anterior.
No hace falta ser economista para advertir que algo se ha desordenado cuando el dinero que debía completar el salario termina devorando una parte creciente del salario siguiente.
Durante siglos la usura tuvo mala literatura y una iconografía reconocible. Imaginábamos al prestamista detrás de un escritorio, inclinado sobre un libro de cuentas, dispuesto a aprovechar la desgracia del hombre que golpeaba su puerta. Esa imagen pertenece, en buena medida, a otro tiempo. A la usura contemporánea puede bastarle un algoritmo.
Los sistemas de evaluación crediticia procesan ingresos, consumos, atrasos, antecedentes y cientos o miles de variables que el solicitante probablemente desconoce. De esa biografía convertida en números surge una calificación y, de la calificación, una tasa. La máquina contribuye a decidir quién recibe el dinero, cuánto puede recibir y, finalmente, cuánto deberá pagar por él.
Las entidades dirán que esa diferencia responde al riesgo crediticio, y sería absurdo negar que prestar a quien presenta una mayor probabilidad de incumplimiento puede justificar un costo mayor. El dinero tiene un precio y el riesgo también. Pero reconocer esa realidad no equivale a aceptar que el riesgo pueda convertirse en una licencia para cobrar cualquier precio.
Porque detrás de la expresión “mayor riesgo”, tan neutra y prolija en una planilla, suele existir una historia bastante menos abstracta: una persona que necesita el dinero con urgencia, que dispone de pocas alternativas y que, precisamente por eso, tiene menos posibilidades de rechazar las condiciones que le ofrecen.
Allí aparece una de las paradojas más crueles del crédito. Quien menos necesita el dinero suele conseguirlo más barato: tiene ingresos estables, patrimonio, antecedentes satisfactorios y, sobre todo, posee un privilegio que ningún scoring pondera suficientemente: puede esperar. Puede comparar, cerrar la aplicación, levantarse de la mesa o decir que no.
Quien necesita financiar el supermercado porque el sueldo terminó antes que el mes carece muchas veces de esa posibilidad. No está pensando en una inversión, en un viaje ni en cambiar el televisor. Está pensando en la comida del día siguiente. Sus circunstancias lo convierten en un deudor de mayor riesgo y, precisamente por eso, la tasa sube.
El riesgo explica una diferencia. No justifica cualquier diferencia.
Nuestro derecho conoce desde mucho antes de la aparición de las computadoras el peligro de obtener una ventaja patrimonial evidentemente desproporcionada aprovechándose de la necesidad, la debilidad o la inexperiencia de otra persona. La tecnología no modifica ese principio. Lo novedoso —y acaso lo inquietante— es que hoy un sistema automatizado puede identificar con extraordinaria precisión circunstancias reveladoras de la fragilidad económica de alguien y que esa misma información termine siendo utilizada para encarecer el dinero que necesita.
En ese punto, el algoritmo deja de limitarse a medir el riesgo. Empieza a ponerle precio a la necesidad.
El mecanismo se vuelve entonces perversamente circular. Cuanto más urgente es conseguir el dinero, más caro puede resultar obtenerlo; cuanto más caro resulta, más difícil será devolverlo; esa dificultad deteriorará el perfil del deudor y el próximo crédito, si llega, probablemente será todavía más caro. Lo que comenzó como una solución para llegar a fin de mes puede convertirse, unos meses después, en un callejón sin salida.
La vulnerabilidad termina pagando una tasa más alta.
Frente a esto suele invocarse la libertad contractual y se responde que el deudor aceptó las condiciones. La afirmación parece suficiente hasta que uno se pregunta qué significa verdaderamente aceptar.
La libertad contractual es algo más que un dedo presionando una pantalla. Requiere, al menos, una posibilidad razonable de decir que no. Resulta difícil encontrarla cuando la alternativa es financiar los alimentos o no comprarlos, adquirir un medicamento o postergarlo, pagar el alquiler o empezar a deberlo.
