19/12/2025
https://www.facebook.com/share/p/17ksTW9EZS/ Interesante publicacion para que que se entienda que muchas veces el papel que se obtiene con una sentencia, no es lo que da la paz familiar: Para lograr esa paz debemos trabajar en el entendimiento de las partes y en la aceptación de los defectos y virtudes del otro (aclaro no estoy hablando de situaciones de violencia) y asi poder resolver los conflictos, sobre todo aquellos que involucran a los niños/niñas y adolescentes.
Reparación por continuidad normal de la vida familiar
En el fuero de familia hay una escena frecuente: el padre o la madre atraviesan años de audiencias, escritos, informes, intermediarios y promesas de “se va a resolver”, y cuando por fin la tormenta afloja, cuando la vida recupera una rutina y el hijo respira en paz, no aparece el certificado que el alma esperaba.
No hay una sentencia que diga “usted tenía razón”. No hay un renglón solemne que repare el desgaste, ni una firma que ordene retrospectivamente el caos.
Ahí se produce un desajuste difícil de nombrar.
No porque lo vivido se minimice, ni porque el daño se desconozca. Lo que sucede es que falta un cierre formal. Como el trámite no culminó con una "absolución" escrita, queda la sensación de que algo quedó inconcluso, de que la historia no tuvo final, de que el recorrido fue real pero no fue validado en los términos en que la percepción de lo justo enseña a medir lo legítimo.
La paradoja es intensa: el proceso puede haber cedido, la interferencia puede haberse reducido, el hostigamiento puede haberse apagado, el régimen puede empezar a cumplirse, y aun así persiste una incomodidad difícil de explicar. No hay trofeo, no hay reconocimiento formal, no hay una frase que ordene el pasado. El alivio existe, pero convive con la conciencia de que nadie escribió quién sostuvo, quién resistió, quién sufrió, quien agredió, quien cargó con el costo.
Esto se vincula con la forma en que la justicia de familia administra el conflicto: decisiones provisorias, acuerdos para salir del paso, derivaciones técnicas, exhortaciones al diálogo y fórmulas que evitan nombrar lo intolerable. Muchas veces el fuero de familia prefiere descomprimir la situación antes que fijar responsabilidades. Esa elección —a veces necesaria— deja un vacío que el justiciable percibe con claridad, aunque no siempre logre ponerlo en palabras.
No se trata de negar lo ocurrido ni de restarle gravedad. Se trata de advertir que el proceso raramente ofrece una escena de cierre. No hay acto final, no hay caída del telón, no hay sentencia que funcione como ritual de clausura. El conflicto se va apagando, se va diluyendo, se vuelve manejable, y la vida sigue sin que nadie diga explícitamente qué fue lo que pasó.
Es que el fuero de familia no siempre repara con declaraciones. A veces repara de otro modo. A veces la reparación no adopta la forma de un fallo, sino la de una continuidad posible. El día en que el whatsapp deja de ser una amenaza, la semana en que el hijo vuelve sin relatos envenenados, la tarde en que el vínculo se siente natural, el mes en que lo obvio deja de ser una batalla.
Aprender a leer esa forma de reparación exige cambiar el criterio de victoria. No medirla por la contundencia del pronunciamiento, y sí por la evidencia concreta de que la vida se reordena. Que el vínculo resiste. Que el cuerpo sale del estado de alerta. Que el futuro vuelve a ser pensable. Esa es una reparación que no llega en una cédula, pero que tiene efectos reales y profundos.
También conviene entender que la ausencia de una sentencia no equivale necesariamente a derrota. A veces hay desgaste del sistema, a veces cautela, a veces límites, a veces una estrategia procesal que privilegia la paz por sobre la declaración. El error está en creer que, si no hubo frase final, tampoco hubo verdad. En familia, la verdad suele quedar en los hechos que persisten cuando se apagan los discursos.
A muchos clientes, les recuerdo siempre que si hoy podés seguir, si el vínculo se recompone, si el hijo está mejor, si el conflicto perdió potencia, eso no es menor. No reemplaza lo que faltó, no borra lo vivido, no clausura la historia. Pero es una forma real de reparación. Es una absolución sin ceremonial. Es la que, muchas veces, llega. Y alcanza.