27/06/2026
La conocí a Ernestina en una de mis primeras notas en radio. Me habían llamado de la producción para hablar de un tema relacionado con prepagas. Yo estaba temblando de los nervios, haciendo todo lo posible para que nadie los notara y, sin embargo, desde el momento en que ella me presentó, me hizo sentir cómoda, segura y “en casa”. Todo fluyó como si hubiese estado previamente diagramado, cuando en realidad yo no tenía ni idea de qué me iban a preguntar.
Fue tan amorosa conmigo que esa misma semana me contactó para invitarme a su programa de tele. Obviamente acepté… igual de nerviosa que la primera vez. “¿Qué voy a hacer yo en la tele?”, pensaba.
Y ese día hubo algo entre nosotras. No sé cómo explicarlo. Una magia… esa familiaridad extraña que a veces aparece con alguien que uno recién conoce.
Pasaron varios meses sin saber nada más de ella… hasta que un día me sonó el teléfono. Era Ernestina. Me estaba llamando para pedirme que la ayudara con un reclamo contra su prepaga.
Ella, con toda su trayectoria, su reconocimiento y la posibilidad de elegir a cualquier abogado que quisiera (famoso o de renombre), me estaba llamando a mí, que no me conoce nadie. Me estaba eligiendo a mí. La sorpresa fue total… y el orgullo, inimaginable.
A partir de ahí empezamos a trabajar juntas.
Nunca conocí a la persona pública de la que hoy todo el mundo habla, comenta y opina. No conocí a Ernestina Pais. Yo conocí a Erni: una mujer alegre —¡tan alegre!—, humana, divertida, sincera, descontracturada y amorosa. De esas personas con las que uno se encariña instantáneamente, casi sin darse cuenta.
Una vez me dijo que la vida la había premiado con muchos maestros. Erni de mi amor: vos, sin dudas, fuiste uno de los míos.
Gracias por elegirme. Gracias por confiar. Y, sobre todo, gracias por quererme. Me quedo con todo eso para siempre.
P.D. Ahora que estás allá, si tenés unos minutos, porfa dale un abrazo bien fuerte a mi viejito, de parte mía. Lo vas a reconocer muy fácilmente porque va a estar trabajando sin parar, como nosotras.
Ahh… y un pedido más, abusando de tu generosidad: cuidámelo, ¿dale? Que yo, acá, te cui