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15/09/2026

Esto es muy grave, colegas.

Yo nunca he apoyado el vandalismo. Nunca he compartido que un encapuchado utilice la universidad como guarnición, como escudo o como escenario para poner en riesgo a miles de estudiantes. Mucho menos cuando sabemos que, en algunos casos, detrás de estas estructuras existen grupos al margen de la ley.

Pero precisamente por eso preocupa el mensaje de Abelardo.

Un "preaviso" de esta naturaleza no solo puede provocar a quienes ya tienen una posición radical; también puede generar un efecto dominó: reactivar protestas, aumentar la tensión y dejar un ambiente de hostilidad y zozobra en muchos claustros universitarios.

Y aquí hay un punto que no podemos pasar por alto: la autonomía universitaria tiene un enorme trasfondo académico, político y social.

Abelardo debería ser lo suficientemente inteligente para entender que gobernar también implica escuchar y dialogar, especialmente en escenarios académicos. Muchos no apoyan sus políticas, no siguen su proyecto y no comparten sus ideas. Eso es perfectamente legítimo en una democracia.

Pero precisamente por eso, la respuesta no puede ser alimentar un ambiente de confrontación.

No se trata de justificar al encapuchado, ni el vandalismo, ni la violencia. Se trata de entender que las palabras de un gobernante tienen consecuencias y que, en un escenario universitario tan sensible, una provocación puede desencadenar una reacción inmediata y mucho más compleja de controlar.

Gobernar también es saber cuándo bajar la temperatura.

01/08/2026
13/06/2026

una mujer de 51 años sostiene entre sus brazos a su perra Rita, que agoniza por un tumor. La veterinaria les ha dado una hora para despedirse. La mujer besa el hocico de su compañera, que llegó a su vida tras dos abandonos y apenas estuvo dos años con ella, pero que la ayudó a recomponerse después de una crisis. Rita cierra los ojos plácidamente, y la mujer siente que el suelo se abre bajo sus pies. Durante dos días deambula en un limbo. Luego, el dolor la parte en dos. No puede ver las fotos de Rita sin quebrarse. Pero cuando intenta explicar en su trabajo que necesita un día para llorar, se t**a con miradas de incomprensión. "No tienes hijos, ¿no?", le insinúan. Esta escena, que se repite en miles de hogares cada día, es la postal más desgarradora del fracaso emocional de nuestra civilización: hemos aprendido a amar a los animales como parte de la familia, pero aún no hemos aprendido a respetar el duelo que su muerte provoca.

El estudio de Wamiz es contundente: el 90% de los propietarios de perros y gatos asegura que el dolor por la muerte de su animal es semejante al de perder a un familiar humano. Y sin embargo, cuando K**e, técnico forestal, le pidió a su jefe hace diez años un día para cuidar a su perro enfermo, el jefe se rió. Cuando la lectora de EL PAÍS envió su carta desgarradora por la muerte de su perra, 30.000 personas la apoyaron en Instagram, pero ¿cuántas de ellas se atreverían a pedir un permiso laboral por duelo animal? La nueva ley de Bienestar Animal reconoce a los animales como seres sintientes, pero no contempla un solo día para llorarlos. Esa es la contradicción brutal: exigimos responsabilidad afectiva hacia ellos, pero negamos la legitimidad del dolor que nos producen.

Las causas raíz de esta indiferencia son profundas y culturales. Por un lado, una herencia judeocristiana que situó a los humanos en la cúspide de la creación y redujo a los animales a "bestias" sin alma, sin duelo posible. Por otro, un capitalismo que valora el tiempo en función de la productividad: llorar a un perro no produce plusvalía. Y finalmente, una estructura familiar tradicional que considera que solo la pérdida de un "familiar directo" (padre, madre, hijo, cónyuge) merece reconocimiento social. Quienes no tienen hijos, como K**e o Alba, la profesora de música cuyo gato Marcelino convirtió cuatro paredes en un hogar, quedan huérfanos de un duelo legítimo. "Para las estadísticas vivía sola, pero nunca lo sentí así", dice Alba. La soledad no reconocida, el amor no catalogado, el dolor sin nombre.

Las consecuencias tangibles son devastadoras: duelos patológicos, depresiones silenciadas, personas que se sienten avergonzadas por llorar "a un animal" y que, como consecuencia, no elaboran la pérdida. La psicóloga Beatriz Cuervo lo advierte: minimizar lo que sentimos es lo más nocivo. Pero el entorno, el trabajo, incluso a veces la familia, nos obligan a ese minimalismo. Marga, que perdió a Rita tras solo dos años juntas, tuvo que escuchar comentarios como "ya conseguirás otro perro". Como si fueran intercambiables. Como si el amor incondicional que describe "les da igual que seas millonario o vivas en la calle, este tipo de amor no existe en los humanos" pudiera sustituirse con un clic. El resultado es un duelo silencioso e incomprendido, que a menudo lleva a que el 42% de los españoles decida no volver a tener otro animal, no por falta de amor, sino por miedo a un dolor que la sociedad no les permite compartir.

Pero la esperanza realista existe y crece. Partidos como Barcelona en Comú ya proponen "servicios de acompañamiento de duelo y despedida para los animales de la familia". Hay psicólogos especializados en duelo animal, grupos de apoyo en redes sociales (los 400 comentarios solidarios en la carta de EL PAÍS son una prueba), y cada vez más clínicas veterinarias ofrecen salas de despedida y asesoramiento emocional. La propia ley de Bienestar Animal, aunque insuficiente, es un paso: reconocerlos como seres sintientes es la antesala para reconocer también nuestro dolor por ellos. Empresas como Mars Petcare ya han implementando en algunos países "días de duelo por mascota". La vía es clara: extender los permisos laborales, formar a los profesionales de recursos humanos, e incluir el duelo animal en los manuales de psicología y trabajo social.

La pregunta que este amor silencioso nos lanza es incómoda y necesaria: si somos capaces de sentir por un animal un amor que "no dan los humanos", ¿por qué no somos capaces de otorgarle a ese amor el mismo respeto que a cualquier otro? ¿Acaso duele menos la pata que lame nuestra cara al despertar que la mano de un familiar lejano? El sistema nos ha enseñado a jerarquizar los afectos, a poner precio a las lágrimas. Pero cada vez que alguien llora a su perro a escondidas en el baño de la oficina, o cada vez que una mujer de 70 años susurra que echa de menos a su canario más que a su difunto marido, está denunciando una hipocresía colectiva. El duelo por un animal no es un duelo menor. Es un duelo diferente, pero igual de profundo. Y si no aprendemos a nombrarlo, a permitirlo, a acompañarlo, estaremos condenando a millones de personas a llorar en soledad al único ser que nunca las juzgó. La próxima vez que alguien diga "solo era un perro", recuerde a Rita, a Marcelino, a Dana. Y pregúntese: ¿quién decide qué amor merece lágrimas públicas?

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