30/08/2026
EL PILOTO
No recuerdo la fecha. Recuerdo, en cambio, la carretera.
Era una tarde de hace algunos años. Conducía a una velocidad cercana a los cien kilómetros por hora cuando vi un ave en medio de la vía. No llevaba demasiado tiempo al volante y, mientras la distancia se acortaba, comencé a sentir esa inseguridad que aparece cuando uno todavía no sabe interpretar del todo lo que tiene delante. El ave permanecía allí. Yo observaba la carretera, miraba el velocímetro y pensaba en el freno. ¿Había visto el automóvil? ¿Reaccionaría a tiempo? ¿Y si esta vez no volaba?
Finalmente, abrió las alas, abandonó la carretera y yo continué conduciendo.
La escena duró apenas unos segundos. En aquel momento no encontré en ella ninguna revelación especial. Fue solo una de esas experiencias que parecen terminar cuando desaparecen de nuestra vista, pero que, por alguna razón, permanecen guardadas en algún lugar de la memoria. A veces los recuerdos esperan hasta que la vida nos concede una perspectiva distinta desde la cual comprenderlos.
Transcurría el año 2021 cuando obtuve la oportunidad —y, con ella, la responsabilidad— de tomar el primer caso que marcaría el inicio de este recorrido al frente de la firma legal. No contaba con la experiencia que hoy considero necesaria para liderar una organización, pero acepté el desafío. Había cosas que solo podía aprender en el camino, cuando las decisiones dejaban de ser hipotéticas y comenzaban a producir consecuencias reales.
Desde entonces, liderar la firma se ha convertido también en un ejercicio constante de introspección. Reviso mis decisiones, cuestiono mis criterios y observo, quizá con cierta obsesión, la manera en que desempeño mi rol. No espero alcanzar una versión definitiva del liderazgo. Me importa, más bien, que exista coherencia entre lo que soy capaz de comprender y la sensibilidad humana con la que decido; procuro que el criterio y la humanidad no avancen por carriles distintos.
Esa búsqueda adquiere una dimensión especial cuando pienso en las personas cuyo trabajo debo conducir. Algunos de los abogados que integran la firma poseen, en determinados aspectos del ejercicio profesional, más experiencia que yo. Otros están dando sus primeros pasos en el litigio. También forma parte del equipo quien, desde la asistencia legal, acompaña y sostiene la gestión cotidiana de nuestro trabajo. Cada uno ocupa un lugar distinto, posee capacidades diferentes y enfrenta desafíos que no siempre pueden medirse con la misma regla.
Como líder, debo responder por el trabajo que se realiza bajo el nombre de la firma. Esa responsabilidad alcanza las decisiones de quienes tienen mayor experiencia, el proceso de quienes recién comienzan, la labor de quienes brindan soporte y, finalmente, el compromiso que todos hemos asumido con nuestros clientes. Cada actuación recorre un círculo más amplio: afecta a quien la ejecuta, al equipo que la acompaña, a la firma que la respalda y a la persona que nos confió la defensa de sus intereses.
Fue al pensar en ese círculo de responsabilidad, jerarquía y bienestar común cuando aquella tarde regresó a mi memoria. Intentaba comprender qué significa liderar personas con distintos niveles de experiencia sin sustituir su criterio, y cómo confiar en sus capacidades sin olvidar que las consecuencias de nuestro trabajo nunca recaen únicamente sobre nosotros.
Entonces volví a ver el ave, pero esta vez la contemplé de otra manera.
Nunca representó para mí un problema, una crisis o una dificultad atravesada en el camino. Vi en ella a cada persona del equipo frente al momento en que debe desplegar aquello que lleva consigo. Y reconocí en la inseguridad de aquel piloto una pregunta que también puede acompañar a quien dirige: ¿conozco suficientemente sus capacidades para confiar en que responderá cuando llegue el momento?
Durante mucho tiempo pensé que una parte esencial del liderazgo consistía en conseguir que el equipo confiara en quien llevaba el volante: que creyera en sus decisiones, reconociera su dirección y permaneciera a su lado cuando el camino se volviera incierto. Los años me hicieron descubrir la otra mitad del vínculo: cuánto confío yo en las personas que avanzan conmigo, especialmente cuando debo responder por los resultados de sus decisiones.
