03/01/2026
Hoy quiero hablar de algo importante y profundamente preocupante.
Durante la madrugada, Estados Unidos, bajo decisiones directas de Donald Trump, realizó acciones militares en Venezuela. Más allá de ideologías, simpatías políticas o del rechazo que muchas personas tienen hacia el gobierno venezolano, hay algo que no se puede ignorar: el derecho internacional existe para poner límites al poder, incluso al de los países más fuertes.
Cuando un Estado interviene militarmente en otro, captura a su gobernante, anuncia que “dirigirá” el país o pretende decidir cómo y por quién será gobernado, no estamos hablando de democracia, estamos hablando de imposición.
Y esto no es solo una opinión política.
Estas acciones violan principios básicos del derecho internacional, entre ellos:
– La soberanía de los Estados, que significa que cada país tiene derecho a decidir su propio destino sin intervención extranjera.
– La prohibición del uso de la fuerza, que impide a un país atacar militarmente a otro si no existe una causa internacionalmente aceptada.
– El derecho de los pueblos a la autodeterminación, es decir, que solo la población de un país puede decidir quién lo gobierna y qué sistema político quiere.
– El principio de no intervención, que busca evitar que las potencias utilicen su poder militar, económico o político para controlar a otros países.
Nada de esto desaparece solo porque un gobierno sea autoritario, dictatorial o corrupto.
Que Venezuela tenga un régimen cuestionable no le da a Trump ni a ningún presidente extranjero la facultad de decidir quién debe gobernarla o de asumir el control del país. Esto no es nuevo.
La historia ya nos mostró escenarios similares, como la invasión de Panamá en 1989, y hoy seguimos viendo conflictos prolongados y devastadores como el de Palestina, donde se justifican ataques bajo discursos de “seguridad” o “lucha contra el terrorismo”, mientras las consecuencias reales las pagan siempre los civiles.
Incluso el propio Trump ha utilizado el discurso del “combate al terrorismo” para justificar acciones militares, pero la realidad es que las guerras continúan, los conflictos se agravan y los pueblos siguen sufriendo.
Por eso es tan importante conocer la historia y el derecho internacional.
Porque cuando normalizamos que un país poderoso decida quién gobierna a otro, abrimos la puerta a que mañana cualquiera pueda ser el siguiente.
Como dijo George Santayana:
“Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla.”
Informarse no es defender dictaduras ni atacar países.
Es entender que ninguna nación debería tener el poder de decidir el destino de otra, y que el respeto a las reglas internacionales existe precisamente para evitar que el mundo se rija por la ley del más fuerte.