19/05/2026
Cada vez que el gobierno de Pedro Sánchez hace algo que no nos gusta, y hay cosas que no gustan y con razón, aparece inevitablemente el comentario: "esto se está pareciendo a Venezuela". Entiendo de dónde viene ese reflejo, porque yo también lo tengo, porque yo también salí de Venezuela y llevo años con el radar calibrado para detectar cualquier señal de lo que viene cuando el poder se concentra demasiado en una sola mano. Pero hay una diferencia fundamental entre un gobierno de izquierdas que desearía con toda su alma perpetuarse en el poder y no puede, porque tiene contrapesos reales internos y externos que se lo impiden, y el sistema que se instaló en Venezuela, que consiguió instituciones muy débiles y se las tragó una por una, anuló los poquísimos contrapesos que había y convirtió un país entero en patrimonio personal de un caudillo. Confundir las dos cosas no es solo un error de análisis. Es una frivolidad que banaliza una de las mayores tragedias políticas que ha vivido Hispanoamérica en el siglo XXI.
Pedro Sánchez no es un militar golpista. No bombardeó el Palacio de gobierno ni llegó al poder liderando una insurrección armada. Es un político civil, miembro del partido socialista más antiguo de España, que accedió al gobierno a través de una moción de censura, un mecanismo perfectamente constitucional que existe precisamente para que el parlamento pueda retirar su confianza a un ejecutivo. Opera en un sistema parlamentario donde el presidente no tiene poder absoluto sino que depende cada día del apoyo de un congreso extraordinariamente fragmentado, con socios que son simultáneamente aliados y adversarios y que le recuerdan permanentemente que su continuidad no está en sus manos sino en las de otros. En Venezuela, la palabra de Chávez era ley. Lo que él decidía ocurría, estuviera dentro o fuera de la Constitución, porque la Constitución también la había redactado él a su medida. Eso no tiene equivalente en España. Ni de lejos.
Los contrapesos que existen en España serían irreconocibles para cualquiera que haya vivido bajo el chavismo. La Unión Europea impone límites reales, económicos, jurídicos y políticos, que ningún gobierno español puede ignorar sin consecuencias inmediatas y concretas. El Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo y el Tribunal de Justicia Europeo han frenado iniciativas del gobierno en múltiples ocasiones y seguirán haciéndolo. Las comunidades autónomas tienen competencias propias que ningún ejecutivo central puede arrebatarles de un decreto. Y el Partido Popular, con el peculiar acompañamiento de Vox, que a veces parece hacerle más el juego a Sánchez que a la oposición, gobierna en buena parte del territorio nacional, gana elecciones y tiene todas las posibilidades reales de llegar al poder en las próximas generales. En Venezuela, la oposición llegó al momento del ascenso de Chávez completamente hundida, desprestigiada y sin capacidad de respuesta, y él aprovechó ese vacío con una habilidad que hay que reconocer aunque duela. Lo que vino después fue la destrucción sistemática de cualquier alternativa política que pudiera amenazarlo. En España eso es sencillamente imposible.
Y luego está el factor que lo explica casi todo y que rara vez aparece en estas comparaciones: el petróleo. La renta petrolera le dio a Chávez un poder que ningún líder europeo puede ni imaginar. El poder de comprar lealtades masivamente, de financiar programas sociales sin rendir cuentas a nadie, de sostener un aparato clientelar gigantesco sin depender de los impuestos de sus ciudadanos ni de la salud de su economía productiva. Cuando el Estado controla una fuente de ingresos tan brutal e incondicional, las reglas del juego cambian por completo porque el gobierno no necesita que la economía funcione para sobrevivir políticamente. España tiene una economía de mercado sólida, un sector privado potente e independiente y una estructura económica donde el Estado no puede permitirse ese lujo. Sin caja ilimitada, el populismo tiene techo. Y ese techo en España existe y funciona.
Criticar a Sánchez es legítimo y hay argumentos reales y serios para hacerlo. Su gestión de la justicia, su relación con partidos que cuestionan la unidad del Estado, su estilo político, todo eso merece debate y escrutinio. Pero compararlo con el chavismo no es una crítica, es una exageración que le resta credibilidad a quien la hace y, sobre todo, le quita peso a lo que Venezuela realmente vivió. España es un país que funciona. Con sus contradicciones, con sus tensiones, con un gobierno que a muchos no nos convence, pero con instituciones que resisten, con una democracia real y con un Estado de derecho que existe con independencia de quién esté en La Moncloa. Eso no es un detalle menor. Es exactamente todo lo que Venezuela no tuvo. Y sabemos mejor que nadie lo que cuesta no tenerlo. Eso sí, en las próximas generales, hay que votar a la derecha, porque la izquierda si se queda mucho tiempo en el poder tiende a acabar con todo, siempre.