Esa responsabilidad puede convertirse fácilmente en una razón para intervenir en todo. Cuando el nombre de la firma, el bienestar del equipo y los intereses de un cliente están comprometidos, siempre encontraremos motivos para revisar una vez más, anticiparnos al error o colocar nuevamente las manos sobre el volante. He tenido que comprender que algunas intervenciones, aun cuando nacen de la responsabilidad, pueden impedir que alguien encuentre su propia respuesta.
El criterio necesita espacio para formarse. Se desarrolla cuando una persona puede decidir, acertar, equivocarse alguna vez y regresar con una solución que quizá yo no había imaginado. Si corrijo antes de que exista el error o intervengo antes de que alguien tenga la oportunidad de resolver, termino comunicando algo que nunca quise decir: que no confío realmente en las capacidades que afirmo reconocer.
Entonces el equipo aprende a esperar. No porque haya perdido sus alas, sino porque supone que el piloto siempre frenará por él.
Confiar tampoco significa desentenderme. El piloto experimentado observa la carretera, conoce la distancia y permanece preparado para reaccionar si algo cambia. La experiencia no le concede certeza absoluta ni lo vuelve indiferente al riesgo; le permite reconocer cuándo debe intervenir y cuándo su presencia necesita adoptar una forma más silenciosa.
Esa distinción continúa siendo uno de mis mayores aprendizajes. Estar presente no es estar encima. Acompañar no exige sustituir. Y formar a una persona no consiste en conseguir que dependa indefinidamente de mi criterio, sino en ayudarla a desarrollar el suyo.
También he comprendido que liderar no significa saber más que todas las personas a quienes se dirige. Algunas tendrán mayor experiencia, otras advertirán aspectos que yo no pude ver y algunas encontrarán soluciones mejores que la mía. No necesito disminuir esas capacidades para justificar mi posición. Mi responsabilidad es reconocerlas, comprender sus límites y procurar que puedan ponerse al servicio del propósito que compartimos.
Quizá por eso aquella escena tiene hoy un significado que no podía tener cuando ocurrió. En la carretera yo era un piloto con poca experiencia, inseguro frente a la reacción del ave. En 2021 también comenzaba un recorrido para el cual aún no tenía todas las respuestas. Tomé aquel primer caso y aprendí mientras avanzaba. En cierta manera, antes de aprender a confiar en las alas de otros, tuve que descubrir las mías.
Ahora mi responsabilidad es diferente. Debo continuar aprendiendo, pero también conocer a quienes integran el equipo: comprender sus capacidades, advertir sus límites, acompañar su desarrollo y confiar en que podrán responder a la altura del compromiso que compartimos. No porque sean infalibles ni porque el riesgo haya desaparecido, sino porque la confianza solo adquiere sentido cuando está acompañada de conocimiento, criterio y responsabilidad.
Hoy recuerdo nuevamente aquella carretera. Veo el ave inmóvil, el velocímetro cerca de los cien kilómetros por hora y a aquel piloto inexperto preguntándose si debía frenar. También veo el instante en que las alas se abrieron y aquello que parecía exigir mi intervención encontró por sí mismo una respuesta.
El ave no voló porque yo continuara avanzando. Tampoco fui yo quien le dio sus alas; siempre le pertenecieron. Mi responsabilidad era aprender a reconocerlas.
Tal vez eso sea liderar: responder por el rumbo sin pretender realizar el vuelo de los demás; saber cuándo intervenir y cuándo permitir que cada persona despliegue aquello que ha venido formando; comprender, finalmente, que el bienestar común no depende únicamente de quien lleva el volante, sino de la confianza con la que todos aprendemos a recorrer el camino.
No recuerdo la fecha de aquella tarde, pero puedo reconocer el momento en que su significado alcanzó mi propia carretera. Desde entonces, cuando debo decidir entre intervenir y confiar, regreso a ese lugar en el que las manos permanecen sobre el volante y, aun así, dejan espacio para que las alas se abran.
Porque ahora el piloto sabe que el ave vuela.