05/10/2026
¿Qué querés que quede en pie cuando el conflicto termine?
Hay una pregunta que aparece con mucha frecuencia cuando alguien llega a ver a un abogado en medio de un conflicto:
“¿Qué puedo hacer?”
Es una pregunta lógica.
Quien consulta quiere saber cuáles son sus derechos, qué puede reclamar, qué posibilidades tiene, cuánto puede demorarse un proceso y, en muchos casos, si puede ganar.
Contestar esos interrogantes forma parte de nuestro trabajo.
Sin embargo, después de muchos años de ejercicio en el Derecho de Familia, aprendí que hay otra pregunta para formular antes de decidir una estrategia:
¿Qué querés que quede en pie cuando esto termine?
No siempre es fácil contestarla.
Porque cuando una persona llega a una consulta está mirando, naturalmente, aquello que ocurrió.
El hermano que ocupa una casa heredada y no quiere vender.
La ex pareja que tomó una decisión unilateral sobre un bien.
El familiar que dejó de hablar.
La discusión que lleva meses.
El dinero que no aparece.
La sensación de que el otro está obteniendo algo que no corresponde.
En ese momento, la mirada está puesta sobre el conflicto.
Y una parte importante del trabajo jurídico consiste justamente en entender qué derechos están involucrados y qué herramientas existen para protegerlos.
Pero el Derecho nos dice qué podemos hacer.
La estrategia exige decidir qué conviene hacer.
Y las dos cosas no siempre son idénticas.
Hay situaciones en las que litigar es inevitable.
Hay derechos que necesitan una decisión judicial, conductas que requieren una medida urgente y negociaciones que simplemente no tienen condiciones para prosperar.
Negociar no significa ceder.
Mucho menos renunciar a un derecho.
Tampoco creo en la idea romántica de que cualquier conflicto puede resolverse sentando a las personas alrededor de una mesa y pidiéndoles buena voluntad.
A veces eso no existe.
Precisamente por eso negociar es una tarea profesional.
Implica conocer muy bien el Derecho para saber cuál es la posición de partida, cuáles son los límites, qué alternativas existen si no hay acuerdo y qué riesgos tiene cada escenario.
Pero también exige algo más.
Entender qué está verdaderamente en juego.
Porque muchas veces aquello que las personas dicen querer al comienzo del conflicto no coincide exactamente con aquello que necesitan resolver.
Alguien puede decir:
“Quiero vender esa casa ya”.
Y detrás puede haber una necesidad económica concreta, el cansancio de afrontar gastos solo o veinte años de discusiones familiares acumuladas alrededor de ese inmueble.
Otro puede decir:
“Yo de acá no me voy”.
Y quizá detrás haya una imposibilidad económica de mudarse, un vínculo emocional muy fuerte con la vivienda familiar o la convicción de que durante años hizo aportes que nadie está reconociendo.
Un heredero puede repetir:
“A mí no me metan”.
Pero no participar también produce consecuencias.
Tres personas pueden ser titulares de derechos sobre el mismo bien y, sin embargo, estar viviendo tres conflictos completamente distintos.
Es justamente ahí donde empieza el trabajo que distingue a un profesional con experiencia.
No alcanza con saber qué porcentaje corresponde a cada uno.
Hay que comprender qué quiere cada persona, qué puede obtener jurídicamente, qué alternativas existen, cuánto cuesta cada una —en dinero, en tiempo y también en deterioro del conflicto— y cuál puede ser una solución suficientemente sólida para sostenerse después.
Esto último resulta especialmente importante.
Un acuerdo no es bueno simplemente porque evita un juicio.
Un buen acuerdo tiene que poder cumplirse.
Tiene que prever qué ocurrirá después.
Tiene que establecer obligaciones claras.
Tiene que ser jurídicamente sólido.
Y, sobre todo, tiene que resolver suficientemente el problema que llevó a esas personas hasta allí.
Porque también podemos conseguir una solución formal y dejar intacto —o incluso agravado— el conflicto que la originó.
En temas de familia y sucesiones trabajamos con personas que van a seguir siendo padres aunque se divorcien; hermanos que seguirán vinculados por otros bienes aunque logren vender uno; familias que comparten una empresa; decisiones que van a repercutir durante años.
Por eso me interesa tanto pensar qué queremos que quede en pie.
Quizá haya una relación que vale la pena preservar.
Quizá no.
Quizá lo importante sea conservar un patrimonio.
Cerrar definitivamente un vínculo.
Garantizar previsibilidad.
Proteger a un hijo.
Obtener liquidez.
Evitar que una disputa sobre un bien termine extendiéndose al resto de una familia.
O simplemente ponerle un final jurídicamente ordenado a algo que hace demasiado tiempo está abierto.
No existe una única respuesta.
Por eso tampoco debería existir una única estrategia.
En Abogar es pacificar escribí mucho sobre la necesidad de dejar de pensar conflicto y litigio como si fueran exactamente la misma cosa.
Sigo creyendo en esa idea.
Probablemente hoy la formularía incluso con más precisión.
Litigar es una de las herramientas que tenemos para intervenir en un conflicto. Negociar es otra.
La tarea profesional consiste en saber cuál utilizar, cuándo utilizarla y para qué.
A veces habrá que presentar una demanda.
Otras habrá que negociar antes.
En algunos casos convendrá abrir ambos caminos y evaluar cómo evoluciona la situación.
La experiencia no está en tener una respuesta automática.
Está en poder leer el conflicto, conocer las herramientas jurídicas disponibles y construir una estrategia que tenga sentido para esa persona concreta.
Por eso, antes de preguntarme solamente cómo ganar, cada vez me interesa más hacer otra pregunta:
Cuando todo esto termine, ¿qué necesitás que siga en pie?
La respuesta suele decir mucho sobre el camino que conviene tomar.
Fer Leiva
Abogada | Derecho de Familia y Sucesiones