El botón dice “Aceptar”. El contrato queda celebrado. La computadora registra la fecha, la hora y hasta el segundo con una precisión admirable. Pero ninguna de esas certezas tecnológicas responde la pregunta esencial: cuánta libertad había detrás de ese dedo.
Los bancos y las empresas financieras tienen derecho a recuperar el dinero prestado, cubrir razonablemente el riesgo y obtener una ganancia. Nadie seriamente puede discutirlo. Lo que no tienen es un derecho ilimitado sobre la necesidad ajena.
Por eso la Argentina necesita establecer un límite legal claro al costo del crédito al consumo. Un límite suficientemente razonable para reconocer el costo del dinero y el riesgo de quien presta, pero suficientemente firme para impedir que la urgencia económica del consumidor se transforme en una oportunidad de rentabilidad desproporcionada.
Ese límite deberá abarcar la operación económica completa. Sería ingenuo limitar el interés si mañana el excedente reaparece bajo otro nombre: comisión, gasto administrativo, seguro, mantenimiento, servicio tecnológico o algún nuevo ítem financiero que la imaginación del mercado todavía no inventó. Las palabras pueden cambiar; el dinero que sale del bolsillo del deudor sigue siendo el mismo.
También tendremos que discutir la transparencia de los algoritmos. Nadie propone revelar códigos fuente ni secretos comerciales. Se trata de algo mucho más elemental: si dos personas reciben precios sustancialmente diferentes por el mismo dinero, quien paga más debería conocer las razones esenciales de esa diferencia, saber qué información fue utilizada y disponer de un camino para corregir datos falsos o cuestionar una decisión automatizada injustificada.
Hemos concedido a esas máquinas facultades extraordinarias: observan, clasifican, comparan, predicen y finalmente ponen un precio. El consumidor, en cambio, suele conocer apenas el resultado. No parece demasiado pedir que también pueda conocer las razones.
Cuando una persona deja de pagar podemos atribuirlo a una mala decisión, a la imprudencia o al infortunio. Cuando son millones los que encuentran dificultades al mismo tiempo, explicar el fenómeno como la suma de millones de irresponsabilidades individuales empieza a parecer algo más que una explicación demasiado cómoda: una forma de indiferencia frente al problema.
Tal vez convenga mirar también del otro lado del mostrador. Preguntarnos cuánto ganan esas personas, por qué se endeudan, para qué utilizan el dinero, quién les presta y cuánto les cobra. Preguntarnos, sobre todo, qué clase de sociedad estamos construyendo cuando el crédito deja de financiar proyectos y empieza a financiar la supervivencia cotidiana.
Porque el crédito debería permitir anticipar el futuro: comprar una vivienda, estudiar, emprender, invertir o atravesar una dificultad pasajera. Cuando una familia necesita utilizarlo regularmente para comprar la comida del presente, algo esencial ha cambiado. El crédito ya no complementa el ingreso: empieza a reemplazarlo.
Y cuando esa necesidad es detectada por una máquina, transformada en una categoría de riesgo y devuelta al consumidor bajo la forma de una tasa desproporcionada, la vieja usura habrá encontrado una de sus formas más sofisticadas.
Hemos construido algoritmos capaces de procesar en segundos una cantidad de información que ningún prestamista de otros tiempos habría podido reunir en toda una vida. El progreso es extraordinario. Sería una ironía amarga que utilizáramos semejante inteligencia para perfeccionar una práctica que la humanidad conoce desde hace siglos.
La pantalla es nueva. El algoritmo también. La necesidad es antigua. Y cuando alguien descubre cuánto necesitamos algo para calcular cuánto puede cobrarnos por ello, quizá la tecnología sólo haya cambiado la apariencia de un viejo negocio.
Antes, la usura necesitaba conocer la desesperación del hombre que golpeaba a su puerta.
Ahora la conoce antes de que llegue. Y le pone precio.